El peso de la tierra Capítulo 67 La caja de los jueves #3
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Capítulo 67 La caja de los jueves #3

El pueblo, por supuesto, empezó a hablar de los jueves.

No con escándalo grande, porque Anselmo y Constanza eran demasiado viejos para alimentar fantasías cómodas y demasiado respetados para que el chisme se desnudara en público.

Pero había murmullos: la viuda de Rodrigo visitando a Brandt, el viejo Brandt esperando a la viuda, cartas antiguas, Ilse, cosas de familia.

Teresa escuchó una insinuación en el almacén y respondió que a cierta edad tomar té con un hombre era menos peligroso que escuchar a mujeres aburridas inventando juventud ajena.

La frase circuló con eficacia. Aun así, Constanza supo del rumor.

—¿Le molesta? —preguntó Clara.

—Me irrita. No es lo mismo.

—Puedo…

—No puedes nada. Y si puedes, no debes. No voy a entregar mis jueves al pueblo para que el pueblo se sienta árbitro de una taza.

Anselmo recibió la noticia con más incomodidad que ella. Temía, aunque no lo dijera completo, que su presencia dañara la memoria de Rodrigo o diera a Ilse un uso impropio. Constanza lo obligó a mirarla durante una tarde entera de lluvia.

—Rodrigo ya fue leído con más justicia que la mayoría de los hombres —dijo—.

No necesita que yo me encierre para probarle fidelidad.

Ilse fue guardada demasiado tiempo en cajas de hombres.

No necesita que usted renuncie a conversar conmigo para demostrarle pureza.

Y yo no sobreviví a dos terremotos, a una casa vacía, a una viudez y a Clara para pedir permiso por tomar té.

—Pone a Clara entre catástrofes otra vez.

—Fue una adolescencia difícil.

Anselmo rió. Después se puso serio.

—No quiero querer demasiado tarde algo que no sé nombrar.

Constanza apoyó la taza.

—Entonces no lo nombre demasiado. Cuídelo.

—¿Qué es?

—Compañía, ya dijimos.

—A veces parece más.

—Más no siempre significa otra cosa. A veces significa lo mismo con más hondura.

Anselmo dejó que la frase se asentara. No intentó tomarle la mano. Constanza tampoco. La escena necesitaba precisamente esa renuncia al gesto fácil. A su edad, tocar podía ser sencillo; no usar el tacto como prueba podía ser más verdadero.

Clara Teresa fue quien encontró una forma de preguntar sin respeto suficiente para esconder la curiosidad. Un jueves, mientras llevaba un cuaderno a Constanza, vio a Anselmo y a su bisabuela sentados en la galería, riendo por algo escrito en una carta. Esperó a que la risa terminara y preguntó:

—¿Ustedes son algo?

Clara casi dejó caer la taza. Ignacio cerró los ojos. Anselmo pareció tragarse una respuesta antigua. Constanza miró a la niña.

—Sí.

—¿Qué?

—Dos viejos que se hacen compañía y se corrigen la memoria.

—¿Eso tiene nombre?

—Acaba de oírlo.

La niña pensó.

—Es largo.

—Las cosas cortas suelen cobrar después por lo que escondieron.

Clara Teresa aceptó la respuesta solo a medias.

—¿Y Ilse?

Anselmo respiró con cuidado.

—Ilse está en otra parte de la mesa.

—¿Y Rodrigo?

Constanza respondió:

—También.

—¿Y no se pelean?

—Los muertos se pelean menos cuando los vivos no los usan como palos.

La niña meditó eso con una seriedad que a Teresa le habría parecido peligrosa antes de la once. Luego dijo que entonces quería pan. Todos agradecieron el cambio de tema.

La caja de Ilse no resolvió el pasado. Lo volvió más exacto y, por tanto, menos cómodo.

Anselmo no quedó limpio por entregarla. Quedó más responsable.

Clara no quedó satisfecha por clasificarla.

Quedó más obligada a no confundir revelación con comprensión.

Constanza no quedó liberada de Ilse. Quedó, más bien, autorizada a mirarla sin competir con una figura incompleta.

Ignacio no quedó al margen: entendió que todo archivo familiar contiene zonas donde el escribiente debe preguntarse no solo qué es verdad, sino qué derecho tiene a apresurar la verdad ajena.

Marta y Ruth recuperaron una Berta con rostro; Teresa recuperó nuevas razones para desconfiar de solemnidades; Clara Teresa aprendió que los viejos podían ser “algo” sin que el mundo tuviera una palabra corta para ello.

Hacia fines de ese invierno, Anselmo empezó a cansarse más después de los jueves.

No lo admitía, pero la casa lo veía. Frida decía que cada visita le daba vida y le cobraba intereses.

Karl quería reducirlas. Anselmo se negó.

Constanza, al enterarse, no lo celebró como prueba de afecto.

Le escribió una nota: “No convierta mi visita en excusa para desobedecer al cuerpo. Si quiere jueves, llegue vivo al jueves.” Anselmo guardó la nota en la caja del molino, junto a la advertencia de Teresa sobre no añadir demostraciones personales a los terremotos.

Después aceptó descansar antes y después de cada encuentro.

Un jueves de sol frío, cuando ya habían leído suficiente de la caja para saber que faltaba mucho y que no todo debía leerse pronto, Anselmo pidió salir a la galería.

Constanza lo acompañó. Clara e Ignacio permanecieron dentro, ordenando copias.

Desde la galería se veía el camino viejo entre las casas, marcado por ruedas, barro seco y hierbas nuevas. Anselmo lo miró largo rato.

—Quiero recorrerlo una vez más completo —dijo.

Constanza siguió la línea del camino con los ojos.

—¿De aquí a Las Higueras?

—De casa Brandt a Los Robles, pasando por Las Higueras si el cuerpo no traiciona demasiado. No a caballo. En coche cuando haga falta. A pie unos tramos. Quiero verlo no como camino de visitas, sino como lo que fue.

—¿Y qué fue?

—Una vida que no supimos nombrar mientras la caminábamos.

Constanza no respondió enseguida. El camino viejo había llevado a Rodrigo, a Anselmo, a cartas, a trigo, a Presentación, a niñas, a bodas, a pan, a terremotos, a cajas, a todos los modos en que una casa se acerca a otra sin saber si va a pedir, entregar, amar, discutir o despedirse.

—Lo haremos un jueves —dijo.

—¿Próximo?

—Cuando usted descanse lo suficiente para no convertir el paseo en funeral anticipado.

Anselmo sonrió.

—Eso puede tomar años.

—Entonces empiece hoy.

Dentro de la casa, Clara vio desde la ventana que ambos miraban el camino. No oyó la conversación, pero supo que algo se había movido. Ignacio se acercó a su lado.

—¿Qué cree que dijeron?

—Que el camino quiere página.

—Usted y sus páginas.

—No me contradiga cuando tengo razón.

Ignacio miró el camino y luego la caja, cerrada sobre la mesa.

—Entonces habrá que comer antes.

Clara sonrió. Afuera, Constanza y Anselmo seguían mirando la línea vieja entre las casas.

La caja de Ilse ya no estaba escondida, pero tampoco terminada.

Los jueves habían encontrado su forma: no eran romance, ni trámite, ni archivo puro, ni duelo.

Eran el lugar donde lo que llegó tarde podía ser recibido sin fingir que llegaba a tiempo.

Y ahora el camino, ese testigo de pasos anteriores a todos los registros, pedía ser recorrido no para volver al pasado, sino para comprobar cuánto del pasado aún sabía llevar a los vivos de una mesa a otra.