CAPÍTULO 16 FUERA DEL SISTEMA #4
La hacienda Harizmendi, situada en una vaguada solitaria a dos kilómetros del casco histórico de Donibane Garazi, se recortaba contra el hayedo oscuro como una fortaleza inexpugnable.
El perímetro de la propiedad estaba rodeado por un muro de mampostería de casi tres metros de altura, rematado por concertinas de alambre acerado y salpicado de postes con focos halógenos y cámaras de visión nocturna de circuito cerrado que barrían los accesos de la calzada asfaltada.
Ainara y Mathieu avanzaban agazapados entre la vegetación empapada del hayedo comunal que lindaba con la parte trasera de la finca, guiándose por el croquis trazado en la libreta del abuelo Peio.
El terreno era un lodazal negro donde las ramas bajas de los acebos y las zarzas desgarraban la tela impermeable de sus pantalones oscuros, pero la pendiente escarpada y el ruido ensordecedor del agua golpeando las copas de los árboles ofrecían una cobertura acústica inmejorable.
Ainara llevaba la capucha de su impermeable verde bien ceñida al rostro.
Su respiración era corta y rítmica; sus botas de montaña se clavaban en la tierra blanda buscando apoyo en las raíces descubiertas.
A su lado, Mathieu se detuvo junto al tocón de un roble derribado por un rayo y señaló con la mano enguantada un punto ciego en la iluminación perimetral:
—El viejo canal de desagüe del lavadero pasa por debajo del muro de sillería a veinte metros de aquí —susurró Mathieu al oído de Ainara, con la boca pegada a su capucha para no alzar la voz—.
La reja de hierro está podrida por la humedad; el abuelo Peio la utilizaba para pasar cajetillas de tabaco cuando los carabineros vigilaban el camino real.
Se deslizaron por la hondonada hasta alcanzar la base del muro de piedra.
Mathieu introdujo una palanqueta corta de acero templado entre los barrotes oxidados del canal y ejerció una presión sorda, apoyando todo el peso de su torso.
El hierro cedió con un crujido apagado que se perdió bajo el trueno lejano de la tormenta.
Uno tras otro, reptaron por el conducto de piedra, arrastrándose sobre un lecho de grava y agua helada hasta emerger en el jardín trasero de la hacienda, ocultos tras una hilera de tejos ornamentales que flanqueaban el pabellón de servicio.
El edificio principal era una casona señorial vasco-francesa de tres plantas con vigas vistas y balconadas corridas. En la planta baja, una ventana abatible de la sala técnica de calderas permanecía entreabierta para facilitar la ventilación de los tubos de escape de los generadores auxiliares.
Mathieu empujó la hoja de madera, comprobó que no había sensores magnéticos de alarma en el marco y saltó ágilmente al interior sobre el suelo de hormigón encerado. Se giró de inmediato para tender la mano a Ainara y ayudarla a cruzar el antepecho.
El sótano de la hacienda respiraba el calor seco y artificial de los grandes centros de procesamiento de datos: un zumbido monótono de ventiladores de alta velocidad saturaba el ambiente, acompañado por el parpadeo verde y azul de una docena de módulos LED montados en dos armarios rack de servidores de media altura APC Netshelter .
En una mesa de trabajo contigua, sobre una superficie metálica aséptica, descansaba una estación de telecomunicaciones satelitales blindada conectada a dos terminales portátiles Panasonic Toughbook de grado militar.
Las pantallas mostraban diagramas de flujo de divisas en tiempo real, consolas de comandos Unix y ventanas de correo electrónico corporativo con encabezados cifrados mediante claves PGP de cuatro mil noventa y seis bits.
Mathieu extrajo de su chaleco interior un disco duro externo de extracción forense certificado por la OLAF, equipado con un bloqueador de escritura por hardware para evitar la contaminación de metadatos, y conectó el cable USB 3.0 al puerto auxiliar de la estación central:
—El sistema está en modo de espera operativa; no han activado el protocolo de bloqueo por inactividad —susurró Mathieu con los ojos brillantes de adrenalina mientras sus dedos tecleaban una secuencia de captura de memoria volátil—.
Estoy volcando la memoria RAM y las particiones de registro de las últimas setenta y dos horas.
Ainara se apostó junto a la puerta que comunicaba con la escalera de servicio, empuñando una pequeña linterna táctica con filtro rojo y prestando atención a cualquier crujido en la planta superior.
En el piso de arriba se escuchaban pasos pesados sobre el entarimado de roble y el sonido amortiguado de una conversación telefónica en ruso y francés: la voz de Sylvain Deschamps impartiendo instrucciones de transferencia bancaria urgente.
—Mathieu, mira esto... —susurró de pronto el inspector, indicando la pantalla del terminal con un dedo enguantado.
Ainara se inclinó sobre su hombro. En la bandeja de salida de un cliente de correo electrónico institucional de alta seguridad figuraba un paquete de veintidós memorandos clasificados enviados durante las últimas veinticuatro horas hacia una dirección gubernamental con dominio restringido: bundeskanzleramt.de y bnd.bund.de .
El destinatario no era un operador financiero offshore ni un testaferro bancario de Limassol o Dubái.
Era el buzón personal de Patricia Hagen , Jefa de la División de Geoeconomía y Seguridad Financiera del Bundesnachrichtendienst (el servicio federal de inteligencia exterior de Alemania), adscrita temporalmente como alta asesora de enlace ante la Dirección General de Competencia (DG COMP) de la Comisión Europea en Bruselas.
El contenido del último mensaje adjunto desnudaba la arquitectura completa de la conspiración transfronteriza:
«Estimada Comisaria Hagen: Adjunto el testimonio de auditoría manipulado del modelo 200 de Bizkaia y el informe pericial del bufete Arostegui que demuestra la supuesta incompatibilidad del Concierto Económico vasco con los artículos 107 y 108 del TFUE.
La denuncia está lista para su firma oficial.
Si la DG COMP incoa el expediente sancionador mañana a las 12:00 horas, la fiscalía de Bilbao quedará paralizada y el Gobierno español se verá forzado a negociar la armonización fiscal foral bajo supervisión de Berlín.
Quedo a la espera de la confirmación de la transferencia de cobertura fiduciaria en el banco Pictet de Ginebra. S.D.»
Ainara sintió una sacudida helada en la nuca.
La conspiración no era solo un fraude fiscal ideado por un abogado corrupto de Bilbao para enriquecerse con comisiones; era una operación de inteligencia geopolítica a gran escala diseñada para utilizar la codicia de Arostegui y el asesinato de Barandiarán como detonante para demoler la singularidad del Concierto Económico vasco desde el corazón de las instituciones comunitarias.
—Patricia Hagen... —murmuró Mathieu con los dientes apretados por la furia—.
Fue ella quien ordenó frenar mi expediente sobre Viktor Sorokin en Bruselas hace dos años, alegando razones de Estado relacionadas con el suministro de gas licuado en el Báltico.
Utiliza los fondos negros de Sorokin para sus operaciones encubiertas y ahora pretendía liquidar el autogobierno foral vasco para imponer el modelo de centralismo tributario alemán en toda la Unión Europea.