El peso de la tierra Capítulo 38 Los años de la Depresión en Los Robles
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Capítulo 38 Los años de la Depresión en Los Robles

La sombra no llegó primero como sombra. Llegó como precio bajo.

Llegó en una libreta donde el número del trigo parecía haberse encogido durante la noche, en una carta de Valparaíso que hablaba de cautela comercial con la misma voz con que antes se hablaba de oportunidad, en el silencio de un comprador que no quiso comprometerse a retirar más sacos antes de ver cómo venía el mercado, y en la cara de Rodrigo cuando dejó el diario sobre la mesa de Las Higueras sin doblarlo del todo.

Los periódicos hablaban de Nueva York, de bancos, de hombres que perdían fortunas en lugares tan lejos que podían parecer literatura.

Pero la tierra no necesita entender de bolsas extranjeras para sentir cuando el dinero empieza a esconderse.

En Los Robles y Las Higueras, la caída del mundo entró por la bodega, por el molino, por la pregunta de cuánto pan podía prometerse sin mentir y por el modo en que los hombres miraban los sacos como si de pronto hubieran dejado de contener grano y empezaran a contener incertidumbre.

Habían pasado dieciocho años desde el regreso de Anselmo.

La boda de Constanza y Rodrigo, que el pueblo había comentado durante un tiempo con la voracidad habitual, se había convertido hacía mucho en una realidad menos cómoda para el chisme: una casa, hijos, cuentas, discusiones de cocina, reparaciones, inviernos, animales enfermos, visitas de hermanas, cartas guardadas, sábanas aireadas, decisiones tomadas sin público.

Las Higueras no había absorbido a Los Robles, aunque muchos lo habían pronosticado con la seguridad de quienes disfrutan ver cumplida una conveniencia ajena.

Los Robles seguía en pie, más modesto, con partes arrendadas por temporadas y otras trabajadas en conjunto, pero con nombre propio.

Fernando había muerto años atrás, en una tarde de otoño en que pidió ver las cuentas no para corregirlas, sino para comprobar que ya no escondían su vergüenza en los cajones.

Mercedes seguía allí parte del año, terca, viuda, más pequeña de cuerpo y más peligrosa de juicio, entrando y saliendo de Las Higueras con la libertad de quien no pidió permiso ni siquiera a la edad.

Constanza tenía treinta y nueve años y ya no se parecía a la muchacha que había leído cartas bajo el nogal con el corazón detenido en dos continentes.

O sí se parecía, pero de una forma que solo ella reconocía en ciertos gestos: el modo de detener una frase antes de usarla como cuchillo, la costumbre de dejar que un papel descansara una noche antes de enviarlo, la manera de tocar el borde de una mesa cuando una conversación debía mantenerse en la tierra.

En Las Higueras, su pensamiento no era visita.

Había tenido que defenderlo, como todo lo vivo en una casa de campo: contra urgencias, partos, fiebre de niños, humor de marido, autoridad de Teresa, duelo de Clara, cosechas malas y la tentación propia de abandonarse a la utilidad de cada día.

Pero seguía allí. Había libros en una sala lateral que antes guardaba baúles, cartas en un escritorio pequeño junto a una ventana, cuentas abiertas donde antes Rodrigo habría preferido resolver solo y una mesa en la cocina donde Teresa todavía decía que la señora Constanza preguntaba demasiado para asuntos que ya tenían método.

—Pregunto porque los métodos también envejecen —respondía Constanza.

—Envejecen menos que las ocurrencias —decía Teresa, que ya pasaba de los sesenta y seguía gobernando la ropa blanca con una severidad casi religiosa.

Rosa, más vieja que ambas y con una lentitud nueva en las rodillas, seguía cruzando entre Los Robles y Las Higueras como si el camino hubiera sido trazado para ella y no por hombres con carretas.

Ya no amasaba todas las mañanas; sus manos, que habían sostenido tanto pan, se hinchaban con el frío y se cansaban antes.

Pero aún podía oler una harina mala desde la puerta, corregir a una criada con una frase capaz de enderezar generaciones y mirar a Constanza de esa forma que volvía inútil cualquier mentira piadosa.

Capitán había muerto hacía años, en una tarde tibia, acostado en el corredor de Las Higueras y rodeado de más personas de las que un perro razonable habría tolerado.

Amparo todavía sostenía que se le había debido rezar un responso formal.

Teresa decía que bastante había sido no enterrarlo con título de propietario.

Los hijos de Constanza y Rodrigo habían crecido dentro de ese entramado de casas, como crecen los árboles plantados cerca de cercos antiguos: sabiendo desde temprano que una línea puede separar sin impedir la sombra compartida.

Domingo, el mayor, tenía diecisiete años y el nombre que el padre Anacleto había celebrado como si lo hubiera elegido él.

Era alto, serio cuando quería impresionar y torpe cuando la seriedad se le cansaba.

Había heredado de Rodrigo una manera de cargar sacos sin quejarse y de Constanza la mala costumbre de preguntar por qué ciertas cuentas debían aceptarse solo porque siempre se habían llevado así.

Clara, de catorce, llevaba el nombre con una naturalidad que a veces seguía sorprendiendo a Rodrigo en silencio.

Había sido decisión de Constanza después de una conversación larga con él y otra, más silenciosa, con la habitación ventilada de la primera Clara.

La niña no era homenaje quieto ni sustitución; era una muchacha viva, de trenzas oscuras, lectura voraz, lengua precisa y una insolencia que Teresa atribuía a la sangre Zúñiga cuando quería ofender a Constanza sin decir que la quería.

La Depresión, aunque nadie la llamaba todavía siempre con esa palabra, encontró a Domingo en la edad en que los muchachos creen que entender los números les dará derecho a discutir con los padres.

Llegó una tarde desde el pueblo con un diario doblado bajo el brazo y una inquietud mal disimulada.

Constanza estaba en la sala lateral revisando una carta de Presentación; Rodrigo, en el escritorio, tenía abiertas las cuentas de trigo, los compromisos con el molino y una nota de Anselmo escrita con la letra más recta que los años le habían dado.

Domingo entró sin anunciarse como niño, pero tampoco como hombre, y dejó el diario sobre la mesa.

—Dicen que en Santiago están nerviosos —dijo.

Rodrigo no levantó de inmediato la vista.

—En Santiago están nerviosos con talento desde antes de que nacieras.

—No es lo mismo. Don Arriagada hijo dice que los compradores de Concepción no quieren fijar precio hasta la próxima semana. Y en el banco hablan de revisar créditos. También dicen que los salitreros están peor.

Constanza dejó la carta de Presentación. Rodrigo levantó entonces la vista. La frase banco revisando créditos era de esas que no necesitan gritar para llenar una pieza. Domingo pareció notar el cambio y se enderezó, como si haber traído una mala noticia lo volviera más adulto.

—¿Quién te dijo lo del banco? —preguntó Rodrigo.

—El hijo de Molina.

El apellido, pese a los años, cayó sobre la mesa con una memoria sucia.

Don Molina, el viejo, había muerto hacía tiempo, pero su modo de mirar las casas ajenas parecía haber dejado descendencia suficiente.

El hijo, Aurelio, tenía modales más urbanos, chaleco mejor cortado y la misma habilidad para olfatear necesidad antes de que fuera visible.

Ya no entraba a Los Robles como acreedor descarado; entraba en el pueblo como hombre de banco, asesor, intermediario, sujeto útil en tiempos difíciles.

Eso era peor. La usura, cuando aprende vocabulario moderno, suele recibir mejor silla.

—El hijo de Molina habla para que lo oigan —dijo Constanza.

—Pero no siempre inventa —respondió Rodrigo.

El reconocimiento le costó. Constanza lo notó. Rodrigo había aprendido a no despreciar una noticia solo por venir de una boca detestable. Esa clase de aprendizaje no aparece en los retratos de familia, pero salva más casas que varias virtudes públicas.

Domingo miró a uno y a otro.

—¿Estamos mal?

La pregunta era directa, juvenil y más sabia de lo que él sabía.

Rodrigo cerró el libro de cuentas con un movimiento lento.

Constanza vio el gesto y sintió, con una punzada vieja, el fantasma de Fernando cerrando cajones para que sus hijas no vieran lo que ya pesaba sobre ellas.

No dijo nada todavía. Rodrigo tampoco. Durante un instante, el pasado pareció sentarse en la silla vacía.

—Estamos atentos —dijo Rodrigo.

Constanza lo miró.

—Eso no responde completo.

Rodrigo sostuvo su mirada. Hubo entre ambos una conversación de años en un segundo: el sí bajo el nogal, las cuentas claras, la promesa de no convertir ayuda en cadena, la advertencia de no mandar por miedo, la historia de Fernando, la muerte del viejo sin cajones escondidos. Rodrigo respiró.

—No —dijo—. No responde completo. Estamos menos firmes de lo que quisiera y más firmes de lo que otros creen.

El precio del trigo cayó. Los compradores están frenando.

Si el banco aprieta, habrá que ordenar pagos, posponer arreglos y no tomar deuda nueva sin mirarla como víbora.

Pero no estamos al borde de perder la casa esta semana.

Domingo recibió la respuesta con una mezcla de alivio y decepción, como si hubiera esperado una crisis más clara para poder volverse héroe contra ella.

—¿Y qué vamos a hacer?

—Primero —dijo Constanza—, no convertir una noticia en carrera. Segundo, ver las cuentas todos juntos.

Rodrigo volvió hacia ella.

—¿Todos?

—Domingo preguntó. Clara también tendrá preguntas aunque esté fingiendo leer en el corredor. Y Mercedes llegará apenas huela que intentamos decidir sin ella.

Desde el corredor se oyó un ruido mínimo, demasiado tarde para ser casual. Clara apareció con un libro abierto en la mano y una expresión de inocencia que no convencía a nadie.

—No estaba fingiendo leer —dijo.

—Entonces repite la última frase —pidió Constanza.

Clara cerró el libro con dignidad.