El plano denso IV
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IV

Mateo notó el cambio en Hipatia antes de que ella pronunciara una sola palabra.

Se encontraron al final de la tarde en la terraza de una cafetería cercana a la oficina del joven.

Mateo se dejó caer en la silla, visiblemente agotado tras otra jornada atendiendo llamadas en la cabina gris, pero al mirar a Hipatia advirtió algo diferente en su postura.

La rigidez aristocrática y la mirada distante que solían acompañar a la filósofa habían dado paso a una quietud concentrada y humilde.

—Hoy no me has preguntado por mis métricas de atención ni por las horas que he pasado frente al ordenador —observó Mateo, pidiendo dos tes de manzanilla al camarero.

—He estado hablando con un hombre —respondió Hipatia, mirando el reflejo del sol poniente en el plato de cerámica—. Se llama Tomás.

Mateo frunció el ceño, divertido.

—¿Un hombre? ¿Un sujeto de pruebas?

—Una persona —corrigió ella con suavidad—. Estaba presente el día de la pantalla en la plaza. Vio los datos sobre la soledad. Y en lugar de indignarse o utilizar la información para discutir... llamó a su hija, a la que llevaba ocho meses sin ver.

Mateo dio un sorbo a su taza y guardó silencio durante unos segundos, estudiando la reacción de la mujer.

—¿Y por qué te sorprende tanto? —preguntó en voz baja.

—Porque desde una perspectiva estadística, la acción de un solo individuo entre tres millones de habitantes es estadísticamente irrelevante —admitió Hipatia, negando lentamente con la cabeza—.

No altera los patrones de consumo de la ciudad.

No modifica las métricas del Magnate. No cura la parálisis colectiva.

Y, sin embargo... no puedo dejar de pensar en ello.

Mateo esbozó una sonrisa franca, auténtica y ligera, la primera que Hipatia le veía en mucho tiempo.

—Bienvenida al mundo real, Hipatia —dijo Mateo, apoyando los codos en la mesa—. Bienvenido al único lugar donde un gesto pequeño que no sirve para cambiar los grandes números puede salvarle la vida a alguien.