IX El huso horario de Pedro
VIII Secuenciación nocturna
La diferencia es relevante. Una operación clandestina ideal requiere acceso autorizado, ausencia de cámaras, control térmico, trazabilidad limpia, cadena de custodia no contaminada y participantes que no hayan trabajado cuatro horas detrás de una barra recogiendo vasos usados de médicos con alta autoestima.
Nuestra operación disponía de acceso semiautorizado mediante mi tarjeta, ausencia parcial de personal, control térmico con tolerancias discutibles, trazabilidad privada, cadena de custodia improvisada y Pedro Montoya comiendo pizza sobre un taburete de laboratorio.
La pizza era la infracción más visible.
No la más grave. Pero sí la más ofensiva para el espacio.
—No puedes introducir alimentos en el laboratorio —dije.
Pedro levantó la porción sin apartar la vista del monitor.
—Ya está introducida. El verbo correcto ahora es “comer”.
—El verbo correcto es “retirar”.
—Schneider, son las cuatro de la mañana. Si retiro la pizza, me apago.
El olor denso de queso fundido, tomate, orégano y grasa caliente flotaba sobre el acero frío de los mesados.
El contraste era casi obsceno. El laboratorio olía habitualmente a desinfectante, plástico estéril, guantes de nitrilo y aire reciclado.
Aquella madrugada olía además a servicio de reparto, tabaco residual en la ropa de Pedro y cansancio humano.
El cansancio no tiene olor específico, pero modifica todos los demás: los vuelve más gruesos, más lentos, menos clasificables.
La iluminación procedía de tres fuentes: la luz azulada de los monitores del secuenciador, una lámpara auxiliar junto al mesado y las lámparas ultravioletas de desinfección, apagadas en la zona de trabajo activa pero visibles al fondo como una amenaza violeta.
Las bombas de vacío emitían un zumbido continuo, hipnótico, casi orgánico.
No me gustaba que las máquinas sonaran orgánicas.
Las máquinas deben sonar como máquinas para no generar falsas expectativas de compasión.
Sobre la mesa había dos cajas isotérmicas, ochenta y cinco recipientes etiquetados, tres colillas, dos servilletas, un palillo de cóctel discutible y la muestra bucal de Pedro, conservada en tubo aparte.
Pedro observó la distribución.
—Parece una morgue para copas.
—No es una morgue. Es una clasificación preliminar de material biológico potencial.
—Morgue para copas, entonces.
—Las copas no están muertas.
—Después de esa fiesta, sí.
No respondí porque estaba introduciendo los primeros códigos en el sistema.
Lindemann. Engel. Weber. Desconocido A. Desconocido B.
Grupo C. Descartables. El teclado emitía un chasquido seco bajo mis dedos.
El sonido era tranquilizador. Cada pulsación convertía el caos del evento en una secuencia legible.
Pedro bajó del taburete y se acercó al mesado.
—Dime qué hago.
—Primero, tira la pizza.
—No.
—Entonces aléjala tres metros del área de procesamiento, lávate las manos durante veinte segundos y ponte guantes.
—Negociador duro.
—No es negociación. Es reducción de daño.
—Eso suena a folleto de club nocturno.
—La reducción de daño existe en múltiples contextos.
Pedro dejó la caja de pizza sobre una mesa secundaria, más lejos de lo que esperaba. Luego fue al lavabo. El agua corrió. Conté mentalmente. A los dieciséis segundos, Pedro cerró el grifo.
—Veinte —dije.
Volvió a abrirlo.
—Eres la voz de mi conciencia bacteriana.
—Las bacterias no poseen conciencia.
—La mía sí, y tiene acento alemán.
Se secó las manos con papel, se puso guantes y regresó.
El nitrilo negro que había encontrado en el almacén del catering había sido sustituido por nitrilo azul del laboratorio.
El cambio reducía contaminación visual. También hacía que sus manos parecieran más extrañas, menos suyas.
Sin anillos, sin nicotina visible, sin la piel pálida de los nudillos. Solo guantes.
—Ahora —dije—, organizarás las muestras del grupo A en orden de prioridad. No abras ningún recipiente. No cambies ninguna etiqueta. No huelas nada.
—¿Quién huele vasos usados a las cuatro de la mañana?
—Personas con mala toma de decisiones.
—Estoy aquí, ¿no?
La frase podía interpretarse como broma o como evaluación personal. Opté por no responder.
Inicié la secuencia de calibración. El secuenciador aceptó el primer protocolo, emitió un pulso bajo y empezó a estabilizar temperatura.
En la pantalla, las barras de progreso avanzaban con lentitud razonable.
Pedro ordenaba los recipientes a mi izquierda, más concentrado de lo habitual.
Cuando se concentraba, dejaba de producir ataques verbales durante intervalos de treinta a noventa segundos.
Era una reducción significativa del ruido.
—Lindemann primero —dijo.
—Lindemann, Engel, Weber, Kraus si confirmamos copa, y después grupo B.
—Kraus no estaba borracho. Mal candidato para dejar ADN.
—La sobriedad no impide secreción salival.
—Gracias por devolverme la esperanza.
A las 4:17, el secuenciador emitió el primer pitido de advertencia.
No era grave todavía. El pitido indicaba desviación térmica en el módulo secundario. Podía deberse a tres causas: sensor mal asentado, ventilación obstruida o fluctuación de alimentación eléctrica. Abrí el panel de diagnóstico.
ERROR 17-B: calibración térmica fuera de rango.
—Eso parece malo —dijo Pedro.
—Es moderadamente malo.
—¿En escala de alemán tranquilo o de persona normal?
—En escala operativa. Si no se corrige, compromete el proceso.
—Entonces malo.
—Moderadamente.
El segundo pitido fue más agudo.
La barra de temperatura subió dos décimas por encima del rango.
—Apaga —dijo Pedro.
—No.
—¿No?
—Si reinicio ahora, perdemos la ventana de procesamiento de las primeras muestras y aumentamos degradación. Necesito estabilizar manualmente el sensor.
—¿Eso se puede hacer?
—Sí.
—¿Eso se debe hacer?
—No necesariamente.
Pedro me miró.
—Ahí está.
—¿Dónde?
—El criminal con bata invisible.
—No llevo bata.
—Por eso invisible.
Tomé el destornillador pequeño del cajón inferior, desconecté la alimentación secundaria del módulo y retiré el panel lateral.
El acero estaba frío bajo mis dedos. Demasiado frío para una máquina que declaraba exceso térmico, lo que confirmaba probable error de lectura.
Las máquinas, como las personas, pueden informar mal de su propio estado interno.
La diferencia es que las máquinas permiten acceso a circuitos sin convertirlo en conversación.
—Necesito luz —dije.
Pedro cogió la lámpara auxiliar.
—¿Así?
—Más cerca.
Se colocó a mi derecha, sosteniendo la lámpara a escasos centímetros de mi rostro.
El haz blanco cayó sobre el interior del módulo y sobre mis manos.
También sobre sus gafas, su mandíbula, la cadena de plata que había quedado fuera de la camisa.
El Melqart brilló con un destello breve en el borde de mi visión.
—No muevas la lámpara.
—No la estoy moviendo.
—Tu respiración modifica el ángulo.
—Puedo morirme, si ayuda.
—No ayudaría. Necesito que sostengas la luz.
—Exigente incluso con mis cadáveres hipotéticos.
Introduje el destornillador y ajusté el sensor.
La postura obligaba a inclinarme sobre el módulo.
Pedro estaba tan cerca que podía percibir la temperatura de su brazo a través de la tela.
No tocaba mi hombro, pero el espacio entre ambos era inferior a lo socialmente recomendado y superior a lo clínicamente necesario.
El laboratorio, con su acero, su luz azul y sus bombas de vacío, parecía diseñado para eliminar toda ambigüedad humana. Fracasaba.
—¿Estás seguro de lo que haces? —preguntó.
—Sí.
—¿Seguro seguro o seguro porque si dudas se te cae el universo?
—Ambas cosas pueden coincidir.
Pedro no respondió de inmediato.
—Vale —dijo, más bajo—. Entonces no respiro fuerte.
La luz se estabilizó.
Ajusté el sensor medio milímetro. El valor térmico descendió una décima. Otra. Volvió al rango.
—Funciona —dijo Pedro.
—Todavía no. Necesita mantenerse.
—Funciona, Leon.
Usó mi nombre con una tranquilidad impropia de las 4:22 de la madrugada. No Schneider. No profesor. Leon. El destornillador resbaló una fracción de milímetro, sin consecuencias.
—No hables durante ajustes de precisión —dije.
—Eso significa que sí te distraigo.
—Significa que el habla introduce estímulos.
—Mi habla.
—En este caso, sí.
Lo oí sonreír, aunque no lo miré. Es posible oír algunas sonrisas por cambios en la respiración. No era una afirmación romántica. Era acústica.
El secuenciador emitió un pulso estable. ERROR 17-B desapareció de la pantalla.
Cerré el panel y retiré las manos. Pedro mantuvo la lámpara encendida un segundo más.
—Ya puedes apartarla —dije.
—Lo sé.
Pero no lo hizo inmediatamente. La luz seguía iluminando mi cara desde un ángulo demasiado directo.
Pedro me observaba con una concentración que no correspondía a los circuitos.
Su rostro, en la penumbra azul del laboratorio, había perdido parte de la armadura visual de cuero, sarcasmo y tabaco.
No completamente. Pedro sin coraza completa quizá no existía o no era seguro todavía.
Pero había menos filo. Más palidez real. Más cansancio. Más veintiocho años.
—Tienes grasa de pizza en el guante —dije.
Pedro bajó la vista.
—No tengo.
—Era una prueba.
—¿Para qué?
—Para terminar la observación.
La lámpara se apartó.
—Cobarde —dijo.
—Preventivo.
Volví al terminal y reinicié la secuencia. El frío del mesado atravesaba la manga de mi camisa. Los monitores recuperaron ritmo. Las bombas siguieron zumbando. El laboratorio volvió a ser un sistema.
Casi.
Pedro dejó la lámpara en su soporte y se apoyó contra el mueble metálico.
—Has roto una norma de la universidad.
—He ajustado un sensor.
—De madrugada. Con muestras robadas. Y pizza en zona de riesgo.
—La pizza es tu infracción.
—Pero no me has echado.
La frase era exacta.