Capítulo 48 El regreso #2
Bajaron. El andén tenía ruido común: saludos, equipaje, vendedores, un niño llorando porque quería bajar antes que su madre, un perro flaco olfateando cerca de una carreta.
Esa normalidad protegió más que cualquier escolta.
Anselmo tomó la maleta de Marta solo después de que ella se la entregó.
Rodrigo caminó a su lado, no delante, para no parecer guardia.
Clara sostuvo la carpeta cuando fue necesario y la devolvió de inmediato.
Nadie dijo Ruth en voz alta hasta que estuvieron dentro del coche.
—Ruth la espera en casa Brandt —dijo Anselmo entonces.
Marta cerró los ojos. La frase, que en Valparaíso la había sostenido, en Los Ángeles casi la derrumbó.
—¿Por qué no aquí? —preguntó.
Clara tradujo antes de que Anselmo pudiera responder en alemán. Rodrigo tomó la palabra, despacio.
—Porque queríamos que pudiera verla sin pueblo mirando.
Marta abrió los ojos. No pareció herida. Pareció cansada de agradecer decisiones correctas que dolían.
—Bien —dijo.
El coche avanzó por el camino. Marta miró Los Ángeles con una atención de contadora: calles, casas, polvo, miradas, tiendas, una iglesia, hombres a caballo, mujeres que caminaban con canastos, niños que señalaban el coche sin saber por qué.
Luego empezó el tramo hacia casa Brandt.
Al ver los campos, preguntó una palabra en alemán que Clara no entendió al principio. Anselmo sí.
—Quiere saber si eso es trigo —dijo.
Rodrigo miró hacia los potreros.
—Parte. No todo. Hay avena más allá y pasto para animales.
Clara tradujo. Marta observó el campo durante mucho rato.
—Más bajo que en mis recuerdos —dijo.
—¿El trigo? —preguntó Clara.
—No. El miedo.
Nadie respondió. La frase no quería comentario.
En casa Brandt, Ruth estaba en la pieza de atrás, no sentada sino de pie junto a la mesa donde Frida había puesto pan, agua, una taza y un paño limpio.
Había querido arreglarse el cabello tres veces y luego lo dejó como estaba.
Había querido cambiar de vestido y Constanza le dijo que su madre no necesitaba verla convertida en visita.
Había querido sostener algo en las manos y Elena le dio una libreta vacía.
Ruth la soltó enseguida. No quería recibir a Marta con una herramienta.
Quería recibirla con manos, aunque no supiera qué hacer con ellas.
Cuando el coche se detuvo, no corrió. Esa fue quizá la prueba más cruel de todo el trayecto. Oyó pasos en el corredor, voces bajas, una puerta que se abría, Anselmo diciendo algo, Clara respondiendo, el roce de una maleta contra una pared. Luego silencio. Frida entró primero y se acercó a Ruth.
—Está aquí —dijo.
Ruth asintió, pero no se movió. Frida salió.
La puerta quedó abierta. Marta apareció en el umbral con el sombrero en una mano y la carpeta en la otra.
No dijo el nombre de su hija. Ruth tampoco dijo madre.
Durante un instante, ambas parecieron incapaces de cruzar los últimos pasos porque la distancia de una habitación era más difícil que el océano.
Habían sobrevivido a tanto para llegar a ese espacio exacto que el cuerpo no encontraba instrucción suficiente.
Fue Marta quien dejó la carpeta sobre una silla.
Ese gesto rompió el hechizo. Ruth caminó hacia ella.
Marta abrió los brazos demasiado tarde y Ruth llegó antes, chocando más que abrazando, con un sonido que no fue palabra ni llanto completo.
Marta la sostuvo con una fuerza inesperada.
Ruth se dobló contra su hombro. Entonces sí dijo, en alemán, una palabra que Clara oyó desde el corredor y no tradujo para nadie:
—Mamá.
La puerta se cerró despacio. No la cerró Clara.
La cerró Constanza, desde afuera, con una delicadeza que no hizo ruido.
Anselmo se quedó mirando el suelo. Rodrigo se quitó el sombrero.
Frida se sentó en una silla del corredor y lloró en silencio.
Elena tomó a Anna en brazos antes de que la niña preguntara por qué todos respiraban raro.
Teresa apareció con una bandeja y, al ver la puerta cerrada, no llamó.
Dejó el pan y el agua sobre una mesa exterior.
—Para después —dijo.
Nadie contestó. A veces la frase más concreta era la única que no sobraba.
Dentro, Marta y Ruth no hablaron durante varios minutos.
O hablaron solo con frases inútiles: estás aquí, estás flaca, comiste, te golpearon, cómo viajaste, dónde está tu abrigo, por qué no me escribiste eso, no podía, pensé que, yo también.
Las frases verdaderas estaban debajo, empujando sin encontrar orden.
Marta tocó el cabello de Ruth como si necesitara comprobar edad, presencia y temperatura.
Ruth tocó la manga de Marta, luego la cara, luego el borde de la cicatriz casi borrada de la frente.
Ninguna preguntó por Berta al principio.
Esa omisión fue un acto de cobardía mutua y de misericordia temporal.
La hermana y tía ausente estaba en la pieza como una tercera mujer invisible; nombrarla demasiado pronto podía romper la poca piel que el abrazo acababa de formar.
Fue Marta quien lo hizo al fin.
—Berta queda.
Ruth se separó apenas. No dijo “lo sé” porque lo sabía de una manera insuficiente.
—Sí.
—No me perdonará.
—Tal vez no.
Marta cerró los ojos. Esa respuesta, que no intentó lavar nada, la sostuvo mejor que una mentira.
—Yo tampoco sé si me perdono.
Ruth tomó las manos de su madre.
—Ilse dijo que si venías viva, podrías recordar sus nombres.
—Ilse siempre encuentra tareas donde una quiere castigo.
—Eso también la mantiene viva.
Marta asintió. Luego sacó del dobladillo la esquina sin escritura de la carta de Berta. Ruth la miró como si fuera un documento sagrado y absurdo.
—No dice nada —dijo Marta.
Ruth la tomó.
—Sí dice.
La guardaron entre ambas dentro de la libreta vacía que Ruth había soltado antes. La primera página quedó ocupada por un papel que no contenía letra alguna. Eso les pareció justo de una manera que ninguna habría sabido explicar.
Cuando la puerta se abrió, Ruth tenía los ojos hinchados y Marta parecía haber envejecido y rejuvenecido al mismo tiempo. Teresa entró con pan, agua y sopa sin preguntar si era buen momento. Había decidido que el buen momento para comer lo marcaba el cuerpo, no la emoción.
—Primero esto —dijo en español.
Clara tradujo. Marta miró a Teresa, luego la bandeja. Después dijo, con acento duro:
—Gracias.
Teresa asintió como si hubiera recibido una respuesta correcta en examen doméstico.
—Después lloran lo que falte.
Clara tradujo esa parte con cierta duda. Ruth, al oírla en alemán, soltó una risa quebrada. Marta también. La risa duró poco, pero abrió aire en la pieza. Teresa no sonrió, aunque se le ablandó una esquina de la boca. Rosa habría aprobado. O habría corregido la sal.
La instalación de Marta no fue inmediata ni simple.
Formalmente debía alojarse en casa Brandt durante los primeros días, porque los papeles la vinculaban a Ruth y al archivo comercial de esa casa.
En la práctica, Las Higueras tenía la habitación más preparada y la cocina más capaz de absorber silencios largos.
Constanza propuso alternar sin que pareciera alternancia: trabajo de archivo en casa Brandt por la mañana, descanso y comidas en Las Higueras algunos días, visitas al Maitén cuando Ruth pudiera soportar la felicidad ruidosa de Anna.
Marta escuchó el plan y preguntó, con una seriedad que nadie esperaba:
—¿Dónde estorbo menos?
Ruth se puso rígida. Constanza respondió antes de que la hija hablara desde la herida.
—Esa pregunta no sirve aquí. La correcta es dónde puede empezar a dormir.
Marta la miró. No discutió. Tal vez porque la frase no le prometía pertenencia inmediata. Solo sueño. Eso parecía posible.
Durmió la primera noche en casa Brandt, en una pieza cercana a Ruth.
No durmió bien. A las tres de la madrugada se levantó, revisó la carpeta, contó los documentos, tocó la esquina de Berta en la libreta y abrió la puerta para asegurarse de que el corredor seguía allí.
Ruth, que tampoco dormía, la encontró en camisón junto a la mesa.
—No se fueron —dijo Ruth en alemán.
—¿Quiénes?
—Los papeles. Las paredes. Yo.
Marta cerró la carpeta con vergüenza.
—En Hamburgo algunas cosas desaparecían después de estar seguras.
—Aquí también pueden desaparecer cosas —dijo Ruth—. Pero no todo obedece a los mismos hombres.
Marta volvió a sentarse. Ruth le preparó té, quemándose un dedo por torpeza. Esa pequeña torpeza hizo más por convencer a Marta de que estaba viva que la cama, el sello o el telegrama. Las hijas que se queman preparando té no son fotografías ni fantasmas. Son personas al alcance de una madre.
La noticia de la llegada de Marta llegó a Ilse por telegrama dos días después: Marta bajo techo.
Ruth presente. Pan. C. La última palabra no era firma de Constanza solamente; era resumen de método.
Ilse leyó el telegrama en la galería de la casa Hartmann, junto a las macetas de trigo.
Se sentó. Esta vez sí. No por derrota, sino porque el cuerpo, al recibir una noticia buena después de tanta vigilancia, a veces no sabe sostenerse de pie.
El papel decía poco. Decía suficiente. Marta bajo techo. Ruth presente. Pan.
Markus apareció en la entrada de la galería.
—¿Llegó? —preguntó.
Ilse dobló el telegrama.
—Sí.
Él apoyó una mano en el marco. Durante un instante, su rostro mostró un alivio tan desnudo que Ilse habría podido confundirlo con bondad si no hubiera conocido mejor las raíces.
No quiso ser injusta tampoco. Había formas pequeñas de bondad mezcladas con miedo, y despreciarlas por impuras podía volverse soberbia de quien no está contra la pared.
—Bien —dijo Markus.
—Berta queda.
Él cerró los ojos.
—Siempre alguien queda.
Ilse lo miró con dureza.
—No uses eso como filosofía. Es una herida concreta.