El Planeta Desaparecido (Archivos del espacio 6) Extracto Los niños del planeta rojo #3
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Extracto Los niños del planeta rojo #3

El niño. Ha ignorado su pregunta. La mayoría de las personas olvidan sus preguntas fácilmente cuando no obtienen respuesta y todos siguen siendo felices. Pero parece que los inacabados no están aún en situación de poder hacer eso. Teima toma también nota de ello.

—¿Teima?

Que siiii, vale. Tendrá que responder.

—133 es Pavel.

—¿El profesor de deporte?

Teima consulta la lista de habitantes. Sí, Pavel da clases de gimnasia a niños y adultos. En Marte, la gente pesa mucho menos que en la Tierra. Si no quieren perder masa muscular, deben hacer tres horas de deporte al día.

—El profesor de deporte —confirma.

—¿Sabes ya lo que les ha pasado a todos? —pregunta Eleny.

Eleny. Noël. Es mejor que Teima se aprenda los nombres. Los pequeños parecen reaccionar mejor a ello y ahora mismo es lo único que tiene.

—No, no lo sé. Debemos hacer algunos tests más. Pero primero os necesito. Debemos impedir que los demás empeoren.

UN TOHUVABOHU DE LO MÁS ENREVESADO

Impedir que los demás empeoren.

Muy fácil de decir e incluso hasta suena bien; pero no tiene absolutamente nada de fácil.

Pues eso significa, literalmente, que Eleny y yo tenemos que recorrer de una punta a otra todos los rincones de la colonia.

A todos aquellos lugares en los que los muchos ojos de Teima han visto una emergencia.

Claro que no tiene ojos, sino que recurre a todas las cámaras disponibles y a saber qué otras posibilidades de observación y vigilancia. Nunca me ha interesado mucho todo eso.

—Por favor, 201 y ..., perdón, quiero decir Noël y Eleny, mirad al frente —dice ahora Teima. Su cara holográfica, proyectada por mi pulsera, flota siempre junto a nosotros—. ¿Podéis ver el cortacésped motorizado con la mujer sentada en el asiento?

—Antonia —dice Eleny.

—Exacto —confirma Teima—. Si mis observaciones están en lo cierto, la mitad superior del árbol que se ha dañado con el choque del cortacésped podría romperse del todo y caer. Y con caer me refiero a caer encima de ella.

—Lo que no estaría nada bien —digo yo—. Entendido, no requiere más explicaciones.

Así que corremos por el pequeño prado hacia Antonia.

No conocía su nombre. Solo me acuerdo de que una vez me criticó que pasara frente a su vivienda y no la saludara.

Mucha gente valora en exceso que se la salude.

Yo creo que es innecesario. ¿Qué tengo yo en común con esa Antonia, excepto que ambos vivimos en Marte?

—Ya —murmuro por lo bajini ante mí, mientras la sujeto por los brazos y Eleny se hace cargo de las piernas—, y ahora te salvo igualmente la vida.

—¿Igualmente? —pregunta Eleny antes de soltar un gruñido por tener que arrastrar a Antonia unos metros hacia un lado. Al desplazarla, arrastra el trasero por la hierba. El de Antonia, quiero decir, no el de Eleny.

—Es que no le gusto —confieso. Suena exagerado, pero bien. Así quedo también algo mejor parado; salvo la persona que no me soporta. Así de rápido puede convertirse uno en el héroe de alguien a quien ni siquiera se saluda.

Dejamos a Antonia tumbada sobre la hierba, fuera ya de la zona de peligro. Tiene la cara bastante pálida, como la mayoría, pero respira. Lentamente, pero también de manera uniforme. Eso es tranquilizador.

—Ahora debéis ir al otro extremo del prado —dice Teima—. Allí vais por el camino que ...

—Vamos a necesitar hacer una pausa pronto —dice Eleny.

Parece como si me hubiera leído los pensamientos. Y me alegro de que sea ella la primera que lo dice.

—Dentro de un ratito os concederé ese deseo —dice Teima—. Olvidé que sois humanos inacabados.

—¿Inacabados? —pregunto.

La cara holográfica sonríe y parpadea un par de veces. Es como si se sintiera algo abochornada. Creo que no tiene emociones reales, pero las está imitando.

—Perdonad —dice—. Quiero decir que aún sois niños. Todavía no soy adultos maduros.

—¡Pues dilo así! —exijo—. ¡Inacabado suena a insulto!

—¿Quieres decir —interviene Eleny— como cuando se llama renacuajo a un bebé?

¡Zasca! Uno a cero para ella. Como no se me ocurre nada inteligente, mejor me callo la boca.

La catástrofe del cortacésped de Antonia es el octavo caso al que Teima nos ha enviado.

Justo antes metimos a alguien de nuevo en su vivienda, por estar medio colgando de la ventana.

Lo más vergonzoso fue cuando tuve que ir hasta un hombre que estaba metido en la bañera.

¡Desnudo, evidentemente! Saqué el tapón para que se vaciara, le puse una toalla de almohada y extendí otra para taparlo.

Teima dijo que aumentaría un poco la temperatura del cuarto de baño, pero existía el peligro de que resbalara hacia dentro y se ahogara.

Y lo peor de todo es que lo conozco bien, es amigo de mi padre.

Cuando venga algún día a visitarnos recordaré siempre cómo le tapé en la bañera.

Teima lleva tres horas ya haciéndonos correr hacia todos los lugares donde considera necesario que intervengamos. De una punta a otra de la colonia. Y ahora dice: —Tengo otro encargo para vosotros. La situación de 153 se ha agravado.

—¿153? —pregunto.

—Tillmann Sanders, el químico —explica Teima—. Estaba en su laboratorio cuando entró en coma. En esa habitación está aumentando la concentración de monóxido de carbono.

—¿Y eso qué es?

—Un gas tóxico. Al principio no lo detecté porque pesa más que el aire y se acumula a nivel del suelo.

Pero los sensores ahora ya lo han detectado con claridad.

Si la habitación sigue llenándose de eso, dentro de diez minutos puede ser mortal para 153.

No sé de dónde viene el gas, pero debe salir de algún sitio.

El problema es que es un laboratorio especial que no puedo …

ventilar así como así. De hecho, es incluso un poco más complicado que eso, pero ...

—Okey, entendido —la interrumpo—. Necesitas nuestra ayuda y ese señor ciento cincuenta y tres también. ¡En marcha!

Eleny y yo salimos disparados hacia el laboratorio. Teima nos muestra el camino. Se trata de un edificio bajo en el que no había entrado nunca. Solo sé que allí se llevan a cabo experimentos uno tras otro. Cosas científicas.

El pasillo por el que corremos es gris y considerablemente feo. No hay ni plantas que lo decoren ni paredes de colores. Tras una curva vemos una planta; una palmera de Yuca, si no me equivoco, dentro de una maceta bastante grande. Pero no tiene mucho de verde ya, sino que parece bastante marchita.

Me temo que si no sacamos a la gente de este coma, todo Marte se verá pronto así de marchito. Personas incluidas.

—Esta puerta no, la siguiente —dice Teima.

Llegamos a ella un par de segundos después. Quiero abrirla pero está cerrada con llave.

—Esperad, que os la abro —anuncia la IA.

Se oye un clic y la puerta se desliza a un lado. Entro y olisqueo el aire, pero no percibo nada extraño. Miro al suelo. No hay ni rastro de ese gas monocarbónico o lo que sea. No es bueno que ni siquiera podamos olerlo.

Eleny levanta los pies como si estuviera caminando por un lodazal.

—Podéis entrar sin peligro alguno —asegura Teima—. El gas solo es peligroso cuando se inhala. Está acumulado en el suelo. Así que ni se os ocurra arrodillaros ¿vale?

Miramos bien a nuestro alrededor y nos damos cuenta en seguida de lo que ha pasado. El Sr. Sanders ha caído con tan mal atino, que ha arrancado la manguera de un bidón.

Ahí pone: «Mantenimiento de vida – ¡Tóxico, no tocar!» ¿Mantenimiento de vida y tóxico? ¿Eso cómo se come?