Capítulo 18
Sangre por sangre
El eco metálico de la puerta blindada al cerrarse a sus espaldas resonó en el búnker subterráneo como el martillo de una ejecución.
El aire allí abajo, tres plantas por debajo del nivel de la calle en los cimientos de la torre corporativa, olía a ozono caliente, a polvo de servidores informáticos y al metal frío de los conductos de ventilación.
Las luces de emergencia rojas parpadeaban intermitentemente, proyectando sombras alargadas sobre las paredes de hormigón armado y tiñendo el rostro de Adrián y Valentina con un fulgor de guerra.
—Mantente detrás de mí —murmuró Adrián con voz baja y letal, mientras ajustaba la empuñadura de metal pesado que había arrancado del panel de seguridad del pasillo de servicio. Sus ojos ámbar perforaban la penumbra, escudriñando cada rincón del pasillo acorazado.
Valentina, que caminaba a su lado con paso firme y la unidad flash firmemente asegurada en el bolsillo interior de su chaqueta, negó con la cabeza sin apartar la vista de la esquina oscura que se abría al final del corredor.
—Ya te dije que se acabó el juego de proteger al peón, Adrián —respondió ella con una frialdad absoluta, sacando de entre los pliegues de su ropa un pequeño dispositivo de rastreo y desactivación que había tomado del maletín de seguridad de la planta alta—.
Somos dos en este tablero. Y esta vez jugamos nosotros.
Avanzaron en completo silencio, con el único sonido de sus pisadas amortiguadas por el suelo de rejilla metálica. Al doblar el último recodo del pasillo principal del archivo maestro, la escena se abrió ante ellos como un cuadro de devastación calculada.
Frente a los racks de servidores blindados, iluminados por el resplandor parpadeante de las pantallas de control, dos siluetas se movían con frenesí.
Cajas de archivos físicos estaban abiertas en el suelo, carpetas enteras destrozadas y un maletín negro repleto de soportes de almacenamiento físico descansaba sobre la mesa central.
Allí estaban los artífices de la pesadilla.
Gabriel Ferrer, con la corbata desatada, el cabello revuelto y una expresión de pánico absoluto, tecleaba frenéticamente en una terminal para forzar la descarga de los discos duros principales.
A pocos pasos de él, con las manos en los bolsillos de su impecable gabardina y una sonrisa cínica dibujada en los labios, Tomás Rivas contemplaba el desastre con la calma de un apostador que sabe que aún le queda una carta bajo la manga.
—Vaya, vaya... El héroe y su hermosa sombra finalmente decidieron bajar a la cripta —la voz suave, pausada y burlona de Tomás Rivas resonó en el búnker, haciendo eco contra los muros de hormigón.
Gabriel dio un salto al escuchar la voz, deteniendo los dedos sobre el teclado. Giró lentamente la cabeza, y al ver a Adrián y Valentina bloqueando la única salida del pasillo, su rostro palideció hasta adquirir un tono cadavérico.
—Adrián... —balbuceó Gabriel, intentando recuperar una compostura que ya se le caía a pedazos—. No sé qué te habrá contado esta mujer, pero esto... esto es un malentendido. Los archivos demuestran que estábamos intentando blindar la compañía frente a una OPA hostil...
—Cierra la maldita boca, Gabriel —le cortó Adrián con un tono tan gélido, oscuro y cargado de una rabia milimétricamente contenida que el abogado se quedó mudo al instante, tragándose el resto de sus excusas.
Adrián dio dos pasos al frente, avanzando hacia ellos con la rigidez de un depredador que finalmente tiene a sus presas en el punto de mira. Sus ojos no parpadeaban.
—Diez años, Gabriel —comenzó a decir Adrián, con una voz que parecía raspar las paredes de la estancia—.
Diez años enteros maldiciendo el nombre de una familia, persiguiendo fantasmas, quemando vidas y convirtiendo mi propia existencia en una máquina de destruir, porque tú te encargaste de envenenar cada expediente, cada peritaje y cada prueba que llegó a mis manos.
Gabriel retrocedió un paso, tropezando con una de las cajas de archivos en el suelo. Su mirada desesperada buscó apoyo en Tomás Rivas, pero el anciano magnate seguía sonriendo con una frialdad desconcertante.
—No tienes pruebas legales que sostengan esto en un tribunal abierto, Adrián —intentó defenderse Gabriel, alzando la voz para enmascarar su terror—. Si me detienes, los fondos del holding colapsarán en cuestión de horas y arrastrarán tu apellido junto con el mío. ¡Estamos en el mismo barco!
—No, Gabriel. Tú nunca estuviste en mi barco.
Eras la vía de agua que lo estaba hundiendo desde el interior —replicó Valentina, dando un paso al frente al lado de Adrián, con la mirada clavada en el abogado con un desprecio absoluto—.
Y la auditoría completa que tengo en este dispositivo ya está siendo volcada en los servidores de la fiscalía federal.
Tu barco acaba de chocar contra el fondo.
Al escuchar la mención de la fiscalía federal, el pánico de Gabriel se transformó en pura locura desesperada.
Sus ojos oscuros se inyectaron en sangre.
En un movimiento rápido y felino, metió la mano en el bolsillo interior de su americana y extrajo un arma corta de pequeño calibre, apuntando directamente al pecho de Valentina.
—¡Si caigo yo, caen todos! ¡Nadie va a salir de aquí con vida! —gritó Gabriel, con la voz quebrada por la histeria, mientras sus dedos temblaban alrededor del gatillo.
El tiempo pareció detenerse en una fracción de segundo.
Antes de que Adrián pudiera abalanzarse sobre él, un movimiento seco, inesperado y letal cortó el aire del búnker.
¡Bang!
El estampido del disparo retumbó con una violencia ensordecedora en el espacio cerrado. Pero la bala no salió del arma de Gabriel.
Un hilo de humo delgado se elevaba desde la pistola que Tomás Rivas sostenía firmemente en su mano derecha, apuntando sin vacilar hacia el centro del pecho de su propio cómplice.
Gabriel abrió los ojos desmesuradamente.
Soltó el arma que sostenía, que cayó al suelo de rejilla metálica con un estrépito metálico, y se llevó las manos a la camisa, donde una mancha oscura de sangre comenzó a extenderse rápidamente sobre la tela blanca.
Miró a Tomás con una expresión de absoluta incomprensión y traición antes de desplomarse de rodillas y caer pesadamente de lado contra el suelo del búnker.
El silencio que siguió al disparo fue absoluto, denso y cargado de olor a pólvora quemada.
Valentina contuvo el aliento, dando un paso instintivo hacia atrás, mientras Adrián se interponía instantáneamente frente a ella, cubriéndola con su cuerpo y manteniendo la mirada fija en Tomás Rivas.
Tomás bajó lentamente el arma, sin mostrar el menor rastro de remordimiento, de culpa o de nerviosismo. Guardó la pistola en la gabardina con la misma naturalidad con la que se habría acomodado los gemelos en una gala benéfica.
—Los incompetentes siempre terminan arruinando el plan al final, querido Adrián —dijo Tomás con una tranquilidad pasmosa, contemplando el cuerpo inmóvil de Gabriel en el suelo con absoluto desdén—.
Pensó que podía robarme los respaldos y huir a las Islas Caimán con mi dinero.
Jamás aprendió que en este juego, los peones que traicionan al tablero terminan eliminados antes de que la partida termine.
Adrián apretó la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se marcaron como estatuas de piedra. Su voz salió convertida en un susurro áspero, cargado de una furia milenaria.
—Fuiste tú.
Tomás alzó una ceja, intrigado por el tono.
—¿A qué te refieres, muchacho? He hecho tantas cosas a lo largo de mi vida que tendrías que ser más específico.
—No te hagas el cínico —espetó Adrián, dando un paso amenazante hacia él, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños—.
El atentado de 2012. El coche de mi padre.
No fue un ajuste de cuentas entre socios, ni una guerra fría con los Montenegro.
Fuiste tú quien ordenó colocar la carga explosiva en el aparcamiento subterráneo, ¿verdad?
Una sonrisa lenta, oscura y macabra se dibujó en los labios de Tomás Rivas. Lejos de negarlo, el anciano ladeó la cabeza con una satisfacción enfermiza.
—Vaya... Veo que al fin las piezas encajan en tu cabeza hueca —admitió Tomás sin la menor pizca de culpa—.
Tu padre era un hombre terco, incorruptible y estúpidamente honesto.
Se negaba a firmar las rutas de blanqueo de capitales a través de los puertos internacionales que yo controlaba.
Me dijo en su propia cara que prefería destruir el holding antes de ensuciarse las manos con sangre extranjera.
Así que... le concedí su deseo. Lo volé en mil pedazos junto con su estúpida honestidad.
Las palabras cayeron sobre los hombros de Adrián como un bloque de granito hirviendo.
Durante diez años, había cargado con el odio ciego hacia Sebastián Montenegro, creyendo que la familia de la mujer que amaba era la responsable de su desgracia.
Había jurado venganza contra los inocentes, mientras el verdadero monstruo había estado sentado en la misma mesa directiva, sonriéndole y dándole palmaditas en la espalda durante toda una década.
—Y a Sebastián... —continuó Tomás con una calma desquiciada, disfrutando del dolor que destilaba en los ojos de Adrián—.
Al viejo Sebastián lo utilicé como chivo expiatorio perfecto.
Falsifiqué sus firmas, drené sus cuentas y planté las pruebas falsas para que tú mismo te encargaras de destruirlo por mí, mientras yo me quedaba con el control absoluto del mercado inmobiliario y financiero de Madrid.
Fue una obra maestra de ingeniería criminal...
hasta que esta pequeña intrusa decidió rebuscar en los rincones equivocados.
Tomás giró bruscamente la cabeza hacia Valentina, y antes de que Adrián pudiera reaccionar, Rivas sacó de nuevo el arma de la gabardina con una velocidad felina y la apuntó directamente a la cabeza de la joven.
—Y para evitar que mi obra maestra termine en una celda federal, me temo que tendremos que cerrar el ciclo de sangre hoy mismo —espetó Tomás con una mirada demencial en los ojos oscuros.
Pero antes de que el dedo de Tomás pudiera presionar el gatillo, Adrián no dudó ni un solo milisegundo. Se lanzó hacia adelante con la velocidad de un rayo, desatando toda la furia contenida de una década de mentiras.
No intentó esquivar el arma. Se abalanzó directamente sobre el brazo de Tomás, desviando el cañón hacia arriba en el preciso instante en que el arma se disparaba.
¡Bang!
La bala destrozó una de las tuberías de agua del techo del búnker, haciendo que un chorro denso de agua fría comenzara a inundar la estancia.
El impacto del cuerpo de Adrián contra el anciano hizo que ambos rodaran por el suelo entre carpetas rotas y cristales rotos.
Tomás, a pesar de su edad, luchó con la desesperación de un animal acorralado, intentando golpear a Adrián con la culata de la pistola.
Pero Adrián ya no era el joven de veintidós años que se había quedado solo en el mundo; era un hombre blindado por la furia, la culpa y la necesidad imperiosa de proteger a la única persona que le había devuelto la humanidad.
Con un movimiento brutal y certero, Adrián inmovilizó el brazo de Tomás contra el suelo de hormigón y le propinó un golpe seco en la mandíbula que hizo saltar el arma de su mano. El revólver deslizó lejos, chocando contra la base de los servidores informáticos.
Tomás quedó tendido en el suelo, escupiendo sangre, con el rostro desfigurado por el odio y la derrota.
Adrián se puso de pie lentamente, respirando agitadamente, con la camisa manchada de barro, agua y sangre ajena. Se giró hacia Valentina, buscando con desesperación una sola seña de que estuviera bien.
Valentina estaba de pie, con el rostro pálido pero con la mirada firme e imperturbable.
Bajó la pequeña pistola paralizante que había extraído de su propio abrigo por precaución, respirando hondo para estabilizar el pulso.
Sus ojos se cruzaron con los de Adrián en medio del agua que comenzaba a acumularse en el suelo del búnker.
No hizo falta decir una sola palabra.
Dos pisos más arriba, el sonido de sirenas de la policía federal y de los furgones antidisturbios comenzó a filtrarse a través de los conductos de ventilación.
Las puertas de seguridad superiores se abrieron con estrépito, y el eco de las botas de los agentes especiales descendiendo por las escaleras de emergencia confirmó que el cerco había terminado de cerrarse.
Tomás Rivas yacía en el suelo, vencido y maldiciendo en silencio mientras el agua fría cubría sus zapatos.
Gabriel Ferrer desangrándose en el suelo del pasillo principal.
Y en el centro de la tormenta, rodeados por las ruinas del imperio que habían intentado destruirlos, Adrián y Valentina se quedaron solos.
Adrián dio un paso hacia ella, con las manos temblando ligeramente, y la rodeó con sus brazos con una fuerza desesperada, enterrando el rostro en el hueco de su cuello, buscando en su calor la única salvación posible contra los fantasmas que acababa de enterrar para siempre.
Valentina le devolvió el abrazo con la misma intensidad, cerrando los ojos mientras apoyaba la mejilla contra su hombro herido, sabiendo que el precio pagado había sido alto, pero que al fin eran libres.