El precipicio (Dos mundos 4) Capítulo 9 — Mateo
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Capítulo 9 — Mateo

Las semanas previas a mi traslado a Berlín se convirtieron en las más difíciles de toda nuestra relación, marcadas por una distancia emocional que crecía en paralelo a la incertidumbre sobre el futuro compartido que, apenas unos meses atrás, habíamos empezado a imaginar juntos con tanta ilusión.

—No sé cómo vamos a hacer esto, Valentina —le confesé, durante una de nuestras últimas conversaciones antes de mi partida, con una honestidad que reflejaba el peso acumulado de tantas semanas de incertidumbre—.

Tú con la responsabilidad de tu padre y de la empresa, yo empezando una nueva vida en un país completamente distinto.

No sé si la distancia y todas estas complicaciones van a permitir que lo nuestro sobreviva.

Valentina se quedó en silencio un momento, con una expresión que reflejaba el mismo miedo que yo mismo sentía, antes de responder con una honestidad que, aunque dolorosa, resultaba necesaria en aquel momento tan crucial de nuestra relación.

—No lo sé tampoco, Mateo. Y odio no saberlo, después de todo lo que hemos construido juntos, después de todas las crisis que hemos superado.

Pero esta es diferente a todas las anteriores.

No hay ningún villano externo contra el que luchar juntos esta vez.

Solo dos personas intentando honrar sus propios caminos profesionales, que, por primera vez, no parecen encajar del todo.

Bruno, al enterarse de la magnitud de aquella crisis durante nuestra última cena antes de mi partida, ofreció una perspectiva que capturaba bien la naturaleza distinta de aquel dilema comparado con todos los anteriores que habíamos enfrentado juntos a lo largo de los años.

—Tío, esto es lo más difícil que os he visto pasar juntos —me dijo, con una seriedad poco habitual—.

Porque en todas las crisis anteriores, sabíais claramente qué queríais: estar juntos, contra viento y marea.

Esta vez, ninguno de los dos sabe con certeza si eso sigue siendo posible, dadas las circunstancias.

—¿Y qué crees que debería hacer, Bruno?

—No lo sé, Mateo. Esta es la primera vez, en todos los años que os conozco, que no tengo un consejo claro que ofrecerte.

Solo puedo decirte que, sea cual sea el resultado final, habéis construido algo real entre vosotros, algo que merece que ambos luchéis por encontrar una solución, aunque esa solución no sea evidente todavía.

· · ·

El día de mi partida hacia Berlín, Valentina me acompañó al aeropuerto, con una tristeza compartida que ninguno de los dos intentó disimular completamente.

—Prométeme que vamos a intentarlo, Valentina —le dije, mientras esperábamos el momento de embarcar—. Prométeme que no vamos a dejar que la distancia y las circunstancias decidan por nosotros sin, al menos, luchar por encontrar una manera de sostener esto.

—Te lo prometo, Mateo. Pero también necesito que entiendas que no sé cuánto tiempo va a tomar resolver mi propia situación aquí, con mi padre, con la empresa, con mi propia exploración vocacional.

Y no quiero que esa incertidumbre te ate a una promesa que quizás no pueda cumplir en el plazo que ambos desearíamos.

Aquella conversación final, cargada de amor genuino pero también de una incertidumbre real sobre el futuro inmediato de nuestra relación, marcó el inicio de una nueva etapa que ninguno de los dos había anticipado tener que atravesar: la posibilidad, real y dolorosa, de que nuestra historia, después de casi cuatro años juntos, pudiera estar acercándose a una pausa forzada por circunstancias que, por primera vez, no dependían de ninguna oposición externa, sino de las propias trayectorias vitales que cada uno necesitaba recorrer.

· · ·

Doña Pilar, a la que visité una última vez antes de mi partida hacia Berlín, me ofreció una despedida cargada de la misma sabiduría que había caracterizado todos sus consejos a lo largo de los años que llevaba conociéndola.

—Así que te vas, hijo —me dijo, sirviéndome el café de siempre por última vez en mucho tiempo—. Berlín tiene suerte de recibir a alguien con tu talento y tu corazón.

—Voy a echar de menos este barrio, doña Pilar. Y a usted también, claro.

—Y nosotros a ti. Pero la vida es así, hijo: a veces hay que irse para poder volver siendo alguien más completo.

No te preocupes tanto por lo de Valentina.

Si el amor es de verdad, encuentra la manera de sobrevivir a cualquier distancia.

Y si no la encuentra, es porque no estaba destinado a ser, por mucho que duela aceptarlo.

Aquellas palabras finales de doña Pilar, ofrecidas con la misma calidez que había caracterizado toda nuestra relación desde aquella primera visita al edificio de Sierra Gorda casi cuatro años atrás, se quedaron resonando en mi cabeza durante todo el vuelo hacia Berlín, un recordatorio de que, independientemente del resultado final de mi relación con Valentina, el camino recorrido hasta aquel momento había estado lleno de un significado y de un crecimiento personal que nada, ni siquiera una separación dolorosa, podría borrar jamás.

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Mi madre, en los últimos días antes de mi partida definitiva hacia Berlín, insistió en prepararme una maleta con distintos objetos que consideraba importantes para que me llevara conmigo: fotografías familiares, un pequeño frasco con tierra del patio de nuestra casa, según ella "para que nunca olvides de dónde vienes", y una carta escrita a mano que me pidió que no abriera hasta estar ya instalado en mi nuevo apartamento en Berlín.

—Esto es muy tuyo, mamá —le dije, conmovido por aquellos gestos tan cargados de simbolismo y de amor incondicional—. Siempre encontrando la manera de acompañarme, incluso cuando la distancia física nos va a separar por primera vez en toda mi vida.

—Un hijo nunca deja de necesitar el cariño de su madre, Mateo, sin importar la distancia. Y quiero que sepas, pase lo que pase con Valentina, que aquí vas a tener siempre una casa y una familia esperándote, dispuestos a apoyarte en cualquier decisión que tomes sobre tu propio futuro.

Aquella despedida con mi madre, cargada de una ternura que contrastaba con la parquedad emocional habitual de mi padre, se convirtió en uno de los recuerdos más preciados que llevaría conmigo hacia Berlín, un recordatorio constante de las raíces familiares sólidas que sostenían cualquier decisión profesional que pudiera tomar, independientemente de la incertidumbre que rodeaba, en aquel momento, el futuro de mi relación con Valentina.

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Valentina, en un gesto que me conmovió profundamente considerando todas sus propias responsabilidades acumuladas durante aquellas semanas, insistió en acompañarme personalmente hasta el aeropuerto el día de mi partida definitiva, a pesar de que su agenda, cada vez más apretada por las responsabilidades empresariales, apenas le dejaba tiempo libre para nada más.

—No podía dejar que te fueras sin despedirme como corresponde, Mateo —me dijo, mientras esperábamos juntos el momento del embarque, con una tristeza compartida que ninguno de los dos intentó disimular completamente—.

A pesar de todo lo que está pasando, de toda la incertidumbre que tenemos por delante, necesitaba estar aquí contigo en este momento.

—Significa muchísimo para mí que hayas venido, Valentina. De verdad.

Nos abrazamos durante un largo rato, sin necesidad de palabras adicionales, ambos conscientes de la magnitud de aquella despedida que marcaba, sin saberlo con certeza en aquel momento, el inicio de una nueva etapa incierta en nuestra relación, una etapa que ninguno de los dos había anticipado tener que atravesar cuando, casi cuatro años atrás, se habían conocido bajo la lluvia en un pequeño centro social de Vallecas.

—Prométeme que vamos a intentarlo con todas nuestras fuerzas, Valentina, sea cual sea el resultado final —le pedí, en el último momento antes de dirigirme hacia el control de seguridad.

—Te lo prometo, Mateo. Con todas mis fuerzas.

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Renata, presente también en el aeropuerto durante la despedida final, se acercó a mí en un momento en que Valentina se había alejado brevemente, ofreciéndome sus propias palabras de ánimo antes de mi partida.

—Cuídate mucho en Berlín, Mateo —me dijo, con un abrazo sincero que reflejaba los años de amistad genuina que habíamos construido a través de mi relación con Valentina—.

Y no pierdas la esperanza con esto. Conozco a Val mejor que nadie, y sé que no va a rendirse fácilmente con lo vuestro, aunque ahora mismo las circunstancias parezcan complicadas.

—Gracias, Renata. Por todo, en realidad. Por el apoyo que siempre me has dado, incluso cuando apenas nos conocíamos.

—Formamos parte de la misma familia extendida ya, Mateo, aunque no sea oficial todavía. Espero de corazón veros pronto reunidos de nuevo, donde sea que decidáis construir vuestra vida juntos.

Aquellas palabras de Renata, cargadas de una calidez que reflejaba lo mucho que nuestra relación había transformado también las dinámicas de amistad dentro del círculo social de Valentina, se sumaron a todas las demás despedidas emotivas de aquel día, confirmando la magnitud de la red de apoyo que había construido a lo largo de casi cuatro años en Madrid, una red que, independientemente del resultado final con Valentina, seguiría siendo parte fundamental de mi propia identidad, incluso a la distancia de Berlín.

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Bruno, aunque no pudo acompañarnos físicamente al aeropuerto debido a un compromiso laboral impostergable en el taller familiar, insistió en despedirse de mí la noche anterior con una cena especial que organizó junto con el resto de nuestra pandilla habitual del barrio de Vallecas.

—No es lo mismo que un abrazo en el aeropuerto, pero quería asegurarme de despedirme como corresponde, tío —me dijo, durante aquella cena cargada de recuerdos compartidos de toda una vida de amistad—. Berlín tiene mucha suerte de recibirte, aunque nosotros vamos a extrañarte muchísimo por aquí.

—Yo también os voy a extrañar a todos. Más de lo que puedo expresar con palabras, la verdad.