23. Steve
El nudo de la corbata de seda se sentía como una soga de alambre trenzado alrededor de mi garganta.
Odiaba los trajes. Odiaba la forma en que la tela rígida me limitaba la amplitud de los hombros, y odiaba aún más el olor aséptico, a cera para pisos y aire acondicionado reciclado, que impregnaba los pasillos del Palacio de Justicia del Condado.
Pero odiarlo no cambiaba la realidad. Estábamos en territorio enemigo.
Miré mis manos, apoyadas sobre mis muslos mientras esperábamos en el pasillo de mármol.
Mis nudillos seguían marcados por la tierra y las cicatrices del trabajo diario, un contraste grotesco contra la tela gris oscuro del pantalón de sastre.
De repente, una mano pálida, de dedos largos y finos, se deslizó sobre las mías.
El zafiro del anillo de compromiso de Ben destelló bajo las luces fluorescentes, frío y brillante.
—Respira, granjero —susurró Ben, acercándose hasta que su hombro chocó contra mi bíceps.
Su aroma, esa mezcla densa a miel y leche que se había vuelto aún más profunda desde el nacimiento de Skylar y Tyler, me envolvió como un escudo invisible—.
Vas a romper la tela si sigues apretando los puños así.
Giré el rostro para mirarlo. Ben llevaba un traje azul marino entallado que lo hacía lucir como un arma afilada y hermosa.
Sus ojos celestes me escrutaron, transmitiéndome una calma que yo estaba muy lejos de sentir.
Esa misma mañana, antes del amanecer, habíamos dejado a nuestros hijos en la finca.
Despedirme de ellos había sido una tortura física.
Papá Preston nos había despedido en la puerta, con un gemelo en cada brazo, asegurándome con su mirada severa de Omega que defendería la casa con su vida si fuera necesario.
Ben había sido mi pilar desde que salimos por el arco de Los Naranjos.
Él estaba aquí, ayudándome a cargar el peso invisible de esta guerra.
—El día de la corte llegó —dijo una voz a nuestras espaldas.
Jack apareció doblando la esquina del pasillo. Llevaba su maletín de cuero negro como si fuera una espada y lucía una sonrisa afilada, casi depredadora, que no había visto en semanas.
—Más pronto de lo que pensaba —añadió mi abogado, deteniéndose frente a nosotros, ajustándose los gemelos de la camisa.
—¿Estás listo, Jack? —gruñí, levantándome del banco de madera. Mi estatura obligó a un par de oficinistas que pasaban a apartarse instintivamente.
—He estado listo desde que esos buitres pisaron tu finca, Steve —Jack me palmeó el brazo con firmeza.
Las pesadas puertas dobles de roble de la sala de audiencias se abrieron. Entramos.
La sala era inmensa, un teatro de madera pulida y banderas estatales.
Al otro lado del pasillo central, en la mesa de los demandados, ya estaban sentados Marcos y Clara.
Mis primos lucían sus mejores galas de ciudad, sus rostros estirados en máscaras de suficiencia y desprecio.
Sus tres abogados de la firma Vance, con trajes que costaban más que un tractor nuevo, organizaban montículos de papeles con una precisión coreografiada.
Nos acomodamos en nuestra mesa. Ben se sentó a mi izquierda, su pierna pegada a la mía bajo la madera para mantenerme anclado. Jack tomó su lugar a mi derecha, abriendo su maletín con un clic seco que resonó en el silencio de la sala.
El alguacil anunció la entrada del juez. Nos pusimos de pie. El magistrado, un hombre mayor de rostro severo y cejas pobladas, tomó asiento y golpeó el mazo.
—Señor Sterling, tiene la palabra —indicó el juez, mirando al abogado principal de mis primos.
El abogado de la firma Vance se levantó, abotonándose la chaqueta con lentitud teatral.
Caminó hacia el centro de la sala. Su argumento inicial fue exactamente la porquería predecible que habíamos anticipado.
Durante veinte minutos, el hombre desplegó una narrativa venenosa.
Habló del fideicomiso familiar, de los derechos inalienables de los accionistas minoritarios y de cómo mi gestión supuestamente había puesto en riesgo el patrimonio de la familia Miller.
Usó un tono condescendiente, pintando a Marcos y Clara como herederos preocupados por un administrador —yo— que había perdido el norte.
—Su Señoría —concluyó Sterling, apoyando las manos en el estrado—, mis clientes solo buscan proteger su patrimonio legítimo.
El señor Steven Miller ha intentado forzar una compra hostil con capital de dudosa procedencia, coaccionando a sus propios familiares.
Solicitamos que se detenga cualquier intento de expropiación fiduciaria y se obligue a la parte demandante a aceptar la entrada de inversores corporativos para sanear las cuentas.
El juez escuchó, tomando notas rápidas sin cambiar de expresión.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Sentí los dedos de Ben trazar un círculo lento en mi muslo, un toque fantasma que me rogaba paciencia.
—Señor Jack Moore, su turno —concedió el juez.
Jack se puso de pie. No llevaba notas en la mano. No caminó hacia el centro con la arrogancia de Sterling. Se quedó de pie junto a nuestra mesa, abrochándose un solo botón de la chaqueta, su mirada fría clavada directamente en la mesa de mis primos.
—Su Señoría —comenzó Jack, su voz clara, cortante como el hielo—. No voy a aburrir a este tribunal con interpretaciones poéticas de un fideicomiso. Prefiero que los hechos hablen por sí solos. Llamo al estrado al señor Marcos Miller.
El murmullo de sorpresa en la mesa contraria fue inmediato. Sterling se puso de pie de un salto.
—¡Protesto, Su Señoría! Mi cliente no estaba programado para...
—El señor Marcos Miller es codemandado en este proceso por incumplimiento fiduciario, abogado —le interrumpió Jack, sin apartar la vista del juez—. Tiene el deber de responder a las preguntas sobre sus propias decisiones financieras.
El juez asintió.
—Protesta denegada. Suba al estrado, señor Miller.
Marcos palideció ligeramente, pero se puso de pie, ajustándose la corbata con un gesto rápido y nervioso.
Caminó hacia el estrado, juró decir la verdad y se sentó, cruzando las piernas en un intento de parecer relajado.
Me lanzó una mirada llena de odio, pero yo le sostuve la mirada con la pesadez de una lápida.
Jack se acercó al estrado, apoyando un brazo casualmente en la barandilla de madera.
—Señor Miller, hace unos meses, usted y su hermana intentaron forzar la venta de sus acciones a una constructora llamada Vista Paraíso, ¿es correcto? —preguntó Jack, iniciando con una voz engañosamente suave.
Marcos se aclaró la garganta, adoptando la postura que sus abogados claramente le habían ensayado.
—Fue una exploración de mercado, señor Moore. Una decisión de negocios. La agricultura es volátil. Solo buscábamos diversificar el riesgo y proteger nuestro capital heredado. Era nuestro derecho como accionistas explorar opciones más rentables.
Jack asintió, como si la respuesta le pareciera completamente razonable.
—Una decisión de negocios —repitió Jack, saboreando las palabras—. Proteger el capital. Entiendo. Señor Miller, ¿cuál es el nivel de nitrógeno que requiere la tierra del Sector Oeste después de una helada invernal para que las raíces no se pudran?
El silencio cayó sobre la sala con la velocidad de una guillotina.
Marcos parpadeó. Su boca se abrió ligeramente. Miró a su abogado, que de repente parecía muy interesado en sus propios zapatos.
—¿Disculpe? —tartamudeó Marcos, descolocado por el cambio brutal de tema—. ¿Qué tiene que ver eso con el fideicomiso?
—Conteste a la pregunta, por favor —indicó el juez, inclinándose hacia adelante, de repente mucho más interesado.
—Yo... yo no soy agrónomo. Vivo en la ciudad —Marcos titubeó, un sudor fino comenzando a perlar su frente—. Contratamos a personas, a peones, para que se encarguen de la tierra. Steven se encarga de eso.
—Ya veo —Jack dio un par de pasos, dándole la espalda a Marcos por un segundo, antes de girarse de golpe—. Bien, hablemos de su experiencia práctica. En los últimos diez años, desde que heredó sus acciones, ¿cuántas veces ha estado usted presente durante la cosecha de la Finca Los Naranjos?
—Yo reviso los informes financieros cada trimestre... —intentó esquivar Marcos.
—No le pregunté sobre papeles, señor Miller.
Le pregunté sobre la tierra. ¿Ha estado en la cosecha?
¿Ha tomado alguna vez una pala con sus propias manos para desazolvar un canal de riego?
¿Sabe cómo preparar la tierra para la siguiente temporada?
¿Ha tocado alguna vez el suelo del que exige dividendos?
Marcos se removió en la silla, visiblemente acorralado. La arrogancia se le estaba escurriendo por los poros, dejando solo la imagen de un cobarde acorralado bajo la luz de los focos.
—Por supuesto que no —escupió Marcos finalmente, su tono defensivo y agudo—. ¡Soy un hombre de negocios, no un campesino! Para eso le pagamos a Steven con una parte de los ingresos. Nosotros somos los dueños del capital.
Jack sonrió. Fue una sonrisa oscura, desprovista de cualquier calidez. El tiburón acababa de probar la sangre.
—Los dueños del capital —repitió Jack, caminando de regreso a nuestra mesa.
Tomó una gruesa carpeta contable y la levantó en el aire para que el juez la viera—.
Su Señoría, tengo aquí los registros contables de la Finca Los Naranjos de las últimas dos décadas.
En la página cuarenta y dos, se detalla la crisis de la helada del 2019, donde se perdió el treinta por ciento de la producción.
En la página ochenta, la plaga del 2021 que requirió un cambio masivo en el sistema de fumigación.
Jack avanzó hacia el juez y le entregó una copia de los registros, antes de volverse hacia Marcos con una mirada letal.