III
En su apartamento, la mañana siguiente a haber apagado el teléfono móvil, Mateo experimentó una sensación completamente imprevista.
Esperaba sentir la liberación heroica del rebelde o la paz idílica que prometían los discursos sobre la desconexión. En su lugar, se encontró con una casa en absoluto silencio, un aburrimiento denso y una inquietud física que le hacía mover las manos de forma nerviosa hacia el bolsillo vacío.
Descubrió una verdad incómoda: la pantalla no solo era una trampa; era el tapón que mantenía oculta la nada. Sin el flujo incesante de notificaciones, noticias y estímulos ajenos, Mateo no sabía qué hacer consigo mismo. La libertad recién conquistada no traía consigo instrucciones de uso.
Caminó por el pasillo, abrió cajones olvidados y encontró en el fondo de un armario una vieja guitarra acústica con dos cuerdas rotas y un cuaderno de bocetos de su época universitaria. Había pasado casi una década desde la última vez que intentó dibujar o tocar una nota.
Se sentó en el suelo de la sala, apoyó la guitarra sobre las rodillas y comenzó a afinarla despacio.
Sus dedos, torpes y agarrotados por años de teclear protocolos en el centro de atención digital, protestaron ante la presión del metal.
Le dolió la yema de los dedos, la melodía sonó desafinada y defectuosa...
pero por primera vez en años, el tiempo dejó de medirse en minutos de llamada para medirse en notas musicales reales.