Capítulo 27 Dentro de casa
Dentro de casa
* * *
La residencia tenía dos entradas.
Una era lo bastante pública para tener una cámara, un mostrador y un registro de cada visitante. La otra daba al camino de servicio y la usaban el personal de cocina, de lavandería y los contratistas de mantenimiento.
A las 06:11, la entrada de servicio se abrió sin una credencial registrada.
La alarma no sonó.
Valeria llegó antes del amanecer y encontró las luces del pasillo ya encendidas. Su blancura hacía que el edificio pareciera recién construido, aunque las paredes llevaban las marcas tenues de años de maletas, carritos de limpieza y manos apresuradas.
La cámara que cubría la puerta de servicio mostraba un pasillo vacío.
El registro de accesos no mostraba nada.
En el suelo, debajo de la cámara, Valeria encontró una línea estrecha de arena húmeda.
Llamó a Clara.
Después llamó a Adrián.
Él respondió al segundo tono.
—¿Estás a salvo?
—Esa no es la primera pregunta.
—Es la primera que voy a hacerte.
—Estoy a salvo. Por ahora.
La pausa en la línea contenía todo lo que él quería decir y no decía.
—Quédate donde estás —dijo Adrián.
—No.
—Valeria.
—Las pruebas están aquí.
—Tú no eres una prueba.
—Tú tampoco.
Adrián exhaló. —Voy para allá.
—Ven como capitán, no como mi guardia.
—Puedo ser ambas cosas.
—Ese es precisamente el problema.
Llegó siete minutos después, todavía con la ropa de entrenamiento. La humedad en la línea del cabello sugería que había corrido desde la cancha en vez de caminar desde el vestuario.
Vio la arena y se detuvo.
—¿Adónde lleva?
Valeria siguió la línea hacia el pasillo de la lavandería. Desaparecía cerca de una pila de toallas dobladas.
Una de las toallas tenía una pequeña mancha de arcilla roja.
No había arcilla roja cerca de la entrada de servicio de la residencia. Las canchas de entrenamiento del estadio usaban arena clara. El estadio visitante del siguiente encuentro usaba arcilla roja alrededor de la vía de transporte.
Adrián tocó la toalla, pero retiró la mano antes de que Valeria tuviera que detenerlo.
—Estás aprendiendo —dijo ella.
—No hagas que suene agradable.
El encargado de la lavandería llegó temblando. No había abierto la entrada de servicio. No había visto a nadie. Sin embargo, había encontrado en el cesto una chaqueta deportiva que no pertenecía a ningún residente.
En el bolsillo había una fotografía impresa de Valeria saliendo del estadio.
La habían tomado desde el lado opuesto de la cancha.
Adrián la miró.
Esta vez ella lo vio elegir antes de actuar. No extendió la mano hacia ella. No le dijo que se fuera. Esperó.
Valeria se colocó a su lado.
—Hagámoslo como corresponde —dijo.
—Sí.
La palabra sonó a contención y a miedo al mismo tiempo.
La amenaza entró por los sistemas domésticos corrientes del club.
Una entrega de comida fue redirigida a la residencia de Bruno. Apareció una solicitud de mantenimiento para la cerradura del apartamento temporal de Valeria. El código de seguridad de la casa que usaba el conductor de Adrián fue restablecido sin aviso.
Ninguno de esos cambios parecía espectacular.
Ahí estaba el peligro.
Valeria permanecía en el pasillo del apartamento mientras un cerrajero examinaba el teclado de la cerradura. Adrián esperaba afuera con Clara y un agente de seguridad.
—¿Quieres que entre? —preguntó Adrián.
—¿El cerrajero?
—Yo.
Ella lo miró. —Estás preguntando.
—Dije que lo haría.
—Entra.
Adrián entró sin tocarla.
El apartamento se había convertido en un lugar de trabajo: expedientes sobre la mesa, un segundo teléfono cargándose junto a la lámpara, una chaqueta sobre el respaldo de una silla. El espacio ya no parecía temporal. Eso volvía la alteración de la cerradura más íntima que el mensaje amenazante.
—¿Quién tenía el código? —preguntó él.
—El propietario, el personal de mantenimiento del edificio y yo.
—¿Y el club?
—El club consiguió el apartamento.
Adrián la miró.
—Lo sé —dijo ella—. Por eso importa.
La investigación había comenzado dentro del club. Ahora sus sistemas llegaban a los lugares donde la gente dormía, comía y dejaba las llaves.
Adrián se quedó junto a la ventana. —Deberías quedarte en mi apartamento.
—No.
—Te lo pregunté.
—Lo propusiste.
—Entonces, ¿qué propones tú?
—Lugares separados. Confirmaciones compartidas de que estamos bien. Nadie traslada a ninguno de los dos sin avisar por escrito.
El rostro de Adrián se tensó. —Eso suena a separarnos.
—Es una separación operativa.
—¿Y en lo personal?
—Lo personal permanece.
Él miró hacia la puerta y volvió a ella.
—Consigues hacer que las dos cosas suenen inconexas.
—Porque no son la misma cosa.
—Me estás pidiendo que te deje sola.
—Te pido que no conviertas la cercanía física en una prueba de amor.
Adrián lo asimiló despacio.
—Todavía no sé cómo hacerlo —dijo.
—Entonces aprende.
El cerrajero terminó. Se había generado y registrado el nuevo código. La primera notificación le llegó solo a Valeria, aunque el administrador del edificio conservaba el acceso administrativo.
Adrián esperó afuera mientras ella entraba sola.
Valeria lo observó desde la puerta abierta.
Había respetado el límite.
El alivio no era romántico.
Era el primer paso de la reparación.
La entrega de comida redirigida no contenía ninguna amenaza.
Tenía una etiqueta dietética equivocada, un código de entrega duplicado y una factura cargada a la cuenta del club. El proveedor había cometido un error administrativo corriente.
Valeria estuvo a punto de descartarlo.
Entonces notó que la dirección de entrega se había cambiado dos veces en la misma hora y que el código del edificio se había enviado a un número de un exempleado del club.
El hecho no era un ataque. Era una prueba de cómo los sistemas corrientes transportaban información.
Adrián quería que seguridad escoltara a Valeria a todas partes. Ella se negó. En cambio, crearon un protocolo para confirmar que ambos estaban bien, aplicable a los dos sin convertir la vida cotidiana en una caravana de escoltas.
En el apartamento, él aprendió a anunciarse desde el pasillo. Ella aprendió a decirle cuándo quería compañía antes de que el silencio se volviera un desafío.
Las reglas eran menos dramáticas que la protección.
Funcionaban con más frecuencia.
La cerradura del apartamento no había sido hackeada.
Al día siguiente, el administrador del edificio había usado su acceso administrativo para darle el nuevo código a un trabajador de reparaciones que no tenía programado entrar en el piso de Valeria. El trabajador había ido a inspeccionar una mancha de humedad, no encontró ninguna fuga y se marchó.
No había pasado nada.
Eso no volvía aceptable aquel acceso.
Valeria habló con el administrador mientras Adrián esperaba afuera. El hombre se disculpó repetidas veces y ofreció cambiar el teclado de la cerradura.
—¿Entiendes por qué la disculpa no basta? —preguntó Valeria.
—Porque el trabajador no debió tener el código.
—Porque no puedes decirme si lo usó para entrar en este piso o en otro.
El administrador consultó el registro. El código se había usado una vez, a las 16:18, durante cuarenta y dos segundos.
El hecho se incorporó al caso como un fallo del sistema doméstico, no como un ataque.
El administrador del edificio de Valeria aceptó revisar todos los códigos de acceso usados durante el mes anterior.
La revisión encontró un código de limpieza, otro de plomería, dos anulaciones de emergencia y un código temporal creado para una entrega que nunca llegó.
El código de la entrega no realizada no estaba relacionado con la investigación. Lo había creado un inquilino que olvidó cancelar un pedido.
El hallazgo irritó a Valeria porque hacía que el sistema pareciera corriente otra vez.
Adrián la comprendía.
—Quieres que la amenaza sea algo especial —dijo.
—Quiero que la causa sea visible.
—A veces lo visible es una lista de errores estúpidos.
—Eso no me tranquiliza.
—Son evitables.
Redactaron un protocolo para el edificio que no dependía de que alguno de los dos fuera famoso o estuviera bajo investigación. Se aplicaba a todos los inquilinos.
El administrador se resistió hasta que Valeria le mostró cuántos códigos temporales había.
El nuevo sistema resultaba incómodo para todos.
Así supieron que había empezado a funcionar.