Capítulo 24 ¿Qué somos?
¿Qué somos?
* * *
Decidieron cuánta privacidad tendría su relación dentro de un auto estacionado frente al estadio, porque ninguno confiaba en que una habitación tranquila facilitara la conversación.
—No quiero que el club decida qué somos —dijo Valeria.
—Yo tampoco.
—No quiero que nuestra relación se convierta en una prueba a favor o en contra de ninguno de los dos.
—Para algunas personas ya lo es.
—Entonces tenemos que ser precisos.
Él se volvió hacia ella. —Quieres fijar condiciones.
—Quiero tomar una decisión.
—Son cosas distintas.
—Para mí, no.
Valeria puso ambas manos sobre su regazo. —Sigo eligiéndote. No elijo que tu carrera, tu club, tus aficionados o tu miedo dirijan mi vida.
Adrián sostuvo su mirada.
—Sigo eligiéndote —dijo—. No elijo dirigir tu trabajo, tus decisiones ni tu seguridad sin tu consentimiento.
La frase no era romántica en el sentido habitual.
Era mejor que lo habitual.
—¿Nuestra relación es privada? —preguntó ella.
—Por ahora.
—¿Estamos escondidos?
—No.
—Hay una diferencia.
—Lo sé.
—¿De veras?
Él extendió la mano hacia la de ella y esperó.
Valeria se la dio.
—Tener privacidad significa que elegimos a quién dejamos entrar —dijo él—. Estar escondidos significa dejar que otros decidan si nuestra existencia es un problema.
Ella miró sus manos unidas.
—Es casi una buena respuesta.
—¿Casi?
—Todavía estamos en un auto bajo una lámpara averiada.
—El escenario no es culpa mía.
—Es un escenario muy de arquero.
Adrián le besó los nudillos. —¿Subirás conmigo?
—Esta noche no.
Él asintió y la ausencia de decepción se sintió como una forma de respeto.
Ella se inclinó por encima de la consola y lo besó una vez.
—Dije que esta noche no —le recordó.
—Entiendo.
—Bien.
—De todos modos recordaré el beso.
—Ese es tu problema.
Él sonrió. —Tengo varios.
No le contaron al resto del club cómo pensaban manejar el hecho de que los vieran juntos.
Durante dos días, la relación existió en fragmentos prácticos: una mano en la parte baja de la espalda de Valeria mientras cruzaban un pasillo lleno de gente, un mensaje para preguntarle si había comido, Adrián esperando en el auto mientras ella terminaba una entrevista.
La cautela no tenía nada de emocionante. Era administrativa y agotadora.
—Por eso no me gusta que nos comportemos como si estuviéramos escondidos —dijo Valeria.
—Dijiste que queríamos privacidad.
—La privacidad exige elegir. Esto se parece a gestionar un problema.
Él apagó el motor. —Entonces elijamos.
Repasaron con Clara la declaración que ya habían hecho y le dijeron directamente a Ferrán qué límites mantendrían. Ninguno de los dos reaccionó de manera dramática. Ferrán preguntó si Adrián todavía podía seguir una instrucción táctica aunque no estuviera de acuerdo con el informe de Valeria.
—Sí —dijo Adrián.
Ferrán miró a Valeria. —¿Y ella?
—Sí.
—Entonces llevan ventaja sobre la mayoría de los matrimonios.
La segunda conversación no hizo más seguro al club. Hizo más llevaderos los controles.
Asistieron a un evento benéfico del club porque Ferrán dijo que faltar generaría más especulaciones que presentarse.
El evento se celebró en el patio de un museo. Los aficionados le pedían fotografías a Adrián. Un niño le preguntó a Valeria si era la persona que había hecho que el club cambiara las normas de seguridad.
—Ayudé —dijo Valeria.
—¿Atraparon a los malos?
—Seguimos trabajando.
El niño pareció decepcionado.
Adrián se agachó. —La mayoría de los trabajos importantes lleva más tiempo que un partido.
El niño lo pensó y luego pidió una foto con los dos.
La petición era inocente y complicada. Valeria miró a Adrián. Él no respondió por ella.
Valeria aceptó.
La fotografía mostraba a tres personas sonrientes bajo las luces del museo. No revelaba nada de la investigación. Sí mostraba que, a veces, podían elegir ser vistos en formas pequeñas e inofensivas.
La decisión de preservar su privacidad generó pequeños problemas prácticos.
Valeria no podía asistir a todos los partidos sin dar la impresión de representar a la investigación. Adrián no podía visitarla por la entrada principal de su apartamento sin que lo reconocieran. Eligieron lugares neutrales y descubrieron que rara vez eran románticos.
Una noche comieron sándwiches en un estacionamiento porque todos los restaurantes cerca del estadio estaban llenos.
—Esto es culpa tuya —dijo Valeria.
—¿Por ser famoso?
—Por elegir el fútbol.
—Tenía ocho años.
—Debiste elegir el ajedrez.
Él le dio la mejor mitad del sándwich.
—Eso no sustituye una mesa —dijo ella.
—Es una negociación.
Ella la aceptó.
La relación no era menos real porque el entorno fuera incómodo. Se volvió más real porque tenían que crear privacidad con retazos de la vida cotidiana.
Adrián llevó a Valeria a un pequeño pueblo costero un día en que el equipo no entrenaba.
De niño había jugado allí un torneo que su padre aún recordaba con detalles innecesarios. La cancha había sido reemplazada por un jardín público. Detrás de una de las porterías quedaba un muro de piedra.
—¿Eras arquero aquí? —preguntó Valeria.
—Era un niño que se paraba cerca de una portería.
—Así empieza un arquero.
Caminaron junto al agua sin hablar del proveedor, de los registros de acceso ni del expediente de Marta. Durante la primera hora, Valeria siguió esperando que el silencio se volviera irresponsable.
Después compraron pan en una panadería y discutieron sobre si el dueño había reconocido a Adrián.
—Sí me reconoció —dijo él.
—Reconoció el acento.
—Me reconoció a mí.
—Tienes una opinión muy elevada de tu fama.
—Soy una figura pública.
—Eres un hombre que olvidó el protector solar.
Él compró un frasco y se lo aplicó en la nuca mientras ella se reía.
El día no hizo avanzar el caso.
Les dio un lugar en la vida del otro que no había nacido del peligro.
Salieron del estadio a pie porque las calles estaban llenas y ninguno quería un auto, un conductor ni otra conversación encerrados.
La noche olía a lluvia y a pan caliente de una panadería que cerraba en la esquina. Los aficionados pasaban junto a ellos con bufandas, discutiendo por el árbitro. Un niño pateaba una botella de plástico por la acera hasta que su padre le dijo que parara.
Valeria caminaba con las manos en los bolsillos del abrigo. Adrián llevaba la carpeta con las notas del día, aunque ella le había dicho dos veces que no pesaba.
—La llevas porque crees que es tu responsabilidad —dijo Valeria.
—Es tu carpeta.
—Exactamente.
Él se la entregó.
Valeria dio tres pasos y se la devolvió. —Puedes llevarla.
—Eso parece contradictorio.
—Es algo normal. La gente puede cambiar de opinión.
Cruzaron con el semáforo. Durante varios minutos hablaron de cosas ajenas al club.
Adrián le contó de un arquero al que admiraba de niño, un jugador cuyo mayor talento era hacer que las atajadas difíciles parecieran inevitables.
Valeria le habló de un profesor que le había enseñado que una buena pregunta podía ser más ética que una respuesta apresurada.
—¿Le creíste? —preguntó Adrián.
—Al principio, no.
—¿Qué cambió?
—Hice una pregunta mejor.
Él la miró de reojo. —¿Cuál?
—¿Quién se beneficia cuando acepto la primera explicación?
Llegaron al puerto. Más allá de las lámparas, el agua era negra y el viento traía el sonido lejano de la bocina de un ferry.
—Nunca desconectas —dijo él.
—Tú tampoco.
—Yo sí desconecto del fútbol.
—¿Cuándo?
Él consideró la verdad. —A veces, cuando estoy contigo.
Las palabras eran demasiado sinceras para ser seguras. Adrián esperaba que ella hiciera un chiste. No lo hizo.
—Es un buen comienzo —dijo.
Él se detuvo cerca de la baranda. —¿Cómo quieres que sean nuestras vidas cuando termine esta investigación?
Valeria miró hacia las luces de la orilla opuesta.
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta que tengo.
Adrián la aceptó porque comenzaba a entender la diferencia entre la incertidumbre y el rechazo. Valeria no lo estaba rechazando. Se negaba a prometerle una forma a la relación antes de vivir lo suficiente para conocer sus dimensiones.
Siguieron caminando. Frente al edificio de ella, Valeria tomó la carpeta de las manos de Adrián.
—Gracias —dijo.
—¿Por cargarla?
—Por no pedirme que aclarara el futuro esta noche.
Él tocó la baranda junto a la mano de Valeria. —Quería pedírtelo.
—Lo sé.
—Estoy mejorando.
—Eso sigue bajo revisión.
Ella lo besó en la entrada, brevemente y por decisión propia. Luego subió con las pruebas, mientras él volvió caminando a casa por las calles húmedas, sin llevar nada más que el recuerdo de la boca de ella y la certeza de que la paciencia podía ser una elección activa.