VI
Entrada la noche, Hipatia buscó a Hermes en la azotea de la biblioteca abandonada.
El viento frío del norte mecía los pliegues de su túnica mientras contemplaba el mar de luces de la metrópoli. A su lado, el mensajero permanecía en silencio, mirando hacia los pisos más altos de la torre corporativa.
—¿Por qué atacarlos con tanta saña? —preguntó Hipatia, y en su voz analítica asomó por primera vez una grieta de profunda indignación—.
Son doce personas en un local modesto. No tienen dinero, no tienen poder, no amenazan a ningún gobierno.
Solo intentan acompañar a ancianos solos y ayudar a unos niños a estudiar.
¿Por qué el sistema gasta recursos en ridiculizar algo tan pequeño y noble?
Hermes se giró despacio y la miró con la sabiduría de quien ha presenciado el ascenso y la caída de cien imperios terrenales.
—Porque ayudan fuera del circuito, Hipatia —respondió Hermes en voz baja.
—¿Fuera del circuito? —repitió ella, sin comprender.
—El sistema no compite por la verdad ni por la justicia —explicó Hermes, apoyando los brazos en la balaustrada de la azotea—.
Compite por la atención y por la dependencia absoluta de los sujetos.
Si un hombre aprende que puede solucionar sus problemas de soledad conversando con su vecino en un banco, deja de consumir el sucedáneo que la plataforma le vende por la pantalla.
No importa lo pequeña que sea esa red; para la corporación, cualquier atisbo de autonomía real es un virus que debe ser neutralizado antes de que contagie al resto del rebaño.
Hipatia apretó los dientes, mirando las luces lejanas.
—Entonces no hay espacio para el bien en este mundo.
—Lo hay —corrigió Hermes suavemente—. Pero tienes que entender a qué te enfrentas. No estás luchando contra una mala costumbre de la población. Estás luchando contra una arquitectura gigante que percibe la libertad humana como una amenaza para su propia supervivencia.