El peso de los que duermen Capítulo 3
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Capítulo 3

El niño en la cuna

La noche siguiente no quiso acostarse.

Estuvo en el living hasta la una. Leyó un artículo sobre trastornos del ritmo circadiano.

No retuvo una sola línea. Miró televisión con el volumen bajo: un documental de pingüinos.

Los pingüinos dormían de a poco, turnándose para vigilar a las crías.

Simón sintió una punzada en el pecho que no quiso analizar.

Teseo ronroneaba a su lado.

A la una y cuarto se rindió. Se cepilló los dientes. Apagó todas las luces. Se metió en la cama y cerró los ojos con la disciplina de quien ha aprendido a fingir calma.

No funcionó.

El sueño llegó igual.

Ahora la habitación era más grande.

O más pequeña. Era difícil decirlo. Las paredes blancas parecían respirar, ensancharse y contraerse al ritmo de algo que no era su corazón.

La cuna seguía en el centro.

Seguía meciéndose.

Pero esta vez, Simón podía moverse.

No sabía cómo lo sabía. Simplemente dio un paso, y el suelo lo aceptó. Otro paso. Otro. El círculo invisible se había roto.

La cuna estaba a tres metros.

Se acercó.

El mimbre crujió. No como madera vieja. Como huesos.

Se asomó.

No estaba vacía.

Había un niño.

Piel pálida. Ojos cerrados. Labios finos como una herida reciente. No

respiraba. O respiraba tan lento que parecía no hacerlo. Tenía un pijamaazul con dibujos de cohetes espaciales. Descolorido. Viejo. De cuando los cohetes tenían la forma de los años ochenta.

Simón quiso retroceder. No pudo. Sus pies estaban pegados al suelo.

El niño abrió los ojos.

Negros. Sin pupilas. Dos pozos.

—Tú me pusiste aquí —dijo.

La voz no salió de su boca. Salió de la cuna. De las paredes. Del blanco.

—Tú me pusiste aquí. Ahora ven a buscarme.

Simón quiso gritar que no. Que él no conocía a ese niño. Que nunca había visto ese pijama. Esa cuna. Esa habitación.

Pero   cuando   abrió   la  boca,  lo que  salió  fu e un  llanto  seco,  viejo, guardado durante treinta años en algún lugar de su cuerpo que él creía vacío.

El niño sonrió.

No era una sonrisa de niño.

—Te acordarás, Simón. Te va a doler acordarte. Pero te acordarás.

Despertó gritando .

No un grito fuerte. Un grito ahogado, como si alguien le hubiera puesto  una  mano en  la boca antes de que el sonido terminara

de nacer. Su mano. La suya propia.

Estaba sentado en la cama. Teseo, desde el armario empotrado en la pared, lo miraba con los ojos redondos.

No se movía. No ronroneaba. Solo miraba.

Las 4:03 a.m.

Simón se levantó. Fue al baño. Se miró al espejo. Tenía una mancha roja en la camiseta, cerca del hombro. Se la subió. No era sangre. Era un moretón. Forma de dedos. Cinco marcas violáceas en la piel. Como si alguien lo hubiera sujetado con fuerza.

—No fue un sueño —dijo. Su voz sonó ronca. Rota.

Bajó la vista. Sus pies estaban sucios. Negros de tierra. Como si hubiera caminado descalzo por un sótano.

No recordaba haber salido de la cama.

Teseo maulló desde el armario. Un maullido grave. El mismo de la noche anterior.

Simón cerró los ojos. Apoyó las manos en el lavatorio. Cuando volvió a abrirlos, el moretón seguía ahí. Los pies sucios seguían ahí.

Necesitaba hablar con alguien. No con cualquier alguien. Con Irene.

Agarró el teléfono. Eran las 4:17 a.m. Dudó. Irene tenía ochenta años. Dormía mal, sí, pero llamarla a esa hora era una falta de respeto. O una señal de que algo andaba muy mal.

Llamó.

El teléfono sonó tres veces. Cuatro. Cinco.

—¿Simón? —la voz de Irene sonó ronca, despierta a la fuerza,

con ese filo que tienen los viejos cuando los sacan del sueño—. ¿Sabés qué hora es? ¿Estás internado? ¿Se murió alguien?

—No —dijo Simón. Su voz temblaba más de lo que quería—. Necesito... necesito contarte algo.

Irene suspiró. Al fondo se escuchó el ruido de un encendedor. Estaba prendiendo un cigarrillo. Mala señal. Solo fumaba cuando estaba nerviosa o cuando no quería escuchar lo que le iban a decir.

—Habla —dijo Irene—. Pero que sea rápido y que sea importante. A esta hora no tengo paciencia para tus dudas existenciales.

Simón respiró hondo. Contó el sueño. La cuna. El niño. Las palabras: Tú me pusiste aquí. El moretón. Los pies sucios. No omitió nada.

Silencio del otro lado. Largo. Irene exhaló el humo. Simón imaginó la columna gris flotando en la cocina de Córdoba.

—¿Seguís ahí? —preguntó Simón.

—Sigo —dijo Irene. Ya no sonaba cansada. Sonaba seria. Una

seriedad nueva, que Simón no le conocía—. Los moretones son reales, decís.

—Sí. Los tengo ahora mismo.

—¿Y los pies?

—Sucios. Como tierra de sótano. O de cueva.

Otro silencio. Más largo.

—No me gusta esto —dijo Irene, finalmente—. No me gusta nada.

—Creí que era sugestión.

—Eso fue antes. Esto es otra cosa. ¿Dónde creciste vos, Simón?

—Santa Clara. Un pueblo en el sur de la provincia.

—¿Pasó algo ahí? ¿Cuando eras chico? ¿Algo que no le hayas contado a nadie?

Simón quiso responder que no. Que en Santa Clara nunca pasó

nada. Que su infancia fue normal. Abuela, escuela, bicicleta, amigos. Un pueblo chico. Un pueblo tranquilo.

Pero cuando abrió la boca, lo único que salió fue:

—No me acuerdo.

Y supo, mientras lo decía, que era mentira.