VIII
Hipatia comenzó a sentir el tiempo. No como teoría, sino como experiencia.
Las caminatas eran más largas. El cansancio aparecía antes. A veces olvidaba pequeños detalles o despertaba con el cuerpo rígido. Por primera vez en toda su existencia conocía la fragilidad.
Y descubrió algo inesperado: no la odiaba.
Durante algunas noches especialmente difíciles se permitió una tentación. Volver. Aeterna seguía ahí, lejana, esperando. Todavía era posible regresar al ruido, al dolor y a la incertidumbre de los hombres para recuperar la comodidad de la eternidad.
Entonces recordaba los nombres: Tomás, Mateo, Laura, Olympe, Don Antonio.
Y comprendía que la decisión ya estaba tomada. No se había quedado porque creyera que el mundo iba a mejorar. Se había quedado porque había dejado de observar a los seres humanos desde arriba. Ahora caminaba junto a ellos.
Y eso lo cambiaba todo.