El plano denso VII
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VII

Hipatia se levantó de su sillón de roble. No abrió el antiguo cuaderno de Constructores de Sentido, cargado de diagnósticos y análisis sociológicos agotados.

Tomó un cuaderno nuevo, de páginas completamente blancas y lisas, y escribió en la cubierta un título provisional:

LO QUE PERMANECE

En la primera página, con una caligrafía limpia y reposada, anotó cuatro nombres:

Tomás.

Mateo.

Laura.

Olympe.

Y debajo, a modo de única conclusión válida tras su largo descenso al Plano Denso, trazó la línea definitiva:

«Las personas rara vez cambian por una idea. Cambian porque alguien permanece junto a ellas el tiempo suficiente.»

Cerró el cuaderno, se puso el manto oscuro sobre los hombros y, por primera vez en muchas semanas, giró el picaporte y salió de la biblioteca.

Caminó despacio por las calles de la megaciudad.

A su alrededor, las pantallas gigantescas seguían parpadeando con anuncios multicolor y las multitudes transitaban con prisa hacia ninguna parte.

Pero Hipatia ya no miraba las pantallas ni prestaba atención a la imponente silueta de la torre del Magnate en el horizonte.

Miraba a la gente. A los rostros anónimos que cruzaban su camino.

Y comprendió, con una inmensa y sobria liberación, que no existía una entidad abstracta llamada «humanidad» a la que hubiera que rescatar de su propio destino. Solo existían personas concretas, vidas frágiles y cotidianas a las que se podía acompañar en la intemperie.

Aquella noche Hipatia abandonó la biblioteca sin haber recuperado la esperanza. Pero había encontrado algo mucho más sólido sobre lo que construir: las brasas que sobreviven cuando el incendio ya se ha extinguido.