Capítulo 38 Los años de la Depresión en Los Robles #3
La tarde trajo a Anselmo. Llegó a Los Robles en un coche pequeño, con papeles de la casa Brandt y una carta de Hamburgo.
Tenía cuarenta años, el cabello más oscuro aún que cano, el rostro más delgado y una sobriedad que con el tiempo había dejado de parecer herida para volverse carácter.
No se había casado. El pueblo había intentado explicarlo durante años con teorías más útiles para el ocio que para la verdad.
Algunos decían que seguía esperando lo imposible; otros, que una mujer alemana lo tenía atado por cartas; otros, que los Brandt eran raros por naturaleza.
Constanza sabía que ninguna versión cabía entera.
Anselmo había vivido entre Chile, comercio y una correspondencia con Ilse que no se dejaba nombrar desde afuera.
Había querido, había perdido, había trabajado, había vuelto a sembrar.
Esa suma no necesitaba diagnóstico de pueblo.
—Traigo noticia de Valparaíso y de Hamburgo —dijo al saludar.
—Entonces trae dos preocupaciones —respondió Mercedes.
—Una y media. La de Hamburgo todavía no sabe si volverse entera.
Constanza lo miró con atención. Anselmo no habría dicho eso años atrás. Habría ocultado la mitad por prudencia. Ahora, quizá porque todos estaban cansados de prudencias que pudren, dejaba ver el borde.
Se sentaron en el escritorio. Clara fue enviada a buscar agua y volvió demasiado rápido para perder poco de la conversación.
Anselmo no pidió que saliera. Dejó los papeles sobre la mesa: precios de venta más bajos, compradores aplazando compromisos, advertencias sobre crédito exterior. Después abrió la carta de Hamburgo.
—Es de Ilse —dijo.
El nombre atravesó la habitación con su historia larga.
Mercedes se persignó apenas, no por Ilse sino por Alemania, que en su imaginación seguía siendo un sitio de inviernos excesivos y hombres capaces de convertir cualquier documento en destino.
Constanza no sonrió. Ilse llevaba años escribiendo, a veces a Anselmo, a veces a Frida, muy rara vez a Constanza con notas breves sobre semillas, libros o una mujer que trabajaba en la firma y necesitaba contactos en Valparaíso.
La planta de trigo de Hamburgo había dado semilla una vez, poca, más simbólica de lo conveniente.
Una parte había viajado de vuelta a Chile años atrás.
Otra seguía allá, como si la tierra insistiera en multiplicar el problema de pertenecer.
Anselmo leyó solo un fragmento:
—“Aquí también se habla de caídas, de bancos y de hombres que buscan culpables antes de mirar sus propias cuentas. Alemania lleva años aprendiendo que el hambre y la humillación son malos consejeros. Hay grupos que gritan demasiado bien y hombres cansados que escuchan demasiado fácil. No lo escribo como alarma todavía. Lo escribo porque las sombras, cuando empiezan, suelen parecer solo mal carácter público.”
La habitación quedó quieta. La crisis, que hasta entonces tenía forma de precio bajo y crédito difícil, se abrió hacia otra cosa más lejana y menos medible.
—¿A qué grupos se refiere? —preguntó Clara.
Anselmo dobló la carta.
—A hombres que prometen orden cuando lo que traen es odio con uniforme. Todavía no mandan. Pero Ilse no se asusta por poco.
—¿Y eso nos afecta aquí? —preguntó Mercedes.
—No hoy en los sacos. Quizá mañana en los barcos, en los créditos, en las familias que escriben pidiendo salida, en los nombres que conviene o no conviene llevar. No lo sé.
Constanza sintió que Parte Tres de su vida —aunque ella no habría usado tal expresión— acababa de abrirse no con un derrumbe visible, sino con dos sombras tocándose: la economía que apretaba la tierra y Europa que empezaba a buscar enemigos.
Miró a Clara, que escuchaba con los ojos fijos; a Mercedes, vieja y alerta; a Rosa, detenida en el umbral; a Anselmo con la carta de Ilse en la mano; al escritorio de Fernando abierto.
Todo lo anterior estaba allí, no como repetición, sino como advertencia.
—Entonces haremos lo mismo que debimos aprender antes —dijo Constanza.
—¿Qué cosa? —preguntó Clara.
—No dejar que los papeles manden solos. No dejar que el miedo escriba en secreto. Separar los sacos. Leer la letra chica. Y dar pan antes de que alguien tenga que pedirlo de rodillas.
Rosa asintió.
—Eso último debió ir primero.
—Por eso está usted aquí para corregirme.
—Alguien debe.
Anselmo miró a Constanza y no hubo en esa mirada nada que Rodrigo tuviera que temer.
Había memoria, sí; respeto, también; una antigua tristeza ya incorporada a la forma de hablar.
Pero el centro de la habitación era otro: la crisis, los hijos, las casas, Hamburgo, la necesidad de no repetir la ceguera de los mayores.
El amor no vivido no había desaparecido. Había dejado de gobernar.
Al volver a Las Higueras esa noche, Constanza encontró a Rodrigo en el corredor, con Domingo a su lado y una lista del molino en la mano.
El muchacho venía cubierto de polvo blanco hasta las cejas y parecía orgulloso de esa prueba material de adultez.
Rodrigo escuchó el resumen de Los Robles, el ofrecimiento de Molina, la carta de Ilse y la advertencia de Anselmo sin interrumpir.
—Molina no compra ese potrero —dijo al final.
—Eso dijo mi madre.
—Entonces por una vez me adelanto poco.
Domingo levantó la lista.
—En el molino se puede mejorar la mezcla para vender harina local. Karl cree que sí. Don Anselmo también. Pero habría que invertir en una pieza de la rueda.
—¿Y con qué? —preguntó Teresa desde la puerta, porque en Las Higueras ninguna conversación económica lograba evitarla.