III
Para Mateo, los efectos de su paulatina desconexión empezaban a manifestarse con una claridad incómoda.
Habían pasado dos semanas desde la noche en que apagara el teléfono corporativo tras cumplir estrictamente su jornada laboral.
Las consecuencias no se habían hecho esperar: el ambiente en el centro de atención digital se había vuelto tenso, su supervisor lo miraba con fría distancia y algunos compañeros lo ignoraban durante los descansos.
Sin embargo, en el ámbito privado, los cambios eran innegables.
Dormía mejor. El nudo constante en el estómago había perdido rigidez.
Tras desempolvar su vieja guitarra y sus cuadernos de dibujo, dedicaba un par de horas cada noche a practicar acuerdos y trazar bocetos, descubriendo que el tiempo, cuando no se consumía en pantallas, era extrañamente denso y maleable.
Una tarde, mientras caminaba de regreso a su piso tras tomar un café con Hipatia, Mateo se detuvo frente al escaparate de una tienda de música. Miró su propio reflejo en el cristal, superpuesto a las guitarras y los teclados del interior.
Sintió un sofoco de inquietud repentina.
Aquel bienestar no lo llenaba de euforia; lo asustaba.
Porque aceptar que pequeños gestos de disciplina y desconexión mejoraban su vida significaba admitir una verdad que había evitado durante años: que la mujer de la túnica tenía razón.
Significaba reconocer que su cansancio no era un destino inevitable impuesto por las circunstancias, sino el resultado de una rendición progresiva que él mismo había consentido.
Si ella tiene razón, pensó Mateo agarrándose al borde de su chaqueta, entonces no tengo excusas para seguir en el cubículo. Y si no tengo excusas, la única razón por la que continúo allí es mi propia cobardía.
Una parte de su ser anhelaba seguir avanzando hacia esa libertad incómoda; la otra, la que prefería la servidumbre predecible del salario a fin de mes, le suplicaba que volviera a encender todas las notificaciones y se diluyera de nuevo en la multitud silenciosa del metro.