Capítulo 37
C harlie Paxman se sentía vivo. Los acontecimientos de los últimos treinta minutos le habían parecido un renacimiento de su alma. Durante demasiado tiempo había estado deprimido, deambulando cabizbajo, resentido con todo y con todos a su alrededor. Sin hacer nada al respecto.
Pero ahora, por fin, estaba haciendo algo.
Por dentro, se reía. Había sido tan fácil.
Aquella gente no merecía morir; estaba seguro de que eran seres humanos inocentes.
Pero había sido necesario. Se interponían en su camino y él necesitaba dar un golpe de efecto.
Necesitaba que todos los demás supieran que no debían joder con él, que iba en serio con lo de llevar su misión hasta el final.
Que estaba deseando masacrar a quienes lo habían perjudicado.
«Siempre y cuando nadie más se interponga».
Charlie se aclaró la garganta. Era su turno de contarles una historia a todos aquellos hombres, mujeres y niños aterrorizados. Y la iba a contar con la mayor sinceridad posible.
—Escuchad —empezó—, hay algunas cosas que todos debéis entender.
En una vida anterior fui científico. De hecho, he sido científico toda mi vida, dedicado a la investigación de la genética humana.
Hace poco formé parte de un equipo que trabajaba en la prevención de enfermedades no transmisibles.
Y veréis, lo que aprendí fue que la población de esta tierra padece un fallo fundamental.
—Charlie dudó para lograr el máximo efecto—.
Somos demasiados. Es así de sencillo. Este planeta no puede funcionar con tantos individuos esquilmando sus recursos a un ritmo cada vez más alarmante.
—La especie humana está al borde de la destrucción.
Y no es por culpa de nadie más que de sí misma.
Si no hacemos nada al respecto, todos sufriremos las consecuencias.
Eso es lo que pretendía combatir en la Organización Mundial de la Salud.
Sí, exacto. Algunas de estas personas que tenéis delante son antiguos colegas míos.
—Charlie señaló con la pistola a Benjamin, Marianne y a todos los demás de la OMS—.
Y algunos de ellos han fingido no conocerme desde que mi viejo amigo, Benjamin Weiss, y la mujer a la que consideraba la madre que debería haber tenido, Marianne, me obligaron a dejar la organización hace nueve meses.
—Me vieron como una amenaza para sus carreras y para la organización. No les gustaba lo que estaba haciendo, así que me echaron. Solo fui un chivo expiatorio para que ellos quedaran bien. Y nunca los perdonaré. —Charlie hizo una pausa. Tenía la garganta seca. Necesitaba beber algo.
Charlie se dio la vuelta, fue tras la barra y se sirvió un poco de agua del grifo. El agua le supo de maravilla; tanto que se bebió tres vasos seguidos. Matar gente era un trabajo que daba mucha sed.
—¿Podemos beber nosotros también? —dijo una voz entre la multitud de rehenes angustiados, pillándolo por sorpresa. No esperaba que alguien se dirigiera a él tan pronto.
Charlie estiró el cuello buscando a la persona que había hablado. La mujer morena. La que estaba sentada junto a la mujer de Jake. En medio de la multitud. Ella era la que había hablado sin permiso.
—¿Perdona? —preguntó Charlie, dejando el vaso sobre la barra.
La mujer se reacomodó sobre las rodillas.
—No lo pido por mí. Lo pido por ella. —La morena señaló a la rubia, la esposa—. Está embarazada. Necesita mantenerse hidratada y alejarse de todo el estrés posible.
Embarazada. La palabra hizo que saltaran todas las alarmas en su cabeza.
—¿Por qué? —preguntó él.
El rostro de la morena mostró desconcierto. —¿Cómo que por qué? ¿Por qué necesita agua? Se lo acabo de decir. Está embarazada.
Charlie sacudió la cabeza. —No. ¿Por qué está embarazada?
—¿Qué? —preguntó la esposa.
—¿Por qué está usted embarazada? ¿Es que no tiene suficientes hijos?
¿No ha sometido ya a este país a bastante presión con sus dos vástagos?
—dijo Charlie. Sentía que la excitación crecía en su interior.
No había nada más pertinente para su causa que una mujer embarazada, y esta resultaba ser la pareja del hombre que lo había atacado.
Poco a poco, se acercó a las dos mujeres.
Dirigiéndose de nuevo a la mujer embarazada, le preguntó: —¿Cómo se llama?
—Melissa —dijo la mujer rápidamente. Demasiado rápido. Como si lo hubiera ensayado.
—No me mienta.
—No lo hago.
Girándose hacia la morena, dijo: —¿Cómo se llama tú?
—Ka... quiero decir, Jenna.
«Típico», pensó Charlie. Una de ellas sabe lo que hace, mientras que la otra no tiene ni idea.
—Os lo preguntaré a las dos otra vez: ¿cómo os llamáis?
La pregunta de Charlie fue recibida con silencio. Poniendo los ojos en blanco, les apuntó con el rifle y dijo: —Enseñadme alguna identificación.
Las dos mujeres se miraron. Ninguna respondió. Perdiendo la paciencia por momentos, Charlie agarró a una de las niñas que estaba al lado de la mujer embarazada, repelió sus manotazos y apuntó con el arma a la cabeza de la pequeña mientras retrocedía a una distancia segura.
—He dicho que me enseñéis vuestra identificación.
Las dos mujeres rebuscaron en sus bolsos y le lanzaron los permisos de conducir. Charlie los recogió y leyó los nombres.
Karen Jenna Tough. «Ya veremos cómo de tough, de dura, es en realidad».
Elizabeth Jane Tanner. Tanner. Tanner. ¿De qué le sonaba ese nombre?
Y entonces cayó en la cuenta. Jake Tanner. El héroe improbable que salvó a miles de pasajeros durante el atentado terrorista del verano. El que salía en televisión casi todos los días después de aquello. El que se había mostrado modesto, reservado, tímido. «Igual que yo».
Charlie recordó algo que había leído en uno de los artículos de prensa en internet poco después del atentado. Cómo Jake Tanner amaba a su familia más que a nada en el mundo, especialmente a sus dos hijas. Maisie. Y Ellie.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Charlie.
—Elizabeth —comenzó—. Me pregunto qué tal le irá a su marido. ¿Cómo cree que se sentiría si descubriera que tengo a una de sus preciosas hijas bajo mi control? ¿A cuál tengo aquí: a Ellie o a Maisie? Seguro que le encantaría oírlas gritar su nombre.