XXXVI El huso horario definitivo #2
—Mi objeción es simple. Usted propone incorporar el afecto, el apego, incluso el amor, si no he entendido mal su conclusión implícita, como variables relevantes en la investigación psicobiológica.
¿No le parece que eso desplaza peligrosamente la disciplina hacia un terreno blando, subjetivo y, permítame decirlo, poco científico?
La objetividad exige distancia. Lo demás puede servir para la literatura, la vida doméstica o la religión civil contemporánea, pero no para un modelo experimental serio.
El auditorio quedó en silencio.
La pregunta no era una pregunta. Era un intento de restaurar frontera.
Ciencia a un lado; vínculo al otro. Método a un lado; cuerpo compartido, cena dominical, marcas de labio en tazas, gafas torcidas en una mesilla y una mano buscando la mía durante el sueño, al otro.
Durante años, yo habría aceptado esa frontera como higiene intelectual.
Miré la diapositiva detenida en la pantalla.
Después miré a Pedro.
Él no sonreía ya. Tenía la espalda recta, las manos quietas sobre las rodillas y el colgante inmóvil contra la camisa blanca. No parecía pedir defensa. Parecía ofrecer presencia.
Ajusté el micrófono, aunque no se había movido.
—Profesor Hartmann —dije—, su premisa contiene un error de clasificación. La objetividad no exige distancia. Exige control de sesgos, replicabilidad metodológica y precisión en la delimitación de variables. La distancia emocional es una estrategia histórica, no un requisito epistemológico.
El profesor Hartmann inclinó la cabeza con una lentitud que podría clasificarse como paciencia performativa.
Había utilizado ese movimiento en cuatro tribunales de habilitación, dos defensas de tesis y una comisión de ética en la que un investigador había intentado justificar el uso de cobayas sin registro completo de analgesia.
El movimiento significaba: continúe, joven, y confirme mi hipótesis de que se ha extraviado .
Yo ya no era joven. Tenía treinta y cinco años, una chaqueta de traje ajustada correctamente gracias a la intervención manual de Pedro y una tolerancia a la condescendencia académica un 63 % inferior a la que había mostrado antes de modificar mi Sistema de Comidas Estandarizadas.
La edad, la ropa y la reducción de tolerancia no constituyen necesariamente una tríada causal, pero en aquel momento funcionaron como un conjunto operativo.
Cambié a la diapositiva suplementaria 17-B.
No estaba prevista para la exposición principal.
La había incluido por si alguien formulaba exactamente esa objeción, aunque Pedro había dicho que preparar treinta y dos diapositivas suplementarias “por si un señor con ego fósil se ponía exquisito” era una manera muy alemana de coquetear con el desastre.
En la pantalla apareció un esquema de circuitos límbicos, corteza prefrontal medial y modulación dopaminérgica.
—Un vínculo afectivo estable no impide la evaluación racional.
Al contrario. En individuos sometidos a alta carga de incertidumbre, la presencia de una figura de apego reduce la activación sostenida de sistemas de amenaza y libera recursos ejecutivos para tareas complejas.
Esto no es poesía doméstica. Es economía energética cerebral.
Hubo un murmullo breve. No de burla. De atención desplazada.
—La literatura experimental muestra que los organismos sociales no optimizan aislándose del grupo, sino coordinando respuestas.
Incluso en modelos animales, la regulación social disminuye el coste fisiológico del estrés.
En humanos, la cuestión no es si el afecto contamina la cognición.
La cuestión es qué tipo de afecto produce desorganización y qué tipo de afecto permite reordenar el sistema.
Hartmann no se sentó.
—Eso es una formulación atractiva —dijo—, pero sigue siendo vulnerable a la sentimentalización.
—No. Es vulnerable a mala operacionalización. Son defectos distintos.
En la primera fila, Nadine Montoya emitió un sonido nasal.
No fue una risa. Fue más parecido a la aprobación de una persona que había visto a alguien recibir un golpe en el plexo solar y levantarse sin dramatismo excesivo.
Pedro giró apenas la cabeza hacia ella. Nadine no le devolvió la mirada, pero cruzó los brazos de un modo menos defensivo.
Proyecté la siguiente diapositiva.
El gráfico mostraba dos curvas. La primera representaba rendimiento cognitivo bajo aislamiento predictivo.
La segunda, rendimiento cognitivo bajo exposición a una variable relacional caótica pero consistente.
Había eliminado cualquier referencia identificable al caso, aunque mi cuerpo recordó la taza con la marca labial en la mesa de centro, la imposibilidad de entrenar aikido sin oír en mi memoria las quejas de Pedro, la primera cena dominical con Nadine criticando la textura del pollo al vapor y arrojando comino sobre mi plan nutricional como si ejecutara una enmienda constitucional.
—Durante años —dije—, asumí que la estabilidad equivalía a repetición.
Un menú fijo. Un horario fijo. Contacto social mínimo.
Interacciones reguladas por protocolos explícitos.
Ese modelo produce eficiencia en entornos cerrados, pero fracasa ante una condición básica de la vida humana: la presencia de otros sistemas nerviosos con prioridades propias.
Alguien en la cuarta fila dejó de escribir.
Noté que Pedro había levantado la vista.
Su mirada atravesó la distancia entre la primera fila y el podio con una exactitud que no podía medirse en metros.
Tres meses de convivencia habían demostrado que Pedro podía interrumpir mi línea de pensamiento con menos movimiento que un ratón de laboratorio en un entorno de estimulación controlada.
Una ceja. Un dedo sobre el borde de una taza.
El roce de su hombro al pasar detrás de mí en la cocina.
La frase “no empieces con los porcentajes antes de besarme”.
Todas eran intervenciones de bajo volumen y alto impacto.
—La optimización real —continué— no consiste en eliminar el caos. Consiste en identificar qué caos merece ser integrado.
Pedro sonrió.
No era la sonrisa cínica que utilizaba antes para protegerse de profesores, decanos, hombres que hablaban demasiado de sí mismos y cualquier estructura institucional con olor a café quemado. Era una sonrisa limpia, breve, casi privada. Después me guiñó un ojo detrás de sus gafas de marco pesado.
El gesto produjo una alteración térmica en mi cuello.
No interrumpí la conferencia. Ese era un progreso considerable.
En abril, un guiño de Pedro en un espacio público habría provocado una cascada de análisis contraproducentes: interpretación social, probabilidad de burla, evaluación de contexto, riesgo de erección, protocolo de evacuación.
Ahora lo registré, lo incorporé y seguí hablando.
—Por tanto, profesor Hartmann, su objeción parte de una falsa dicotomía.
No hay ciencia por un lado y afecto por otro.
Hay sistemas vivos que regulan otros sistemas vivos.
La pregunta científica no es si debemos excluir el amor del modelo.
La pregunta es por qué hemos tardado tanto en admitir que, en determinados organismos humanos, el amor es la variable caótica indispensable para sostener la racionalidad.
Se produjo un silencio.
Después, una estudiante aplaudió.
El aplauso se extendió con un patrón no lineal: primero el bloque izquierdo, luego los estudiantes de posgrado, después los investigadores jóvenes, finalmente una parte del claustro senior. Hartmann no aplaudió, pero se sentó. En términos académicos, aquello equivalía a una rendición parcial.
El moderador sonrió con demasiados dientes.
—Creo que con esto cerramos la sesión.
No era correcto. Había aún tres manos levantadas.
Pero la densidad emocional del auditorio había superado la capacidad administrativa del moderador, y no quise corregirlo.
Guardé el mando remoto, desconecté el micrófono de diadema y ordené mis notas en el podio aunque no las había usado.
La acción me permitió recuperar dos unidades de estabilidad motora.
Al bajar del estrado, Anna Müller me interceptó junto al lateral del auditorio.
—Ha sido impecable —dijo.
—La objeción de Hartmann era previsible.
—No me refería solo a la respuesta.
Me miró como miraba a sus pacientes cuando fingían no saber qué habían dicho en voz alta.
Anna no utilizaba la compasión como instrumento de superioridad.
La administraba con precisión clínica, en dosis que rara vez producían rechazo.
Desde que Emma ya no ocupaba todos los espacios con su retórica de demolición, Anna parecía habitar su propio cuerpo con menos permiso solicitado.
—Gracias —dije.
Ella tocó mi antebrazo durante un segundo.
No me aparté.
—Pedro está orgulloso —añadió.
—Lo ha comunicado mediante un guiño.
—En su idioma, eso es una ovación de pie.
—También ha corregido mi corbata antes de salir.
—Entonces es prácticamente una declaración notarial.
Anna sonrió. Detrás de ella, Nadine discutía con un profesor de Fisiología sobre la calidad insuficiente del café universitario.
El profesor intentaba defender la logística del catering; Nadine lo observaba con la calma letal de una mujer que había reconstruido su vida, su nombre, su culpa y su relación con su ahijado, y no iba a perder tiempo ante café tibio.
Pedro no estaba en la primera fila.
Lo encontré cinco minutos después en el pasillo lateral de los laboratorios, donde el olor a desinfectante sustituía al roble pulido y el zumbido del auditorio se convertía en un silencio fluorescente.
Estaba apoyado contra la pared blanca, con una pierna doblada y las manos en los bolsillos de la cazadora.
Había una mancha de luz sobre sus gafas.
El colgante de Melqart se movía apenas con su respiración.
—Profesor Schneider —dijo—. Muy convincente lo de que el amor sirve para no volverse idiota.