VI
Hipatia observó la llegada de los regresos desde la mesa de trabajo de la biblioteca.
Ya no custodiaba el espacio como un santuario intelectual cerrado al mundo. Había retirado el cerrojo de la puerta principal.
Mateo apareció primero, con la mirada esquiva pero firme, depositando en silencio la copia de los nuevos datos filtrados sobre la mesa.
Horas después llegó Laura, pálida y con las manos temblorosas tras haber renunciado a su cátedra.
Poco después, Olympe cruzó el umbral con el abrigo arrugado, buscando el refugio de unas paredes donde la mentira institucional no tuviera jurisdicción.
Y Tomás continuaba haciendo café, al fondo, con la naturalidad de quien siempre ha sabido que el mundo se sostiene con gestos mínimos.
Hipatia no les dio la bienvenida con teorías ni con grandes discursos estratégicos. No intentó trazar un nuevo plano geométrico para derrotar al Magnate Digital.
Se limitó a colocar frente a ellos el nuevo cuaderno de cubierta blanca: LO QUE PERMANECE.
—No vamos a construir un movimiento para salvar a la humanidad —les dijo Hipatia en voz baja, mirándolos a los ojos uno a uno—. Vamos a construir una comunidad para cuidarnos mientras dure la tormenta.
Alrededor de la mesa de roble, en la penumbra cálida de la biblioteca, las brasas dispersas volvieron a juntarse. Ya no tenían la ilusión ingenua de vencer al sistema. Tenían algo infinitamente más resistente: la decisión irrevocable de no abandonarse jamás.