EL PLAN M (M DE MARIDO) XI Operaciones encubiertas en la Alta Baviera
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XI Operaciones encubiertas en la Alta Baviera

No por dimensiones objetivas. El vehículo, un convertible negro con pintura pulida y una arrogancia aerodinámica que parecía incompatible con el concepto de estacionamiento público, estaba dentro de las líneas blancas.

Pero la forma en que estaba colocado producía una sensación de expansión territorial.

Como ciertos catedráticos eméritos, no necesitaba invadir técnicamente para comunicar que el espacio le pertenecía.

Pedro estaba apoyado contra la puerta del conductor, con las botas cruzadas, una chaqueta de cuero encima de una sudadera negra y las gafas ligeramente empañadas por la temperatura. Sostenía las llaves entre dos dedos, no como un objeto funcional, sino como una prueba judicial.

—Antes de que empieces —dijo—, sí, lo odio.

—No he preguntado nada.

—Lo ibas a hacer.

—Iba a solicitar información sobre kilometraje, mantenimiento y presión recomendada de los neumáticos.

—Eso es peor que preguntar.

Me agaché junto a la rueda delantera izquierda y desenrosqué el tapón de la válvula.

El asfalto estaba frío. El viento de la mañana bávara se introdujo por la parte inferior de mi chaqueta Gore-Tex azul, que había cerrado hasta el mentón.

La temperatura exterior era de cuatro grados.

Conducción con capota bajada: no recomendable.

Conducción con capota funcional: aceptable.

Conducción en vehículo de Felipe/Nadine: emocionalmente contaminada para Pedro y logísticamente eficiente para la ruta hacia la Alta Baviera.

—¿Estás midiendo la presión? —preguntó Pedro.

—Sí.

—Leon, es un Porsche. No una muestra de saliva con ruedas.

—Precisamente porque es un Porsche conviene verificarlo. Los vehículos de alto rendimiento convierten pequeños errores en grandes consecuencias a velocidades mayores.

—Qué frase más alemana para decir “no quiero morir”.

—No quiero morir.

Pedro soltó una risa breve.

—También valía.

El medidor indicó 2,1 bares. Insuficiente para autopista según las especificaciones que había consultado a las 06:15. Me levanté y señalé la rueda.

—Necesita ajuste.

—Nadine lo revisó.

—¿Cuándo?

—No sé. En algún momento entre su último discurso sobre renacer como mujer auténtica y su último intento de comprar mi silencio con un coche que no le he pedido.

La frase salió sin volumen alto. Eso la hizo más densa.

—El neumático necesita ajuste aunque la motivación emocional del propietario sea compleja —dije.

Pedro me miró durante dos segundos.

—Esa es la frase más tuya que has dicho esta semana.

—Es posible.

—No sé si me tranquiliza o si me dan ganas de prenderle fuego al coche.

—No prendas fuego al coche. Necesitamos movilidad rápida.

—Qué pena.

El motor rugió cuando Pedro lo encendió para acercarlo al compresor portátil que había traído en el maletero.

No era un sonido discreto. Era metálico, grave, diseñado para anunciar combustión, dinero y compensación psicológica.

El olor a cuero caro salió del interior al abrirse la puerta, mezclado con gasolina fría y el aroma residual del tabaco de Pedro, que seguía adherido a su ropa como una firma no autorizada.

—Nadine dice que el bóxer tiene alma —dijo Pedro.

—El motor bóxer tiene cilindros opuestos horizontalmente, no alma.

—Se lo diré. Le va a encantar que le expliques su transición automotriz.

—No existe transición automotriz.

—En mi familia, dale tiempo.

Ajusté la presión de los cuatro neumáticos. Pedro observó con una mezcla de impaciencia y algo que no era burla. Quizá reconocimiento. Quizá el hecho de que alguien tratara un objeto de Nadine sin reverencia ni desprecio le producía una suspensión temporal de defensas.

—No tienes que conducir si te resulta problemático —dije.

—¿Vas a conducir tú?

—Tengo permiso válido.

—No he preguntado si el Estado alemán cree en ti. He preguntado si vas a conducir este misil fálico con asientos calefactables por la A95.

—Puedo aprender el patrón de respuesta del vehículo en los primeros cinco minutos.

—No.

—Entonces conduces tú.

—Conduzco yo.

—Esa era la hipótesis más probable.

—No hagas psicología inversa científica conmigo.

—No era psicología inversa. Era distribución de riesgo.

Pedro abrió la puerta del conductor y se sentó.

Yo rodeé el coche para ocupar el asiento del copiloto.

El cuero estaba frío y cedió demasiado rápido bajo mi peso, como si hubiera sido diseñado para personas que confían en superficies blandas.

Coloqué la carpeta verde oscuro con borde violeta sobre mis rodillas, ajusté el cinturón y verifiqué que las muestras de recolección, guantes, sobres de evidencia y mapas impresos estuvieran en la mochila entre mis pies.

Pedro pulsó un botón.

La capota eléctrica empezó a moverse.

Se detuvo a mitad.

Emitió un sonido mecánico breve, humillante.

Pedro cerró los ojos.

—No.

—Fallo intermitente.

—No.

—Sí. El mecanismo se ha detenido antes de completar el cierre.

—Lo sé, profesor evidente.

—Necesitamos reiniciar el sistema.

Pedro pulsó de nuevo. La capota descendió tres centímetros, volvió a subir uno y se congeló como una idea mal defendida en comité.

—Nadine dijo que a veces hace eso —murmuró Pedro.

—¿No lo mencionaste antes?

—Pensé que era una metáfora.

—La capota no usa metáforas.

—En mi familia, insisto: dale tiempo.

El viento entró en el vehículo sin oposición. Me cerré la chaqueta hasta el máximo y subí el cuello. Pedro me miró de reojo.

—Pareces un investigador polar camino de una cita muy mala.

—No es una cita.

—Es una operación encubierta en un Porsche robado emocionalmente.

—No está robado. Tienes las llaves.

—Las llaves no siempre significan consentimiento limpio.

La precisión de la frase fue inesperada. No respondí de inmediato.

Pedro metió primera con demasiada fuerza.

—Nadine me las dio hace meses —añadió—. “Para cuando quieras sentir que algo también es tuyo.” Eso dijo. Como si meterme doscientos caballos en el bolsillo reparara que durante años no pudo decirme la verdad sin convertirla en un puto recibo.

—No estamos obligados a usarlo después de hoy.

—Lo vamos a usar.

—La contradicción es visible.

—Sí. Hoy me sirve odiarlo. No lo estropees con coherencia.

—De acuerdo.

El coche salió del aparcamiento a las 08:03.

Dos minutos por detrás del plan revisado, dieciocho por delante del umbral crítico.

Al abandonar la LMU, vi por el espejo lateral la fachada del edificio reducirse detrás de nosotros.

Por primera vez desde la interferencia de Emma, la investigación salía del tablero institucional.

El dato produjo alivio y una forma menor de ansiedad.

Los sistemas cerrados son peligrosos. Los abiertos también, pero por razones distintas.

La autopista recibió al Porsche con una facilidad obscena.

El viento helado cortó el rostro en cuanto Pedro aceleró.

La capota seguía bloqueada en una posición parcialmente plegada, inútil como protección y demasiado visible como problema.

Ajusté la bufanda interior de la chaqueta bajo el mentón.

El aire me humedeció los ojos. Pedro conducía con una concentración feroz.

Las manos sobre el volante, mandíbula fija, gafas más firmes que de costumbre.

El Melqart, fuera de la chaqueta por el cinturón de seguridad, vibraba contra su pecho con cada irregularidad de la carretera.

—No mires la medalla —dijo sin apartar la vista.

—Estoy monitorizando vibraciones del habitáculo.

—La medalla forma parte de mi habitáculo.

—Está oscilando a una frecuencia irregular.

—Tú también.

—No estoy oscilando.

—Por dentro sí.

La frase habría exigido refutación si hubiera sido falsa. No la ofrecí.

Saqué el mapa impreso de Alta Baviera y lo sujeté con ambas manos para evitar que el viento lo arrancara.

Nuestra primera parada era una clínica privada cerrada hacía años, cerca de Wolfratshausen, donde el archivo local conservaba registros de rotaciones médicas externas.

Después, si el tiempo lo permitía, seguiríamos hacia un despacho asociado a antiguos alumnos de la TUM.

Bergmann aparecía en dos rutas posibles, una médica y otra deportiva.

El objetivo no era confirmar paternidad, sino obtener líneas de acceso y, si surgía oportunidad, material biológico indirecto.

—Tienes cara de estar calculando tres delitos administrativos y una migraña —dijo Pedro.

—Solo dos delitos administrativos. Y no son delitos. Son irregularidades.

—Qué tranquilizador.

—La migraña todavía no.

—Todavía.

Una ráfaga más fuerte golpeó el lateral. Pedro corrigió con precisión. El coche respondió como si ambos llevaran años negociando. O como si el vehículo reconociera en Pedro una rabia compatible con su diseño.

—Conduces bien —dije.

—No suenes sorprendido.

—No lo estoy. Tu coordinación motora ya estaba demostrada detrás de la barra.

—Qué romántico: me validas como mamífero funcional.

—Los mamíferos no conducen por defecto.

—Tú sí que sabes mantener viva una conversación.

El cartel de salida hacia la ruta secundaria apareció a la derecha. Pedro redujo velocidad. El rugido metálico del motor bajó de intensidad, dejando espacio al viento y a una vibración más contenida.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó.

—No.

Giró la cabeza un instante.

—Esa respuesta no ayuda.

—Es exacta. No estoy seguro del resultado. Estoy seguro de la lógica de la ruta.

Pedro volvió a mirar la carretera.

—¿Y de mí?

La pregunta llegó sin sarcasmo. Eso la hizo peligrosa.

—Eres necesario para la ruta, la identificación contextual, la improvisación social y el acceso al vehículo.

—Leon.

El viento llenó el intervalo.

—Confío en tu capacidad para actuar bajo presión —dije.

No era toda la respuesta.

Pero era verdadera.

Pedro asintió apenas.

—Vale.