Capítulo 53 La despedida
La despedida empezó antes de que nadie pronunciara la palabra.
En Hamburgo, las despedidas habían aprendido a disfrazarse de recado, de visita breve, de entrega de pan, de cambio de dirección, de una frase escrita sin apellido completo, de una mano que se soltaba antes de parecer demasiado mano.
Ilse lo supo la tarde en que recibió el aviso de Herr Lenz: Berta Weiss había sido trasladada otra vez, no por seguridad sino por falta de sitio, y el nuevo cuarto quedaba más lejos, en una zona donde las bombas todavía no habían caído con fuerza pero donde los ojos de los vecinos trabajaban demasiado.
El papel decía poco. Decía que la pierna estaba peor.
Decía que la tos no cedía. Decía que Berta preguntaba por Marta sentada, no de pie, como si hubiera obedecido desde Alemania la orden que ella misma había enviado.
Decía, al final, una línea escrita con la mano de Lenz y no con la voz de Berta: “Si quiere verla, no espere.”
Ilse dobló el aviso y lo guardó en el bolsillo de la falda antes de que Markus entrara.
Había aprendido a no dejar sobre la mesa ninguna frase que contuviera un cuerpo.
En la oficina Hartmann, las palabras visibles pertenecían a la guerra: entregas, abastecimiento, combustible, transporte, pérdidas, reemplazos, revisión, cumplimiento.
Las palabras verdaderas se movían por debajo, como raíces buscando agua en tierra contaminada: Berta, Marta, Ruth, Chile, después.
Markus traía otra carpeta de contratos con membrete oficial y una expresión que pedía no ser interrogada.
—Necesito tu firma en estas copias —dijo.
—¿Para qué carga?
—Herramientas, piezas, documentación técnica. Lo de siempre.
Ilse miró la carpeta sin abrirla.
—Nada es lo de siempre desde hace años.
—Entonces lo que todavía finge serlo.
La respuesta le sorprendió porque venía de Markus.
No era ironía elegante ni prudencia defensiva.
Era cansancio con una grieta de lucidez.
Desde la ruptura chilena, su miedo se había vuelto más concentrado.
Ya no hablaba de neutralidad comercial, ni de adaptación, ni de supervivencia con la misma facilidad.
Seguía firmando. Seguía sosteniendo la firma dentro de una maquinaria que le daba contratos y le quitaba alma, pero al menos algunas palabras empezaban a atascarse antes de salir limpias.
—Tengo que salir esta tarde —dijo Ilse.
Markus levantó la vista.
—¿Berta?
Que dijera el nombre sin rodearlo fue una novedad menor y enorme.
—Sí.
—No deberías.
—Lo sé.
—No dije que no fueras.
Ilse abrió la carpeta y revisó las primeras líneas para no mirarlo con gratitud, porque la gratitud hacia Markus siempre llegaba mezclada con algo que la obligaba a lavarse por dentro.
Corrigió dos cifras, señaló una descripción demasiado generosa y firmó solo donde correspondía. Luego cerró el documento.
—Si preguntan por mí, estoy revisando inventario de archivo antiguo.
—Eso ya lo usaste demasiadas veces.
—Entonces inventa algo peor, pero aburrido.
Markus tomó la carpeta. Antes de salir, se detuvo.
—Si Berta quiere enviar algo a Chile, que sea poco.
Ilse lo miró.
—¿Eso es advertencia o ayuda?
—A estas alturas, no sé si hay diferencia que nos sirva.
Se fue sin esperar respuesta. Ilse quedó sola unos segundos, escuchando el sonido de la oficina: máquinas, pasos, papeles, una tos al fondo, la ciudad apagada incluso de día por la costumbre de esperar alarmas.
En la pared, el retrato de Heinrich parecía más severo desde la guerra, o quizá Ilse le prestaba severidad para no sentirse sola.
Tomó su abrigo, un bolso con vendas, pan, una libreta pequeña y un sobre vacío.
No sabía si Berta escribiría. No sabía si podría.
Pero llevar un sobre era una forma de no llegar ya derrotada por la imposibilidad.
El camino hasta el cuarto donde escondían a Berta exigió dos tranvías, un tramo a pie y una mentira en una portería donde una mujer con ojos de hambre preguntó demasiado poco.
Hamburgo olía a carbón, humedad, ropa usada, miedo y metal.
Algunas fachadas seguían intactas de una manera casi insolente; otras mostraban cicatrices de bombardeos menores, vidrios reemplazados por tablas, marcos negros, cortinas cerradas incluso a mediodía.
Ilse caminaba con la cabeza baja, no como culpable sino como alguien que sabía que el rostro puede volverse documento si se ofrece demasiado a la calle.
Berta estaba sentada junto a una cama estrecha, envuelta en una manta gris, con una taza sin terminar sobre una silla.
No parecía más vieja que la última vez; parecía menos disponible para el mundo.
Su cuerpo ocupaba el cuarto de manera reducida, pero su mirada seguía teniendo una precisión que hacía imposible tratarla como enferma solamente.
Al ver a Ilse, no sonrió. Eso habría gastado fuerza.
Levantó dos dedos en señal de saludo, como si aún estuviera en una oficina y no en un borde.
—Llegó tarde —dijo.
—Llegué antes de que oscurezca.
—Eso ahora cuenta como temprano. Qué época generosa.
Ilse dejó el bolso sobre la mesa.
—Traje pan.
—Eso siempre mejora su conversación.
—Y vendas.
—Eso la empeora.
La mujer que alquilaba el cuarto salió con la excusa de buscar agua. Berta esperó hasta oír sus pasos alejarse.
—¿Chile? —preguntó.
Ilse tomó el sobre vacío y lo puso sobre la mesa.
—Rompió con el Eje. Ya lo sabe.
—Sé lo que eso significa para los papeles. Quiero saber qué significa para Marta.
—Significa que la tierra donde está dejó de fingir normalidad con quienes hicieron esto. También significa que las cartas son más difíciles, que Chile es ahora palabra vigilada, que su nombre no puede viajar como antes.
—Mi nombre nunca viajó bien.
—Marta se sienta más.
Berta cerró los ojos. Esa frase sí la tocó.
—¿De verdad?
—Ruth le ayuda. A veces la regaña. Teresa le lleva sopa. Clara escribió su frase en un archivo.
—¿Qué frase?
—La de no esperarla de pie.
Berta soltó un aire que no llegó a risa.
—La muchacha archiva hasta las órdenes de una mujer que no conoce.
—Clara archiva lo que podría volverse mentira si nadie lo cuida.
—Entonces dígale que archive esto: no todo el que queda atrás fue abandonado de la misma manera.
Ilse sintió que la frase le entraba con la precisión de una aguja.
—¿Quiere que la envíe?
—Quiero que la recuerde. Enviarla, si puede. Si no, que no muera en este cuarto.
Ilse abrió la libreta. Berta la vio hacerlo y negó apenas.
—No ahora. Si la escribe delante de mí, parecerá última frase.
Ilse cerró la libreta de inmediato. Obedecer esa clase de pudor era más importante que registrar.
—No tiene por qué ser última.
—No use conmigo las palabras que me prohíbe usar con Marta.
Ilse se sentó frente a ella. La manta de Berta estaba gastada en los bordes.
Había una mancha de humedad en la pared, justo encima de la cama.
En una esquina, una valija vieja contenía todo lo que la mujer podía mover si la obligaban a otro traslado.
Ilse pensó en la habitación preparada para Marta en Las Higueras, en el escritorio pequeño, en la jarra de agua, en Teresa decidiendo que una mujer que cruzó el mar no debía quedarse sin mesa.
Allí Berta tenía una silla prestada y una pared que rezumaba.
—Marta guarda una manzana para usted —dijo Ilse.
Berta la miró con sorpresa.
—¿Qué?
—Anna, la niña de Domingo y Elena, preguntó por qué usted no venía. Le dijeron que no todas las puertas se abren al mismo tiempo. Preguntó quién tenía la llave. Marta dijo que demasiada gente mala y algunas personas buenas que no alcanzan. Anna guardó una manzana para usted.
Berta bajó la mirada hacia sus manos. Durante un momento, la guerra no tuvo lugar donde entrar.
Una niña chilena, que no conocía su cara, había separado fruta para una mujer que quizá nunca llegaría.
Esa clase de gesto era tan inútil para una ruta y tan necesario para una vida que Berta tardó en poder hablar.
—Qué crueldad —dijo al fin.
—¿La manzana?
—Que una niña entienda mejor que muchos adultos cómo se espera a alguien.
Ilse no respondió. Berta extendió la mano hacia el sobre vacío.
—Voy a dictar. No puedo escribir largo.
Ilse sacó una hoja. Esta vez Berta no la detuvo. Quizá porque ya no era última frase, sino trabajo.
—Para Marta —dijo Berta.
Ilse escribió.
—No. Para Marta y Ruth. Si escribe solo Marta, Ruth leerá como visita.
Ilse corrigió.
Berta cerró los ojos para ordenar la respiración.
—Marta y Ruth: estoy sentada. Eso debe bastar para que Marta deje de corregirme desde Chile.
No viajo porque la puerta no está abierta, no porque ustedes no la hayan mirado bastante.
No quiero que mi nombre se vuelva una piedra en la mesa.
Quiero que sea un lugar vacío, sí, pero no una piedra.
Si alguna niña guardó una manzana para mí, díganle que no la guarde hasta pudrirla.
Que la coma y guarde la semilla si puede.
Las cosas vivas no esperan igual que las cosas muertas.
Ilse dejó de escribir solo un segundo. Berta abrió los ojos.
—Siga.
—Sigo.
—Ruth, no vuelvas tu salvación contra ti. Marta, no vuelvas mi ausencia contra Ruth. Ilse, si corrige esta carta para que suene menos dura, la perseguiré donde esté. Clara, si llega a leerla, escriba bien mi nombre, pero no me convierta en ejemplo. Berta Weiss. Eso basta.
La habitación quedó inmóvil. Ilse terminó la última letra con una lentitud que casi parecía reverencia. No corrigió nada. Berta respiraba con dificultad, pero su mirada estaba clara.
—Léala —dijo.
Ilse leyó. Berta hizo dos ajustes: cambió “no viajo” por “no puedo viajar ahora”, no por esperanza sino por precisión; y pidió agregar una línea para Anna: “La manzana se come.” Ilse obedeció.
—¿Quiere firmar?