EL PLAN M (M DE MARIDO) XXIII El show de los bármanes #6
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XXIII El show de los bármanes #6

La frase entró en un compartimento mental que no estaba etiquetado.

Sabes hacer cosas. No sabes lo que haces.

Podía haberla clasificado como ataque. Pero su tono no era hostil.

Tampoco era sarcástico. El cinismo habitual había desaparecido de su cara con una rapidez que me produjo inquietud.

Cuando Pedro se quedaba sin coraza, parecía más joven.

No débil. Más expuesto. Como si todo el peso de su estructura defensiva hubiera sido una arquitectura construida alrededor de una ausencia.

—Después de Sandra —dijo.

Se detuvo.

Mi respuesta automática habría sido pedir especificación temporal: fecha exacta, circunstancias, relación con Felipe/Nadine, consecuencias. No lo hice. Había aprendido, con una tasa de error todavía alta, que ciertas interrupciones producen daños.

Pedro miró hacia el estanque, pero no se separó. El vaho de su respiración se cruzó con el mío durante un segundo antes de deshacerse. La nube resultante no era atribuible a uno solo de los dos organismos. Eso era irrelevante. Lo registré igualmente.

—Después de mi madre —continuó—, todo el mundo empezó a negociar. Felipe negociaba dinero. Nadine negociaba culpa. Los profesores negociaban paciencia. Los curas negociaban perdón. Todo era una puta negociación con palabras bonitas encima.

La barandilla crujió bajo la presión de sus dedos. En realidad no crujió la piedra; crujió el cuero de su guante contra la superficie rugosa. Mi cerebro corrigió el error sensorial y siguió escuchando.

—Y luego estás tú —dijo—, que ni siquiera sabes mentir bien cuando sería más cómodo. Te plantas en una clínica, en un avión, detrás de una barra llena de médicos imbéciles, en mi vida, con esa cara de que el mundo es un problema de clasificación, y haces lo que dices que vas a hacer.

—La consistencia conductual reduce la incertidumbre interpersonal.

Pedro cerró los ojos un instante.

—No lo estropees todavía.

Cerré la boca.

La obediencia fue inmediata y preocupante.

Cuando volvió a abrir los ojos, la máscara había caído por completo. No había burla. No había ese desprecio defensivo hacia el mundo que solía lanzar antes de que el mundo lo rechazara primero. Solo había cansancio, frío y una intensidad que no me permitía mirar a otra parte.

—Eres lo más estable que me ha pasado desde que ella murió —dijo.

El enunciado no era largo. No contenía metáforas complejas ni demandas explícitas. Sin embargo, produjo un impacto interno desproporcionado, como si alguien hubiera retirado una pared portante de mi sistema cognitivo sin avisar al departamento de seguridad estructural.

Mi primera respuesta disponible fue decir que la estabilidad podía definirse como la capacidad de un sistema para retornar a su estado de equilibrio después de una perturbación.

Mi segunda respuesta fue indicar que yo no era estable, sino rígido.

Mi tercera fue preguntarle si su ingesta de carbohidratos había modificado su tendencia a verbalizar asociaciones afectivas.

No dije ninguna.

Pedro se acercó.

No fue un paso completo. Fue una reducción mínima de distancia: quizá seis centímetros.

Suficiente para que el metal de Melqart volviera a tocar mi chaqueta.

Suficiente para que el olor a whisky, cítricos, lana nueva y piel fría se integrara en una sola señal.

Suficiente para que mis dedos alrededor del asa del maletín perdieran fuerza.

La proximidad de sus labios dejó de ser un dato anatómico y se convirtió en una amenaza contra todas las rutinas que habían impedido, durante años, que algo entrara demasiado adentro y luego desapareciera.

Vi, sin querer verlo, una puerta de hospital demasiado blanca. Un pasillo. El sonido de mi madre diciendo que no hiciera preguntas ahora. La mano pequeña de Nicole ausente de la mía. No la imagen completa. Solo el hueco donde la imagen no se dejaba reconstruir.

Pedro levantó la mano hacia mi solapa. No llegó a tocarla. La dejó suspendida, esperando una señal que yo no sabía emitir.

Mi pulso se volvió irregular.

El beso era inminente.

La palabra beso apareció con una claridad insoportable. No como hipótesis. Como frontera.

Y en la frontera, mi cerebro ejecutó un protocolo de emergencia.

—Existe una posibilidad —dije rápido— de que las tres muestras recolectadas presenten una variación no paterna por contaminación cruzada o por mutación en marcadores STR de baja frecuencia. El porcentaje es reducido, pero no nulo, especialmente si consideramos—

Pedro se quedó inmóvil.

La mano suspendida descendió.

El vaho entre nosotros se separó en dos nubes distintas.

—¿Qué?

El monosílabo fue plano. No furioso todavía. Más peligroso: incrédulo.

Yo seguí, porque el sistema ya había iniciado la secuencia y detenerla requería una forma de valentía que no estaba disponible.

—La tasa de mutación en loci autosómicos puede alterar interpretaciones de parentesco en casos límite. Si procesamos las muestras antes del amanecer, podríamos descartar falsos negativos o—

—Estás hablando de cromosomas.

—Sí.

—Ahora.

La palabra ahora cayó entre nosotros con más peso que el maletín.

Comprendí demasiado tarde que había seleccionado una salida verbal funcionalmente equivalente a apagar la única fuente de calor del entorno. La luz de la farola seguía igual. El frío también. Pero algo se había retirado del rostro de Pedro, una persiana bajada desde dentro.

—La precisión temporal del análisis puede—

—Cállate, Leon.

Obedecí.

Pedro apartó la vista, se pasó una mano por la boca y soltó una risa breve, sin humor. Después se enderezó, alejándose de la barandilla. La distancia volvió a setenta centímetros. Luego a un metro.

El mundo recuperó su ruido: tráfico, hojas, agua, una sirena lejana. Mi sistema sensorial lo recibió como una penalización.

—Vamos al hotel —dijo.

—Pedro—

—No. Ahora sí. Vamos al hotel antes de que empieces a explicarme la reproducción celular.

No pude determinar si debía disculparme. Las disculpas requieren identificar el daño. Yo lo veía, pero no podía tocarlo sin empeorarlo.

Así que levanté el maletín.

Y caminamos.