EL PLAN M (M DE MARIDO) XXIII El show de los bármanes #2
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XXIII El show de los bármanes #2

—I like him. Give the man space.

La masa obedeció.

No por simpatía. Por eficacia anticipada.

Pedro se acercó a mi lado, hombro casi rozando mi brazo. Sacó la primera bolsa estéril del compartimento inferior y la ocultó bajo una servilleta doblada.

—Rojo está junto a la ventana —murmuró.

—Avery.

—Azul acaba de pedir otro champán.

—Holbrook.

—Verde sigue desaparecido.

—Stein.

—Y tú —dijo— acabas de convertir una barra en un laboratorio.

Miré la línea de vasos, las botellas, el hielo, los objetivos y el reflejo de Pedro en el mármol negro. El protocolo había comenzado.

La cola frente a la barra adquirió propiedades de organismo multicelular.

Se expandía, retrocedía, emitía ruido y enviaba pseudópodos humanos hacia los laterales con la esperanza de obtener prioridad mediante sonrisas, acreditaciones colgantes o relojes de pulsera cuyo precio superaba probablemente el presupuesto anual de material fungible de mi laboratorio.

—Primer grupo —dije—. Cuatro pedidos.

—Dos Manhattan, uno seco, uno no sé qué con tequila pero que no sepa a tequila, y un gin tonic con pepino —enumeró Pedro, sin apartar los ojos del salón—. El del pañuelo rojo acaba de abandonar el vaso junto a la maceta. Avery.

—Manhattan seco no es una categoría estable —dije, vertiendo whisky de centeno en el vaso mezclador—.

Interpreto reducción de vermut dulce en un treinta por ciento.

El tequila que no sepa a tequila es una contradicción de propósito.

Prepararé una Paloma con predominio de pomelo.

Gin tonic con pepino: ratio uno a tres, porque el solicitante ha pedido “light” con expresión de culpa cardiológica.

—¿Culpa cardiológica?

—La culpa expresada por individuos que recomiendan ejercicio aeróbico y luego consumen bebidas azucaradas de alto coste.

Pedro soltó una risa breve, seca. Me pasó el cuchillo de cítricos antes de que yo lo pidiera.

Su mano cruzó por delante de mi muñeca con una precisión aprendida en bares reales, no en manuales.

El borde de su hombro presionó mi brazo cuando ambos giramos al mismo tiempo hacia la cubitera.

El contacto duró menos de un segundo. Mi cuerpo lo registró con una cantidad de información desproporcionada: temperatura de la tela, resistencia muscular, olor tenue a tabaco frío bajo el jabón del hotel, desplazamiento de aire contra mi cuello.

—Segundo grupo —dijo él—. Old Fashioned, martini sucio, algo con champán para una mujer que ha dicho “surprise me” como si eso no fuese una amenaza terrorista, y agua con limón para el señor verde.

—Stein ha llegado.

—Sí. Y tiene cara de no haber disfrutado nunca de una canción.

—Eso no afecta a la viabilidad genética.

—Afecta a la viabilidad humana.

—Agua con limón para Stein. Necesitamos el vaso.

—Ya lo tengo localizado.

Pedro salió de detrás de la barra con una bandeja vacía, bordeó a dos residentes jóvenes que discutían sobre una válvula mitral como si fuese una pieza de joyería y recogió el vaso de Avery de junto a la maceta con un movimiento que no parecía robo, sino limpieza eficiente.

Nadie lo miró. La gente con privilegio no mira a quien retira sus restos salvo para quejarse de la velocidad.

—Rojo asegurado —murmuró al volver.

Colocó el vaso en la zona ciega bajo la barra.

Yo seguí mezclando. El metal de la coctelera se cubrió de condensación y me enfrió las falanges.

Pedro abrió la bolsa estéril con dos dedos, sin tocar el interior.

Sus uñas estaban limpias, cortas, con una pequeña marca en el pulgar derecho, probablemente producida por un abrebotellas.

Clasifiqué la observación como irrelevante. La observé de nuevo.

—Schneider, izquierda.

Un cardiólogo alto, con mandíbula de publicidad de seguros médicos, había invadido la zona de servicio.

— ¿Podemos dar un poco de prisa? Algunos tenemos que ir a trabajar por la mañana.

El ayudante del hotel bajó la cabeza. Pedro apretó los labios. Detecté un aumento de tensión en su trapecio derecho.

—El tiempo medio actual de espera es de tres minutos y dieciocho segundos —dije en inglés—. Es inferior al intervalo que usted empleó hace siete minutos para explicar a un residente que su beca no lo convertía todavía en persona.

El médico parpadeó.

Pedro dejó de moverse.

—¿Qué ha dicho?

—He dicho que la espera es razonable. También que su observación previa produjo una disminución visible de la autoestima del residente. No he determinado si el daño fue intencional o derivado de un déficit estable de empatía.

El silencio se abrió alrededor de nosotros como un fenómeno químico.

—Sabe quién soy?

—No. Pero ha pedido un martini con vodka, lo cual sugiere que su autoridad no se extiende al vocabulario clásico de coctelería.

Alguien en la segunda fila rió. No fue una carcajada amplia, sino una fuga de aire. Suficiente. La autoridad del cirujano se desplazó medio centímetro. En contextos jerárquicos, medio centímetro puede salvar una operación.

Pedro me pasó una aceituna ensartada.

—Eres consciente de que estás humillando a un hombre con el valor neto de un hospital pequeño —dijo, muy bajo.

—No lo humillo. Corrijo información.

—Claro. La forma más alemana de la violencia.

—Soy suizo-alemán por parte materna.

—Eso no lo mejora.

El cirujano recibió su bebida. Probó un sorbo. Frunció el ceño, pero no encontró un fallo objetivo. Se retiró con una rigidez facial que interpreté como derrota no procesada.

Pedro me miró. No con burla. No exactamente.

La luz cálida de la suite le marcaba el pómulo y convertía sus ojos claros en una superficie difícil de leer.

La medalla de Melqart oscilaba contra su camisa cada vez que respiraba.

Durante 0,7 segundos dejó de parecer un colaborador operativo y se convirtió en el único objeto de la sala con contorno estable.

—Siguiente grupo —dije, porque el lenguaje era una barandilla.

—Tres Negroni, dos French 75, un bourbon sour y un doctor que quiere “lo de siempre” pero no sabe que nadie aquí lo conoce.

—Prepararé un Sazerac. Las personas que dicen “lo de siempre” en lugares desconocidos buscan dominancia, no bebida.

—Eso escríbelo en tu cuestionario, porque vale más que trece páginas de puntualidad.

—La puntualidad sigue siendo un predictor conyugal.

—Sí, profesor. Y ahora agacha el ego, que necesito pasar.

Pedro se deslizó detrás de mí para alcanzar la bandeja de copas vacías.

El espacio entre la barra y la pared era insuficiente para dos varones adultos con hombros funcionales.

Su torso rozó mi espalda. No fue accidental en el sentido legal del término, pero sí inevitable en el sentido geométrico.

La musculatura de mi abdomen se contrajo.

Mi mano siguió vertiendo ginebra con una estabilidad que consideré admirable, dado que el sistema cardiovascular había decidido comportarse como si hubiera iniciado una persecución en campo abierto.

—Estás rígido —dijo Pedro.

—Estoy estable.

—Eso no es lo mismo.

—En ingeniería, puede serlo.

—En personas, no.

Iba a responder, pero él me puso una botella de bourbon en la mano.

El cristal estaba frío y húmedo. Nuestros dedos coincidieron alrededor del cuello de la botella.

La condensación eliminó la fricción; por un instante mi índice quedó entre el suyo y el vidrio.

La piel de Pedro estaba más caliente que el cristal y más fría que mi expectativa, lo cual no tenía valor científico porque no había establecido expectativa previa.

Sin embargo, el dato produjo una descarga ascendente desde la mano hasta el esternón.

El ruido del salón disminuyó. No objetivamente.

Objetivamente continuaban las risas, los hielos, la música ambiental, el inglés proyectado con seguridad económica.

Subjetivamente, el sistema atencional redujo el mundo a tres elementos: botella de bourbon, dedos de Pedro, medalla de Melqart balanceándose a menos de veinte centímetros de mi campo visual.

Pedro tampoco soltó de inmediato.

—Schneider —dijo.

—Sí.

—La botella.

—Correcto.

La solté. La transferencia fue exitosa. Mi regulación interna no.

El ayudante del hotel aprovechó nuestra pausa mínima para intentar preparar un gin fizz. Añadió crema.

—No —dije, quizá con demasiado volumen.

El joven se quedó inmóvil.

—Perdón. La crema convertiría la bebida en otra entidad. No ha cometido una falta moral. Solo taxonómica.

—Taxonómica —repitió Pedro, y la risa le salió más suave.

Le indiqué al ayudante que se ocupara de las aguas minerales, tarea de baja complejidad y alto rendimiento.

La encargada del hotel asomó detrás de una columna, observó la línea de pedidos en movimiento, la barra estabilizada, los asistentes servidos y a Pedro etiquetando discretamente vasos bajo el mármol.

No vio lo último. Su capacidad perceptiva estaba deformada por la crisis logística.

—Vosotros dos nos estáis salvando —dijo.

—Estamos reduciendo daños —respondí.

—Sonríe más —susurró Pedro—. En América eso significa gracias.

—Mi rostro no es parte del servicio.

—Eso se nota.

El doctor Holbrook volvió con una copa vacía. Su risa potente precedía a su cuerpo.

— ¡El genio alemán! Otro cóctel de champán. Y dime, ¿el alcohol es realmente tan malo como creen mis pacientes?

—Peor de lo que piensan sus pacientes y menos peor de lo que declaran sus folletos.

El etanol atraviesa con facilidad la barrera hematoencefálica, altera la neurotransmisión, incrementa el riesgo de arritmias en patrones de consumo agudo y deteriora el juicio social, aunque en su caso no puedo determinar la línea basal previa.

Holbrook abrió la boca. Luego se echó a reír.

— He’s fantastic .

—No soy fantástico. Soy preciso.

—Eso es lo que he dicho.