VIII Secuenciación nocturna #5
—¿Llamada madre? Esto promete.
—No promete nada. Es una llamada recurrente.
—¿Quieres que me vaya?
—No es necesario.
—¿Seguro?
No lo era. Pero decir que no estaba seguro abriría un proceso de decisión social innecesario.
Además, Pedro ya conocía datos sensibles.
Había visto mi laboratorio de madrugada, mi calendario alterado y mi incapacidad para corregir una frase ambigua sin convertirla en tabla mental.
Una llamada materna no aumentaría exponencialmente el riesgo.
Acepté.
—Hola, madre.
Pedro cerró los ojos con una mueca de dolor cómico.
—Leon —dijo mi madre—. ¿Estás en casa?
—Sí.
—¿Solo?
La pregunta llegó en el minuto cero. No siguió el orden habitual. Eso indicaba que mi madre había empezado la llamada con una hipótesis.
—No.
Pedro abrió los ojos.
Hubo silencio al otro lado de la línea.
—¿Tienes visita?
—Sí.
—¿Una visita de trabajo?
Miré a Pedro. Él sostuvo mi mirada con una expresión que decía: cuidado, profesor, el comité de evaluación filial está reunido.
—Parcialmente.
—¿Cómo parcialmente?
—Estamos revisando gráficas de exclusión genética y reorganizando mi matriz semanal.
Pedro se llevó una mano a la boca para contener la risa. No lo consiguió por completo. El sonido salió breve, ronco, desarmante. Mi madre lo oyó.
—¿Hay alguien riéndose?
—Sí.
—¿Quién?
—Pedro Montoya.
Pedro levantó una mano, como si mi madre pudiera verlo, y susurró:
—Encantado, Frau Schneider.
—Dice encantado —informé.
—¿Es alumno tuyo?
—No.
—¿Colega?
—Estudiante de doctorado en Psicología. Bartender. Colaborador privado en una investigación de filiación.
Silencio.
Después, mi madre dijo:
—Leon, a veces haces que responder preguntas sencillas sea muy difícil.
Esa frase había sido utilizada muchas veces en mi infancia, con variaciones.
“No puedes contestar normal”, “no empieces con detalles”, “tu hermana sí sabe lo que quiero decir”.
No siempre en ese orden. El cuerpo conserva algunas frases como conserva cicatrices: sin sangrar, pero con registro de presión cuando cambia el tiempo.
Pedro dejó de reír.
—La pregunta no era sencilla —dije—. Incluía una clasificación relacional.
—Solo quería saber si estabas con alguien.
—Sí.
—¿Con alguien especial?
La palabra especial no era operativa. Podía significar importante, romántico, inusual, cercano, socialmente presentable o simplemente ajeno a la categoría “compañero de trabajo”.
Responder exigía determinar intención materna, expectativa social y grado de exposición de Pedro, todo sin consulta previa.
—Está en mi apartamento —dije.
Pedro bajó la mirada.
—Eso ya es más de lo que suele ocurrir —respondió mi madre.
No formulé objeción. Era factual.
—¿Vas a venir el mes que viene? Tu padre preguntó si finalmente tienes fecha. No podemos reorganizar la comida otra vez por tus horarios. Todos tenemos horarios, Leon.
La lluvia aumentó contra los cristales. En el monitor, el bloque “Huso horario de Pedro” seguía abierto, sin color. El cursor parpadeaba como un pequeño órgano ansioso.
—No he confirmado disponibilidad —dije.
—Nunca confirmas nada hasta que es incómodo para todos.
Pedro levantó la vista.
No había burla en su cara.
—Necesito verificar mis bloques docentes, investigación y una investigación privada en curso.
—Siempre necesitas verificar. A veces uno hace las cosas porque la familia lo espera.
Familia. Espera. Cosas.
Tres palabras de baja precisión y alta carga.
—Puedo revisar y responder el miércoles a las 18:00 —dije.
—No todo puede programarse.
—Sí puede programarse. Lo que no siempre puede programarse es el cumplimiento de expectativas no explicitadas.
El silencio posterior fue más largo. Pedro estaba completamente quieto.
—Hablas igual que cuando eras pequeño —dijo mi madre al fin—. Como si todos los demás estuviéramos haciendo mal las preguntas.
No recordé a Nicole. No exactamente. Recordé una mesa, un plato con zanahorias, una voz diciendo “déjalo, mamá, él no lo hace por fastidiar”. El recuerdo apareció incompleto, sin rostro estable. Solo la frase. Solo el gesto de alguien apartando tensión como se aparta un vaso del borde.
—Responderé el miércoles —dije.
—Hazlo, por favor. Y saluda a tu visita.
—Mi madre te saluda —dije a Pedro.
Pedro no sonrió.
—Salúdela de mi parte.
—Pedro la saluda de tu parte.
—De mi parte no, Leon —murmuró—. De su parte.
—Corrección: Pedro te saluda de su parte.
Mi madre suspiró.
—Buenas tardes, Leon.
—Buenas tardes.
Colgué a los 8 minutos y 12 segundos. Duración inferior a la media. Intensidad superior.
Durante cuatro segundos, el apartamento quedó ocupado por la lluvia, el teclado silencioso y la taza de café de Pedro.
Después, Pedro soltó una risa baja.
No era burla. Era reconocimiento.
—Joder, Schneider.
—La llamada ha sido eficiente.
—Ha sido una autopsia con agenda.
—No había cadáver.
—Había un niño de dieciséis años atrapado en el cuerpo de un biólogo simétrico intentando explicarle a su madre qué es un amigo sin usar la palabra amigo.
—Tengo treinta y cinco años.
—La parte simétrica sigue en pie.
Volví al teclado.
—Debo asignar color al Huso horario de Pedro.
—¿Vas a ignorar lo que acabo de decir?
—Estoy procesándolo.
—Eso sí te lo creo.
Miré la paleta. Azul estaba asociado al Plan M.
Verde oscuro al Proyecto Padre. Rojo a riesgos institucionales.
Amarillo a datos incompletos. Naranja a incompatibilidades.
No existía color para una franja que no era investigación, ni ocio, ni emergencia, ni relación formal, ni amistad convencional, ni obligación.
Una franja que empezaba en el Café NiL y terminaba, a veces, en laboratorios, mapas, coches con olor a tabaco, tazas mal colocadas y reglas modificadas.
Elegí violeta.
Pedro se inclinó hacia el monitor.
—¿Violeta?
—Alta prioridad no académica con implicación operativa.
—Eso suena a tumba de poeta burocrático.
—Es provisional.
—Claro.
Pero sonrió. Y yo, por primera vez, no corregí la taza que seguía desviada sobre el posavasos.
Pedro se levantó del sillón sin pedir permiso y se acercó al terminal.
No caminaba de forma neutra. Pedro nunca caminaba de forma neutra.
Sus botas transmitían una objeción al suelo, como si cada paso negociara con la superficie y le concediera una tregua temporal.
La lluvia seguía golpeando los cristales del salón.
El sonido, combinado con el chasquido del teclado, producía una estructura binaria aceptable: agua fuera, datos dentro.
—Enséñame eso —dijo.
—¿El Huso horario de Pedro?
—No digas eso como si estuvieras presentando una zona franca.
—No es una zona franca. Es una franja recurrente de disponibilidad adaptativa.
—Mucho peor.
Se inclinó sobre el respaldo del sillón y señaló la pantalla.
Su dedo quedó a cuatro centímetros del bloque violeta.
No tocó el monitor, lo cual representaba una mejora significativa respecto a su tendencia inicial a ocupar superficies.
La camisa negra bajo la chaqueta de cuero estaba arrugada por la lluvia y el trayecto.
El cuero húmedo desprendía un olor más denso que el cuero seco; tabaco de liar, lluvia urbana, metal frío y una nota de café que probablemente procedía de su taza mal colocada.
—Ahí —dijo—. Has movido karate.
—Sesenta minutos.
—Has movido karate por mí.
—Por el Proyecto Padre.
—Y por mí.
—Tú eres parte necesaria del Proyecto Padre.
—Qué forma tan alemana de coquetear con una orden judicial.
—No estoy coqueteando.
Pedro bajó la mirada hacia mí. Estaba demasiado cerca para que yo pudiera mirar la pantalla sin verlo en el campo periférico.
El colgante de Melqart, liberado parcialmente por el ángulo de su postura, osciló sobre mi manga izquierda.
La medalla rozó apenas la tela de mi chaqueta Gore-Tex, que había colocado sobre el brazo del sillón después de impermeabilizarla.
El contacto produjo un sonido mínimo, metal contra polímero, y mi atención se fijó en él con una intensidad desproporcionada.
Anomalía de asignación de atención: objeto metálico asociado a Pedro interfiere con tarea informática.
—Lo estás mirando otra vez —dijo.
—El colgante ha tocado la chaqueta.
—Puedo pedirle disculpas de tu parte.
—No es necesario. La chaqueta no posee sistema nervioso.
—Tú a veces tampoco.
—Incorrecto.
Pedro sonrió. No era una sonrisa completa, pero tampoco un ataque.
Se sentó en el brazo del sillón, a mi derecha, invadiendo una zona que no estaba diseñada para carga humana.
El brazo del sillón soportaba su peso con una deformación leve.
La distancia entre su rodilla y mi antebrazo era inferior a diez centímetros.
La medalla volvió a oscilar, esta vez sobre el borde del teclado.
—Te vas a cargar el eje del sillón —dije.
—El eje del sillón sobrevivirá a mi masculinidad tóxica.
—Tu peso no se relaciona con masculinidad.
—Díselo a Emma. Ella sabría convertir sentarme aquí en violencia estructural contra el mobiliario.
—Emma no está aquí.
—Gracias a Dios.
—La expresión sigue siendo—
—Leon.
Me detuve.
—Sí.
—Déjala morir.
La frase era absurda y, sin embargo, funcional. No corregí la referencia religiosa. Pedro lo notó. Eso produjo en él una satisfacción breve, visible en la comisura de la boca.
—Estás aprendiendo —dijo.
—Estoy priorizando.
—También.
Se inclinó más para señalar el mapa de clínicas abierto en una segunda ventana.
La proximidad trajo con ella olor a tabaco de liar, cuero húmedo y el rastro de champú barato que la lluvia había reactivado en su cabello.
El olor no era agradable en el sentido convencional.
Tampoco desagradable. Era identificable.
Eso lo volvía peligroso para la memoria.
—Mira —dijo—. Si Lindemann no es, y Engel no es, y Weber era solo un imbécil con saliva útil pero inútil, estamos mirando mal la zona.
—No necesariamente. Puede que la muestra poblacional siga siendo incompleta.