XXI Espacios reducidos
Este dato era clínicamente relevante.
—Estás reorganizando una bolsa que ya habías organizado en la terminal —dijo por fin.
Su voz sonó más seca de lo habitual. No hostil. Deshidratada.
—La terminal no estaba sometida a aceleración longitudinal inminente.
—Todavía no nos hemos movido.
—Por eso es el momento óptimo para establecer la configuración previa al movimiento.
Pedro giró la cabeza hacia mí. Tenía la piel más pálida que en la Mensa, donde el olor a codillo hervido proporcionaba un marco fisiológico adverso pero terrestre.
En la cabina, bajo la luz blanca del techo y el reflejo artificial de las pantallas individuales, su tez adquiría una tonalidad casi mineral.
La cazadora de cuero reposaba sobre sus muslos, doblada sin método.
La medalla de Melqart quedaba visible sobre la camiseta negra, inmóvil de momento, como si incluso el dios fenicio hubiese entendido que no era conveniente provocar estímulos adicionales antes del despegue.
—¿Tú disfrutas con esto? —preguntó.
—Con la organización del equipaje sí.
—Con volar.
—No lo disfruto ni dejo de disfrutarlo. Es un procedimiento de transporte.
—Claro. Para ti meterte en un tubo con alas y cruzar un océano es lo mismo que subir al tranvía.
—No. La física de ambos sistemas difiere de manera sustancial.
Pedro cerró los ojos.
—No era una invitación a explicar.
—Has usado una analogía incorrecta.
—Era una expresión de miedo, Leon.
Me detuve con el pasaporte en la mano.
La palabra miedo se alojó entre nosotros con una precisión molesta.
No porque fuese novedosa, sino porque Pedro la había pronunciado sin disfrazarla.
Desde la escena del portal de la Hans-Sachs-Straße, existían zonas del lenguaje que habían dejado de comportarse como antes.
Las frases ya no eran solo información. Algunas transportaban carga. Algunas tenían bordes.
—Entendido —dije.
Pedro abrió un ojo.
—¿Eso es todo?
—Estoy recalibrando la respuesta.
—Genial. Avísame cuando salga del horno.
Una azafata avanzó por el pasillo comprobando los compartimentos superiores.
Olía a café recalentado, a plástico nuevo, a queroseno filtrado por sistemas de ventilación y a esa mezcla específica de ansiedad humana que se intensifica cuando varias decenas de personas fingen no estar pendientes de una puerta que acaba de cerrarse.
Los cinturones tintineaban alrededor. Alguien tres filas delante luchaba con una mochila de dimensiones incompatibles con la realidad geométrica del compartimento.
Un niño preguntó si el avión podía caerse.
Su madre respondió “no”, lo cual era pedagógicamente eficiente pero probabilísticamente inexacto.
Pedro flexionó los dedos sobre el reposabrazos central.
El reposabrazos central era un problema.
En términos de propiedad espacial, no pertenecía a ninguno de los dos de forma absoluta.
En términos antropológicos, era un territorio negociable.
En términos prácticos, era una frontera de cinco centímetros sobre la cual Pedro había colocado la mano izquierda con una presión excesiva de las falanges. Sus nudillos estaban blancos.
—La probabilidad de accidente en aviación comercial es extremadamente baja —dije.
—No.
—¿No?
—No empieces con estadísticas.
—Las estadísticas son útiles para reducir ansiedad.
—Mis pulmones no han leído tus estadísticas.
Aquello era cierto.
Los reactores aumentaron de intensidad. El zumbido sordo se transformó en una vibración profunda que subió desde el suelo metálico, atravesó la estructura del asiento y se instaló en mis tibias.
Pedro tensó la mandíbula. Observé una contracción mínima del músculo masetero, seguida de un movimiento involuntario de su hombro derecho hacia mi lado.
La distancia entre nuestras mangas pasó de dos centímetros a cero. Su brazo rozó el mío.
No lo retiré.
No existía espacio suficiente para retirarlo sin inclinarme hacia la ventanilla en un ángulo antinatural. Esta era la explicación biomecánica disponible. Había otras, pero no era prudente abrirlas antes del despegue.
—Respira en cuatro tiempos —dije.
—No me des órdenes de yoga.
—No es yoga. Es control ventilatorio.
—Eso suena peor.
—Inhala durante cuatro segundos. Mantén dos. Exhala durante seis. El alargamiento espiratorio activa el sistema parasimpático.
—Voy a activar tu sistema parasimpático con un puñetazo.
—No recomiendo violencia en una aeronave internacional.
—Entonces cállate.
Me callé.
El silencio duró dieciséis segundos.
Pedro inhaló durante cuatro.
Mantuvo dos.
Exhaló durante seis.
No comenté el resultado. La ausencia de comentario fue una contribución activa al proceso.
El avión comenzó a moverse. Primero con lentitud, una criatura enorme obedeciendo líneas amarillas sobre el asfalto.
Luego se detuvo. Después giró. La pista se abrió al otro lado de mi ventanilla como una franja gris, mojada por una llovizna ligera.
Múnich quedaba detrás de nosotros: la LMU, la Mensa, el portal, el taxi, la cocina donde Anna Müller había dicho cosas que Emma no quiso escuchar, el laboratorio, las muestras negativas, Bastian Becker en el parquet.
Todo quedaba reducido a una cadena de hechos ya sucedidos. No por ello menos activos.
Pedro tragó saliva.
—Odio esto —dijo.
—Lo has mencionado.
—Lo menciono otra vez.
—Registrado.
Los motores rugieron.
El cambio de aceleración fue inmediato. La espalda se me pegó al asiento.
Pedro cerró los dedos sobre el reposabrazos con tanta fuerza que la piel de su mano rozó la mía.
No fue un contacto accidental breve. Fue una colisión de crisis.
Su nudillo presionó contra mi falange proximal.
La temperatura de su piel era baja. La humedad, superior a lo normal.
Su respiración perdió el patrón que acababa de iniciar y entró en una secuencia irregular: dos inhalaciones cortas, una exhalación incompleta, una pausa de alarma.
—La velocidad de rotación se alcanza en segundos —dije en voz baja—. El despegue es la fase de mayor percepción corporal, no necesariamente la de mayor peligro.
—Leon.
—Sí.
—No me expliques el avión.
—Correcto.
El morro se elevó.
Durante un instante, el cuerpo entero pareció quedarse atrás.
La gravedad hizo una reclamación administrativa contra la aeronave y la aeronave la rechazó mediante sustentación.
Las ruedas dejaron de tocar tierra. Pedro apretó los ojos.
Su hombro impactó contra el mío con fuerza suficiente para transmitir tensión a través de la articulación.
El colgante de Melqart osciló sobre su pecho, primero hacia delante, luego hacia su costado, siguiendo una curva pendular que mi cerebro calculó sin autorización.
Yo mantuve la mano donde estaba.
No la abrí. No la cerré. No aproveché el contacto ni lo negué. Lo sostuve como se sostiene una muestra sensible: sin presión innecesaria, sin retirada brusca.
Cuando el avión atravesó la primera capa de nubes, la cabina se llenó de una luz blanca y difusa.
Pedro seguía pálido, pero respiraba mejor.
Su mandíbula había dejado de vibrar. El cinturón metálico brillaba sobre sus caderas.
Su mirada permanecía fija en el respaldo delantero, como si aquella pantalla apagada contuviera una sentencia personal.
—No se lo digas a nadie —murmuró.
—¿Que tienes miedo a volar?
—Que he hecho lo de respirar.
—No tengo previsto informar a terceros.
—Ni ponerlo en una tabla.
—Puedo no ponerlo en una tabla.
Giró la cabeza apenas. Sus ojos claros se clavaron en mí con una mezcla de desconfianza y cansancio.
—Eso te ha dolido.
—Moderadamente.
Por primera vez desde que habíamos subido al avión, la comisura de su boca se movió. No llegó a ser sonrisa. Fue el esquema mínimo de una sonrisa, una línea quebrada que desapareció antes de estabilizarse.
La señal del cinturón permanecía encendida. La aeronave seguía ascendiendo. Mi hombro tocaba el suyo. Mi maletín estaba en orden. Nueva York nos esperaba con tres candidatos finales y una cantidad inaceptable de incertidumbre.
La misión había empezado.
También otra cosa, para la que no había preparado ninguna carpeta.
La altitud de crucero estabilizó temporalmente la cabina en una ficción de normalidad.
Las luces se atenuaron hasta un ámbar funcional, las pantallas individuales comenzaron a emitir mapas del Atlántico con una precisión tranquilizadora y el personal de cabina distribuyó bandejas de comida que olían a pasta recalentada, pan industrial y mantequilla encapsulada en plástico.
El ser humano había logrado cruzar océanos a diez mil metros de altura y, aun así, no había resuelto el problema de servir arroz sin convertirlo en material aislante.
Pedro rechazó la bandeja.
—No voy a ingerir comida diseñada por una corporación alemana para mantener dóciles a doscientas personas dentro de un tubo —dijo.
—La comida no está diseñada para la docilidad. Está diseñada para resistir recalentamiento, vibración, almacenamiento y distribución simultánea.
—Eso es lo que diría alguien dócil.
—He aceptado mi bandeja por razones metabólicas.
—Claro. El sojas de primera clase come su pasta de prisionero porque el manual dice que toca.
—No estamos en primera clase.
—Precisamente. Los sojas de primera clase están delante, con calcetines de compresión y culpa climática premium.
—Los calcetines de compresión reducen el riesgo de trombosis venosa profunda.
Pedro me miró de lado. La palidez seguía instalada bajo sus pómulos, pero el miedo había encontrado una salida verbal. Lo preferí a la inmovilidad anterior. Una persona que insulta todavía está regulando el entorno.
—¿Tú puedes escuchar una frase sin convertirla en una conferencia para ancianos?
—Sí.
—Demuéstralo.
—De acuerdo.
Dejé pasar cuatro segundos.
—El riesgo de trombosis también existe en personas jóvenes.
Pedro cerró los ojos y apoyó la nuca contra el reposacabezas.