Capítulo 62 La muerte de Rodrigo #2
Rodrigo no murió de inmediato. Esa demora fue una crueldad y un regalo.
El médico llegó cuando ya todos sabían que su ciencia tendría poco campo.
Habló de reposo, de crisis del corazón, de no moverlo demasiado, de mantenerlo abrigado, de esperar.
Esperar. La palabra volvió a la casa con su antigua carga.
Marta, sentada en el corredor, oyó al médico y cerró los ojos.
Ruth puso una mano sobre su hombro. Ya nadie esperaba de pie si podía evitarlo.
Lo llevaron a la pieza grande, no a la sala, porque Constanza se negó a convertir la agonía en exposición.
Rodrigo permaneció consciente por intervalos.
En uno de ellos pidió ver el campo. No podían moverlo hasta la ventana sin hacerle daño.
Domingo quiso intentarlo. Constanza dijo no.
Clara, buscando una solución, abrió la ventana lo suficiente para que entrara olor a tierra mojada.
Teresa, sin pedir permiso, trajo un puñado de trigo de la última cosecha en un plato de greda y lo dejó sobre la mesa de noche.
—Ahí está el campo sin matarlo en el traslado —dijo.
Rodrigo miró el plato. Sus ojos, hundidos por el dolor, encontraron una forma mínima de humor.
—Reducido a muestra —murmuró.
—Como todo hombre cuando se pone difícil —respondió Teresa.
Elena lloró entonces, no por la frase sino por el modo en que Rodrigo aún podía recibirla. Domingo se cubrió la cara un segundo. Clara tomó la mano de su padre. Estaba fría y todavía fuerte por momentos.
—No escribas esto demasiado bonito —dijo él.
Clara entendió que hablaba del archivo, de la muerte, de sí mismo.
—No prometo belleza —respondió—. Prometo revisar.
—Bien.
Rodrigo cerró los ojos. Al abrirlos de nuevo, buscó a Constanza. Ella se sentó junto a él. No se inclinó con dramatismo. Le tomó la mano como se toma una herramienta conocida que ya no podrá usarse igual.
—Me voy antes que tú —dijo él.
—Eso parece.
—Siempre quisiste tener la última palabra.
—No necesitaba que murieras para eso.
Él intentó reír. La risa se volvió tos. Constanza sostuvo su mano hasta que pasó.
—No me hagas santo —dijo después, con una voz más baja.
—No tengo material suficiente.
Rodrigo cerró los ojos y sonrió. Clara, pese a todo, soltó una risa quebrada. Teresa se limpió las manos en el delantal aunque no las tenía sucias.
—Tampoco me dejes peor de lo que fui por corregir demasiado tarde —añadió él.
Constanza lo miró. La frase era el corazón de la carpeta, el pedido que tantos muertos no alcanzaban a hacer.
—Te leeremos entero dentro de lo que sepamos —dijo.
—Nadie lee entero.
—Entonces no fingiremos.
Rodrigo asintió apenas. Eso bastó.
Pidió ver a Domingo. Su hijo se acercó con la rigidez de los hombres que han esperado toda la vida una conversación y descubren que llega cuando la voz ya no alcanza. Rodrigo lo miró largo rato.
—No gobiernes por comparación conmigo —dijo.
Domingo tragó saliva.
—No sé si sé hacer otra cosa todavía.
—Aprende. Tu mujer ayuda bastante con eso.
Elena, desde el pie de la cama, se secó los ojos sin disimulo.
—Demasiado, según algunos —dijo.
—Lo necesario —murmuró Rodrigo.
Luego pidió a Clara. Ella ya estaba allí, pero se inclinó más.
—Fuiste más lejos sin irte tanto como temí —dijo.
—Fui porque dejó de cerrar.
—No del todo.
—No. Pero bastante para empezar.
Rodrigo respiró. La frase le dolió y lo alivió al mismo tiempo.
—Sigue yendo —dijo.
Clara apretó su mano.
—Y volviendo.
—Si quieres.
—Si quiero.
Ignacio oyó desde atrás y bajó la mirada. No le correspondía esa despedida, pero le correspondía entenderla.
A Anna la llamó por su nombre completo: Anna Elena.
Ella entró con Mateo detrás y los ojos rojos de haber llorado en el corredor para no asustar a sus hijos.
Rodrigo le pidió que acercara a Clara Teresa y a Julián solo un momento.
Constanza dudó, pero aceptó. Los niños entraron serios, instruidos por demasiados adultos. Rodrigo miró a Clara Teresa.
—Escriba bien los nombres —dijo.
La niña asintió con solemnidad.
—Y si no sabe, pregunte.
—Sí, abuelo.
Julián, demasiado pequeño para entender, quiso tocar el plato de trigo. Teresa lo detuvo con una mirada. Rodrigo lo vio y murmuró:
—Déjelo.
El niño tomó un grano y lo apretó entre los dedos. Nadie hizo símbolo. Nadie lo evitó.
Anselmo entró al final, cuando Rodrigo estaba más cansado.
Durante un tiempo, los dos hombres se miraron sin hablar.
En esa habitación había demasiado pasado para una escena ordenada: juventud, competencia nunca dicha del todo, respeto, Constanza, Ilse, trigo, molinos, cartas, una vida elegida y otras no vividas.
Rodrigo levantó apenas una mano. Anselmo se acercó.
—Cuide el molino de no volverse más importante que la harina —dijo Rodrigo.
Anselmo sonrió con tristeza.
—Eso parece consejo para usted mismo.
—Todos los consejos buenos llegan tarde a quien los da.
Anselmo le tomó la mano un segundo. No fue gesto frecuente entre ellos. Tampoco fue extraño al final.
—Usted sostuvo más de lo que quiso admitir —dijo.
—Y apreté más de lo que debía.
—También.
Rodrigo agradeció esa respuesta porque no lo perdonaba por cortesía. Cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, miró a Constanza.
—La mesa —dijo.
—¿Cuál?
—Todas.
Ella entendió. La mesa bajo el nogal, la mesa nueva, la mesa de comer, la mesa donde se habían firmado nombres, alimentado sobrevivientes, discutido cuentas, leído cartas de muertos y vivos, recibido bodas, corregido miedos.
—Seguirán —dijo.
—No iguales.
—No. Seguir igual es otra manera de morirse.
Rodrigo la miró con un último gesto de admiración cansada.
—Siempre mejoraste mis frases.
—Era mucho trabajo.
Él cerró los ojos. Esa vez no volvió a abrirlos con claridad.
Respiró todavía durante un rato, con pausas largas, rodeado no de todos, porque Constanza limitó la pieza cuando entendió que el cuerpo necesitaba espacio, sino de los necesarios: ella, Domingo, Clara, Elena, Anna, Teresa cerca de la puerta, Rodrigo el menor no existía; Gabriel no era hijo sino nieto?
No, Gabriel era hijo de Domingo, quedó afuera con los niños; Anselmo se retiró al corredor.
Ignacio acompañó a Clara desde el umbral.
Ruth y Marta permanecieron sentadas en la sala, no por distancia, sino porque también sabían respetar una puerta.
Rodrigo murió cuando la lluvia había cesado y el primer sol tocaba la pared de la pieza.
No hubo frase final. Esa ausencia fue, quizá, su último aprendizaje.
Había hablado suficiente. El cuerpo, al final, no necesita cerrar con estilo.
Constanza sostuvo su mano hasta que dejó de responder.
Luego la apoyó sobre la manta y se quedó mirándolo sin llorar todavía.
Teresa entró, se persignó en silencio y dijo:
—Ahora hay que avisar con nombres completos.
Nadie se ofendió. Era exactamente lo que correspondía.
La casa se movió con una eficacia triste.
Domingo fue a preparar aviso al médico y al registro.
Elena abrió una libreta. Clara tomó una hoja y escribió: Rodrigo Ovalle Zúñiga, nacido…
, fallecido…, Las Higueras, madrugada después de lluvia.
Se detuvo. No sabía la fecha exacta de nacimiento sin revisar papeles.
Rodrigo había corregido tantas veces a otros por desorden que esa falta la hizo sentirse culpable. Constanza, desde la cama, dijo:
—En la caja azul. Segunda carpeta. No inventes por apuro.
Clara buscó. Encontró. Completó. Teresa trajo agua. Ruth y Marta entraron cuando el cuerpo estuvo acomodado. Marta miró a Rodrigo con una seriedad sin deuda.
—Él dejó sentarse a Marta —dijo, en tercera persona, como si hablara al archivo antes que a la familia.
Ruth la miró.
—Sí.
—Ponga eso en alguna parte. No primera. Pero en alguna.
Clara escribió en una hoja aparte: permitió techo sin usarlo como prueba de bondad. La frase le pareció dura y justa. Marta asintió.
El velorio se hizo en Los Robles, no en Las Higueras.
Rodrigo había pertenecido a ambas casas de maneras distintas, pero su origen, sus errores más antiguos y su autoridad pública estaban allí.
Llevarlo a Los Robles fue reconocer una historia completa, no buscar la sala más cómoda.
La mesa bajo el nogal recibió gente antes y después de la misa.
No pusieron el ataúd sobre ella; Constanza se negó.
Las mesas son para pan, papeles, manos y niños, no para obligarlas a cargar cuerpos cuando hay bancos y hombros.
El ataúd estuvo en la sala principal, con velas, flores sobrias y una circulación constante de vecinos, trabajadores, productores, parientes, antiguos deudores, antiguos resentidos y personas que no sabían si venían por respeto, costumbre o curiosidad.
Molina llegó con bastón y una vejez que no lo había vuelto más noble, solo más lento. Saludó a Constanza con formalidad. Dijo que Rodrigo había sido un hombre de carácter. Constanza lo miró con esa calma que en ella podía ser hospitalidad o filo.
—Fue un hombre que aprendió a desconfiar de algunas formas de carácter —respondió.
Molina no supo qué hacer con la frase. Teresa, desde una mesa lateral donde repartía pan, sonrió sin esconderse. Molina no insistió.
Los trabajadores del campo llegaron en grupo al atardecer.
Algunos habían conocido al Rodrigo severo, el de pagos apretados, órdenes firmes, distancias claras.
Otros al Rodrigo de los últimos años, que revisaba jornales con menos orgullo y aceptaba que la gratitud no pagaba cuentas.
Uno de ellos, ya viejo, se acercó a Domingo y dijo:
—Su padre era duro.
Domingo asintió.
—Sí.
—Y cuando hubo que pagar lo atrasado, pagó.
—Sí.
—Ponga las dos cosas si escribe.
Domingo miró hacia Clara, que escuchaba cerca. Ella anotó después, no en el registro público del velorio, sino en la carpeta de Rodrigo: duro; pagó cuando vio. La frase no era completa. Ninguna frase de velorio lo era. Pero servía contra la mentira única.