El precipicio (Dos mundos 4) Capítulo 7 — Mateo #2
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Capítulo 7 — Mateo #2

—Mateo, quiero que sepas que la ETSAM va a seguir siendo tu casa académica, independientemente de dónde te lleve tu carrera profesional —me dijo, durante aquel último encuentro en su despacho—.

Y me encantaría que consideraras colaborar ocasionalmente con nosotros, quizás dando alguna charla a futuros estudiantes sobre tu propia trayectoria, o colaborando en algún proyecto conjunto entre Rehberg y la escuela.

—Me encantaría, Iris. De verdad. Todo lo que he conseguido se lo debo, en gran parte, a lo que aprendí aquí, contigo, con el taller de proyectos sociales, con toda la formación que recibí durante estos años.

—Y nosotros también te debemos mucho a ti, Mateo.

Has sido, sin duda, uno de los estudiantes que más ha demostrado el verdadero potencial de la arquitectura social cuando se combina con determinación genuina y con talento real.

Espero que sigas representando esos valores, estés donde estés, a lo largo de toda tu trayectoria profesional futura.

Aquella despedida con Iris Moreno, cargada de un reconocimiento mutuo que reflejaba años de colaboración genuina, se convirtió en otro de los momentos significativos de cierre de aquella etapa universitaria tan transformadora, confirmando que, independientemente de la incertidumbre sobre mi futuro con Valentina, dejaba atrás en Madrid una red de relaciones profesionales y personales que perdurarían mucho más allá de la distancia geográfica que estaba a punto de separarme de todo lo que había construido durante casi cuatro años de vida universitaria tan intensa y tan significativa.

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Sole, en el café donde había trabajado durante casi cuatro años, organizó también una pequeña despedida especial para mi último día trabajando allí, invitando a varios de los clientes habituales que habían seguido, con cariño genuino, toda mi trayectoria desde que empecé como un simple camarero universitario hasta mi próxima incorporación a un estudio internacional de prestigio.

—Este chico ha sido de los mejores empleados que he tenido en treinta años de negocio —anunció Sole, ante los clientes reunidos para la ocasión, con un orgullo evidente que me conmovió profundamente—.

Y ahora se va a Berlín, a trabajar con uno de los estudios de arquitectura más importantes de Europa.

Vallecas entero puede estar orgulloso de este chico.

Los aplausos y las felicitaciones de aquellos clientes habituales, muchos de los cuales me habían visto crecer literalmente durante los años que había trabajado en aquel café, se convirtieron en otro de los momentos emotivos de aquella etapa final antes de mi partida, confirmando una vez más la profundidad de las conexiones comunitarias que había construido a lo largo de toda mi vida en aquel barrio que me había visto nacer y crecer.

—Vuelve a visitarnos cuando puedas, Mateo —me pidió Sole, al final de la despedida, con los ojos ligeramente húmedos—. Este café, y este barrio entero, siempre van a ser tu casa, sin importar cuán lejos llegues profesionalmente.

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Mi madre, en las últimas horas antes de mi partida hacia el aeropuerto, me entregó también una pequeña libreta donde había ido anotando, a lo largo de los años, distintas recetas familiares que consideraba importante que me llevara conmigo a Berlín, "para que no olvides los sabores de casa, aunque estés tan lejos", según sus propias palabras cargadas de una ternura que reflejaba toda una vida de cuidado maternal incondicional.

—Vas a necesitar algo de comida de verdad allí, hijo, no solo esas salchichas alemanas de las que todo el mundo habla —me dijo, con un humor que disimulaba apenas la emoción genuina de la despedida—. Y cuando puedas, ven a visitarnos, o dinos cuándo podemos ir nosotros a visitarte a ti.

—Os voy a echar muchísimo de menos, mamá. A ti, a papá, a Lucía, a todo esto que ha sido mi vida durante tantos años.

—Y nosotros a ti, Mateo. Pero estamos orgullosos de que persigas tus sueños, y siempre vas a tener un hogar aquí esperándote, sin importar lo lejos que llegues profesionalmente.

Aquella despedida final con mi madre, cargada de gestos pequeños pero profundamente significativos, se convirtió en uno de los recuerdos más preciados que llevaría conmigo hacia Berlín, un recordatorio constante del amor incondicional que sostenía cualquier decisión profesional que pudiera tomar a lo largo de mi vida.

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Mi padre, en un gesto poco habitual en él dado su carácter reservado, decidió acompañarnos también al aeropuerto el día de mi partida, ofreciéndome, en el último momento antes del embarque, un abrazo prolongado que reflejaba toda la emoción que rara vez expresaba tan abiertamente.

—Estoy orgulloso de ti, hijo —me dijo, con la voz ligeramente quebrada, algo que jamás le había visto experimentar en toda mi vida—. Ve y construye la vida que te mereces, allí donde te lleve el camino.

—Gracias, papá. Por todo lo que me has enseñado, por el ejemplo de trabajo duro que siempre me has dado.

Aquel abrazo final con mi padre, cargado de una vulnerabilidad emocional poco habitual en él, se convirtió en uno de los momentos más significativos de toda aquella despedida, confirmando la profundidad del amor familiar que sostenía cualquier decisión profesional que pudiera tomar a lo largo de mi vida, independientemente de la distancia geográfica que ahora me separaba de todos ellos.

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Doña Pilar, en su despedida final, me entregó también un pequeño objeto que llevaba guardando desde hacía años, esperando el momento adecuado para dármelo: una pequeña llave antigua que, según me explicó, había pertenecido al primer piso que ella y su marido habían alquilado en aquel mismo edificio, décadas atrás.