El Planeta Muerto (Archivos del espacio 4) Extracto Los niños del planeta rojo #4
100%

Extracto Los niños del planeta rojo #4

El bidón está sobre el suelo embaldosado del laboratorio.

La boquilla de salida está a la altura de la rodilla.

¿Qué decía Teima? ¿No arrodillarse? Señalo hacia la manguera.

Eleny lo comprende de inmediato y aprieta la manguera para cerrar el paso justo en la salida.

Yo inspiro a fondo, aguanto la respiración y me arrodillo para poder desconectar la manguera del bidón, coger el tapón que hay al lado y colocarlo en su lugar.

El gas no puede hacerme nada si no lo inhalo, ¿verdad?

Hecho. Es como si hubiéramos cambiado la manguera de nuestra ducha.

Eso puedo hacerlo. Me levanto y expulso el aire que aguantaba dentro.

—Ahora dejad la puerta bien abierta —pide Teima—. El resto del monóxido de carbono se distribuirá por el resto de las habitaciones. Y ponedle algo bajo la cabeza al Sr. Sanders, a modo de cojín.

—¿Podemos salir igualmente de esta sala tóxica? —pregunto.

—Podéis salir —dice la bondadosa IA—. Además, estáis muy cerca del jardín botánico. Antes queríais hacer una pausa. Podéis descansar allí un ratito.

Me pongo de inmediato en marcha, pues ese laboratorio me pone un poco los pelos de punta.

Teima tiene razón, llegamos al jardín en un santiamén.

Sin pensarlo dos veces, Eleny y yo nos vamos a nuestro lugar preferido, a la raíz elevada junto al arroyo.

Pero no nos sentamos en ella, sino que nos tumbamos directamente junto a la orilla.

Sienta la mar de bien. El chapoteo del agua me hace sentir aún más cansado de lo que ya estoy; y eso que aquí hace bastante frío.

Eleny parece notar lo mismo que yo, pues pide a Teima que eleve un par de grados la temperatura.

—Pero voy a tener que ir cuanto antes a ver cómo están mis padres —añade.

—Al igual que los padres de Noël, los tuyos no tienen problemas.

—Eso ya nos lo dijiste antes, pero pienso igual que Eleny —digo yo—. Me gustaría convencerme con mis propios ojos.

—Podéis confiar en mí —asegura Teima—. Lo he comprobado varias veces. Igual que la situación de todos los demás habitantes.

No lo pongo en duda, pero aun así me gustaría poder ver a mis padres. Ya sé que Teima se entera de todo. Está siempre en todas partes, en cada ordenador, en cada cafetera y en cada pantalla informativa (...y en miles de lugares más).

Antes me daba así como algo de miedo, pero normalmente me importa un pepino.

Es algo normal, sin más. Ahora resulta que puede ser de lo más útil.

Necesita nuestra ayuda, claro, pero mantiene una buena visión de conjunto.

Regula muchas cosas por nosotros aquí, en la colonia.

Por ejemplo, es capaz de mantener los servicios básicos en funcionamiento y evitar que nos quedemos sin aire que respirar.

Al menos eso es lo que creo. Quiero decir, que seguro que puede hacerlo, ¿no?

¿Puede hacerlo también ella sola cuando no hay nadie más disponible y mantener todas las instalaciones? ¿O igual se asfixiarán dentro de poco?

Empiezo a divagar un poco. Ante mis ojos cerrados veo de nuevo a esas dos mujeres en el gimnasio, tumbadas torcidas sobre a saber qué aparato con el que ejercitaban a saber qué músculos.

Eleny y yo solo tuvimos que cambiar un poco su postura porque Teima dijo que si no, sufrirían daños en las articulaciones.

Además, ahí están también esas mariposas que bailan sobre un arco iris y son pasto de un monstruo oscuro que ahora alarga sus garras hacia mí.

—¡Noël!

El grito de Eleny me saca de mis melancólicos pensamientos, como acabo de darme cuenta. Y sí que eran extraños. Pero con todo lo que hemos estado haciendo hasta ahora no me extraña nada.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Eleny me lanza su torcida sonrisa.

—No hay tiempo para echar cabezaditas.

—No estaba durmiendo —digo yo.

—¿Entonces solo roncas así a veces, porque sí, cuando estás despierto?

¿Roncar? ¿Me he dormido y estaba soñando? Eso explicaría al menos la tontería esa de las mariposas y el monstruo. ¡Y juro que jamás se enterará nadie de lo del arco iris!

Para no parecer demasiado estúpido digo lo más inteligente que se me pasa por la cabeza en ese instante:

—Ehh … mmm … sí, pues sí. —Vale, ahora sí que parezco realmente idiota. Así que inspiro hondo y sigo—. He estado pensando en lo que deberíamos hacer a continuación.

—Aún nos queda un gran cantidad de tohuvabohu que poner en orden —dice Teima.

—¿Tofuqué? —pregunta Eleny.

Es superguay del Paraguay que yo conozca una palabra que Eleny no sabe.

—¡Tohuvabohu! Eso significa un desorden descomunal. Puro caos. —Luego estoy a punto de añadir la lengua de la que procede, pero como no estoy muy seguro, me lo callo. ¿Griego? ¿Indio?

—Exacto —confirma Teima—. Quería utilizar una palabra que sonara divertida para levantaros un poco el ánimo. No estaba segura qué resultaría más divertido, si morondanga o barullo descomunal.

—¡Catapúm catacrac! —dice Eleny riendo.

—Una barullizasca, más bien —añado yo.

—Desconozco esa palabra —dice Teima.

—No me extraña, me la acabo de inventar —confieso. Suelo hacerlo a menudo, eso de inventar palabras raras. Y al final me acuerdo: ¡Hebreo! ¡Tohuvabohu viene del hebreo! Y no es que sepa mucho más de ese idioma. ¡Ni que tuviera ahora importancia alguna!

—En todo caso, al menos por ahora no podéis dormir mucho más —dice Teima—. ¡Todavía no! Sigo necesitando vuestra ayuda. Puedo daros ocho minutos más de descanso a partir de ahora, y luego vendré a por vosotros.