El Precio de Pertenecerte Capítulo 7
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Capítulo 7

Bajo la misma tormenta

El cielo sobre la cordillera se derrumbó con una furia implacable.

Lo que había comenzado como una simple advertencia de mal tiempo en la región norte durante su viaje de negocios se convirtió, en cuestión de minutos, en una tormenta eléctrica de proporciones bíblicas.

Los truenos retumbaban contra las paredes de piedra de la propiedad privada de los Valcárcel —un refugio apartado donde solían firmarse los acuerdos más confidenciales de la compañía—, y los relámpagos rasgaban la oscuridad con destellos violentos.

El helicóptero y los coches de escolta habían quedado inmovilizados en la pista de aterrizaje inferior. La orden de seguridad era terminante: nadie se movía hasta que amainara el temporal.

En el interior del salón principal, iluminado únicamente por las llamas danzantes de una enorme chimenea de piedra, el silencio entre Adrián y Valentina era tan denso que competía con el rugido del viento afuera.

La tensión del enfrentamiento en la biblioteca de la mansión seguía suspendida en el aire como una carga estática, a punto de hacer chispa.

Valentina estaba de pie junto al ventanal, observando cómo la lluvia golpeaba el cristal con fuerza desmedida, cruzada de brazos para contener un escalofrío que no era solo de frío. A sus espaldas, el sonido sordo de un vaso de cristal al depositarse sobre la mesa auxiliar rompió el hechizo.

—No deberías mirar tanto a la tormenta, Valentina —la voz de Adrián llegó baja, desprovista de la fría dureza corporativa de los últimos días—. Las tormentas solo sirven para revelar lo débil que es todo aquello en lo que confiamos cuando creíamos estar seguros.

Valentina se giró lentamente. Adrián se había quitado la chaqueta y la corbata; la camisa blanca, ligeramente desabotonada en el cuello, acentuaba la rigidez de sus hombros y la sombra de agotamiento que surcaba su rostro. Tenía una copa de bourbon en la mano, pero no había bebido una sola gota.

—Tú pareces muy cómodo entre ruinas, Adrián —respondió ella con un hilo de voz, sin retroceder a pesar de la intensidad con la que él la miraba—.

Al fin y al cabo, construiste todo tu imperio sobre los escombros de lo que le arrebataron a tu familia.

O al menos eso es lo que te gusta repetir para justificar tu sed de venganza.

Un destello de dolor cruzó fugazmente por la mirada ámbar de Adrián, tan rápido que cualquiera lo habría tomado por una ilusión óptica. Dejó el vaso sobre la mesa de piedra con un golpe seco y caminó hacia la chimenea, apoyando ambas manos en la repisa de madera oscura, mirando fixamente el fuego.

—Tenía veintidos años —murmuró él, con la voz rota por un temblor casi imperceptible que dejó a Valentina sin aliento—.

Tenía veintidós años cuando llamaron a la puerta de la universidad para decirme que el coche de mi padre había estallado en un aparcamiento subterráneo.

No hubo notas de rescate, no hubo llamadas previas.

Solo cenizas, fuego y un vacío legal que tardó exactamente cuarenta y ocho horas en ser aprovechado por los tiburones que hoy se sientan en los consejos de administración.

Valentina sintió que el enojo se le desvanecía del pecho, reemplazado por una punzada de compasión fría y aterradora. Avanzó un par de pasos hacia él, atraída magnéticamente por la vulnerabilidad que el hombre más poderoso de Madrid intentaba ocultar bajo capas de hierro.

—¿Por eso te convertiste en esto? —susurró ella con suavidad, deteniéndose a poca distancia de su espalda—. ¿Para que nadie volviera a verte temblar?

Adrián giró la cabeza lentamente para mirarla. Sus ojos brillaban reflejando las llamas del fuego. En ese instante, la máscara del magnate implacable se desmoronó por completo, dejando al descubierto al chico destrozado que había jurado no volver a ser rehén del destino.

—Me convertí en un monstruo, Valentina, porque descubrí muy pronto que los hombres buenos terminan enterrados bajo el asfalto —dijo él, dando un paso al frente hasta cerrar por completo el espacio entre ambos—. Juré que destruiría a todos los que tuvieron algo que ver con esa noche.

El viento rugió con furia afuera, y en ese mismo instante un corte general de energía sumió la estancia en una penumbra absoluta, iluminada únicamente por el parpadeo moribundo del fuego en la chimenea.

La oscuridad acortó las distancias. Adrián levantó la mano y, con una lentitud deliberada, rozó con las yemas de sus dedos la mejilla de Valentina.

Ella contuvo la respiración. El contacto quemaba, una mezcla de electricidad y anhelo contenido que llevaba semanas acumulándose bajo la superficie de su contrato.

—Y entonces apareciste tú —continuó Adrián con un susurro áspero, casi un lamento contra sus labios, mientras su otra mano se deslizaba con firmeza por su cintura para pegarla contra su cuerpo—.

La hija del hombre al que juré odiar. La única persona en el mundo capaz de desarmarme sin disparar una sola bala.

Valentina abrió los labios para protestar, para recordarle las mentiras, el contrato, las diferencias insalvables que los separaban, pero el calor de la boca de Adrián sobre la suya disipó cualquier pensamiento racional.

No fue un beso tierno; fue una colisión de urgencia, de hambre contenida, de dos almas rotas que buscaban en la destrucción del otro una forma de supervivencia.

Sus manos se enredaron en la camisa de él, tirando de él con desesperación, mientras los truenos retumbaban afuera y la tormenta de verdad se desataba, por fin, dentro de las cuatro paredes de aquella habitación.