El peso de la tierra Capítulo 66 Los años de Anselmo
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Capítulo 66 Los años de Anselmo

Los años de Anselmo no fueron años en el sentido ordenado que usan los almanaques.

Empezaron cuando el terremoto dejó una grieta larga en el muro secundario de casa Brandt y todos miraron primero la pared, después a él, como si el adobe, la madera y el viejo dueño hubieran recibido el mismo aviso.

Anselmo lo entendió antes de que nadie se atreviera a decirlo.

Había sobrevivido a cartas que cambiaron destinos, a una guerra que quemó a Ilse y dejó a Berta sin tumba, a sospechas contra su apellido, a dos terremotos que le recordaron que ningún molino debía sentirse más antiguo que la tierra que lo sostenía, y ahora el cuerpo empezaba a hacer lo mismo que las paredes: no caerse todavía, pero obligar a todos a dejar de fingir confianza completa.

Eso era lo más humillante de la vejez: no la debilidad evidente, sino la negociación permanente con lo que aún parecía firme.

—No discutan con la pared por respeto a mí —dijo al fin.

Karl bajó la mirada.

—No es eso.

—Sí es eso. Y también es miedo al gasto, cariño por la costumbre y desconfianza de los hombres jóvenes que creen que lo nuevo llega sin cobrar. Todo junto. Sepárenlo antes de decidir.

Gabriel sonrió apenas, porque esa frase sonaba demasiado a Clara para venir de Anselmo. El viejo lo vio.

—No se burle. A esta edad uno termina hablando como todas las personas que lo corrigieron.

La pared fue desmontada en parte. No se salvó lo que no debía salvarse, pero tampoco se botó lo que todavía podía sostener.

Algunas maderas pasaron a una bodega nueva.

Ladrillos buenos se limpiaron para reparaciones menores.

Un trozo de viga marcado por años de harina fue llevado a Las Higueras por pedido de Constanza, no para exhibirlo, sino para convertirlo en banco bajo una ventana donde los niños dejaban botas mojadas.

Anselmo aprobó ese destino más que cualquier restauración elegante.

Las cosas que han sostenido trabajo, pensaba, no se degradan por seguir sosteniendo cuerpos pequeños y barro.

El trigo de Ilse en casa Brandt había quedado doblado después del terremoto.

Mateo lo había trasplantado a otro tiesto con la sobriedad de quien no promete resurrecciones por cortesía.

Durante semanas, la planta pareció indecisa.

Una hoja amarilleó; otra se mantuvo verde.

Anselmo la visitaba cada mañana antes de entrar al molino, pero dejó de hablarle cuando Frida lo sorprendió una vez murmurando junto a la maceta y le dijo que las plantas no necesitaban viejos dramáticos encima.

Desde entonces llevaba una libreta y anotaba solo datos: riego, luz, daño, hoja seca, raíz estable, cambio de recipiente.

En una página, sin embargo, escribió una frase que no mostró durante varios días: “No sé cuidar esto sin cuidar también una parte de mí que no me pertenece por completo.”

Clara la leyó cuando él se la entregó voluntariamente.

—¿Archivo? —preguntó ella.

—No todavía.

—¿Caja privada?

—Tampoco. Quiero saber primero si es frase o debilidad.

Clara cerró la libreta.

—A veces son lo mismo, pero con distinta utilidad.

Anselmo la miró con una mezcla de fastidio y orgullo.

—Usted se volvió peligrosa para los viejos que quieren fingir pudor.

—Me educaron bien.

—Demasiado.

La libreta quedó con él. La frase no pasó al archivo, pero sí empezó a trabajar.

Anselmo comprendió que su problema con el trigo no era Ilse solamente.

Ilse había dejado de ser solo mujer amada desde lejos para convertirse, con los años, en una forma de pregunta: qué se conserva, qué se entrega, qué se deja morir sin llamarlo traición.

La maceta le obligaba a revisar esa pregunta todos los días sin permitirle solemnidad.

Si la regaba demasiado, la dañaba. Si la descuidaba para probar que no era sentimental, también.

El cuidado correcto era una medida difícil, y esa dificultad se parecía mucho a la vejez.

Después del terremoto, Karl asumió la administración diaria del molino con menos deferencia visible y más responsabilidad real.

Durante años había esperado que Anselmo terminara de entregar ciertas llaves, ciertos criterios, ciertas costumbres de compra y trato con productores.

Anselmo las entregaba de a una, como quien ofrece monedas a un ladrón respetado.

El sismo aceleró lo inevitable. La nueva bodega, la revisión de maquinaria, los cambios de rutas, la ayuda a familias del centro y del bajo, la coordinación con Las Higueras y el Maitén exigían decisiones rápidas que un hombre viejo no podía seguir supervisando sin volverse obstáculo. Karl no se lo dijo así. Frida sí.

—Estás en medio del paso —le dijo una tarde, mientras él intentaba revisar por tercera vez una factura que Karl ya había corregido.

—Estoy revisando.

—No. Estás probando si aún tiemblan cuando levantas una ceja.

Anselmo dejó la factura sobre la mesa.

—¿Y tiemblan?

—Menos. Eso debería alegrarte.

—Debería.

Frida se sentó frente a él. Su pelo estaba blanco, sus manos más torcidas que las de él, pero su mirada conservaba una firmeza de hermana menor que la edad nunca había logrado desautorizar.

—No te están quitando el molino. Están evitando que el molino tenga que empujarte para pasar.

—Hermosa imagen.

—Útil. No necesito hermosa.

Anselmo rió bajo. Luego firmó la transferencia formal de ciertas atribuciones a Karl.

No todas. Las suficientes para que el joven dejara de pedir permiso por cada decisión que ya sabía tomar.

Bajo su firma, Anselmo escribió una línea que Clara registraría más tarde: “Entregar no es desaparecer; es dejar de estorbar con la forma antigua de presencia.” Karl leyó la frase y no supo si abrazarlo o discutirle la vanidad de escribir sentencia en documento práctico.

Hizo ninguna de las dos cosas. Guardó el papel y salió a trabajar.

Constanza empezó a visitar casa Brandt por razones que al principio todos fingieron prácticas.

Había libros de Rodrigo que Anselmo había llevado para secar después del terremoto, registros agrícolas antiguos que necesitaban comparación, papeles de Wilhelm relacionados con compras de trigo que podían ayudar a entender límites de ciertas tierras, y una carpeta de cartas copiadas donde aparecían rutas viejas de Hamburgo.

Cada motivo era suficiente. Ninguno explicaba por completo que Constanza, viuda y mudada a Las Higueras, encontrara en la galería de casa Brandt una forma de silencio distinta a la de Los Robles vaciado.

Allí no estaba Rodrigo en cada pared. Tampoco estaba Ilse en cada objeto, aunque su nombre respirara en ciertos cajones.

Estaba Anselmo, viejo, terco, menos fuerte, con una historia que no exigía que ella la resolviera.

La primera vez que fue después de la reparación, Anselmo la recibió de pie y con abrigo, como si la visita fuera oficial. Constanza lo miró desde el umbral.

—Si va a actuar ceremonia, me devuelvo.

—Estoy siendo educado.

—No abuse de eso a esta edad.

Anselmo se sentó.

—Mejor.

Se instalaron en la galería, con té, pan y una carpeta de registros.

Durante media hora hablaron de trigo, humedad, daños del muro, familias del centro que necesitaban harina y de cómo Los Robles empezaba a servir fuera de sí mismo.

Después el tema se agotó, o fingió agotarse.

Quedó entre ellos el silencio verdadero.

—La pieza nueva en Las Higueras, ¿ya suena menos ajena? —preguntó Anselmo.

Constanza miró hacia el patio.

—Suena distinta. No sé si menos ajena.

—Eso toma tiempo.

—Usted habla como si hubiera cambiado de casa muchas veces.

—He vivido en la misma y he perdido varias dentro.

La frase no necesitó explicación. Casa Brandt había perdido la casa de Wilhelm, la casa de las cartas limpias, la casa bajo sospecha, la casa con Ilse viva en Hamburgo, la casa del paquete “después”, la casa anterior al terremoto de 1960. Una dirección puede ser la misma y no la casa.

—Los Robles no está muerto —dijo Constanza.

—No.

—Pero si vuelvo a vivir allí para demostrar que no murió, termino obedeciendo a una mentira.

—Sí.

—Me irrita que la verdad se parezca tanto a mudarse.

Anselmo sonrió.

—A mí me irrita que la verdad se parezca tanto a entregar llaves.

Esa fue la primera conversación que no necesitó archivo. Clara habría querido registrarla si hubiera estado allí; quizá por eso ninguno la invitó. Algunas frases solo pueden nacer cuando no hay pluma esperándolas.

Con los meses, las visitas tomaron una forma.

Constanza iba a casa Brandt los jueves por la tarde cuando el camino estaba bueno y el cuerpo se lo permitía.

A veces llevaba una carpeta. A veces una pregunta.

A veces nada más que un pan de Teresa, quien fingía no aprobar esas visitas, pero siempre envolvía el pan de modo que resistiera el viaje.

Anselmo empezó a esperar los jueves sin decir que esperaba.

Karl lo notó por la manera en que se afeitaba mejor ese día, y Frida por la manera en que mandaba limpiar la galería sin pedir limpieza.

Nadie se burló mucho. A ciertas edades, la dignidad de esperar una visita ya viene bastante golpeada por el cuerpo.

—No quiero que el pueblo invente tonterías —dijo Anselmo una tarde.

Constanza dejó la taza.

—El pueblo inventa tonterías cuando una respira. No pienso contener el aire por eso.

—Rodrigo…

—Rodrigo está muerto. No mudo. Si algo de esto lo incomodara, confío en que ya habrá encontrado desde donde refunfuñar. Pero no voy a pedirle permiso a su recuerdo para tomar té con un viejo que sabe demasiado de cartas.

Anselmo bajó la mirada.

—Ilse tampoco necesita que yo le pida permiso.

—No.

—Pero sí necesita que no la usemos para fingir que esto es otra cosa.

Constanza asintió.

—Esto es compañía. No reemplazo. No revancha. No final corregido.

—Compañía suena poco.

—Entonces no la dejemos sola con ese nombre —dijo Constanza.