El pecado de Ghost (MC Forsaken Angels nº 6) GHOST #2
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GHOST #2

Mi habitación. Al final del pasillo. Cerré la puerta tras nosotros.

Ella se quedó de pie en el centro, con la chaqueta todavía puesta, recorriéndolo todo con la mirada.

Una cama, una silla, una lámpara. La habitación de un hombre que nunca había acumulado nada porque acumular cosas significaba admitir que pensabas quedarte.

—No es mucho —dije.

—Es tuyo.

Me buscó la mirada.

—Con eso basta.

Nos sentamos en la cama. Las máscaras habían caído.

—¿Cuál es tu verdadero nombre? —preguntó.

—Ethan.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, sorprendida.

—Ethan. Es muy normal.

—Siento decepcionarte.

—No, es que...

Se rio en voz baja, casi sin querer.

—Llevo tres semanas ensayando esta conversación en mi cabeza y ni siquiera sabía tu nombre.

—¿Qué más quieres saber?

—Todo.

Subió las piernas a la cama y se giró para mirarme. Hablamos. No fragmentos y silencios esta vez. Conversación de verdad, de esa que surge cuando dos personas se han quedado sin razones para guardarse nada.

Me habló de su padre. El amor que también era posesión.

Me contó que su madre se había marchado cuando ella tenía nueve años, que había mirado el rostro de su padre y había decidido que nunca le daría otra razón para perder a alguien.

Me habló de crecer en el mundo de los Jackals, de amarlo por completo porque era el único mundo que conocía, y de entender con claridad, con la precisión de una mujer que prestaba atención, exactamente lo que costaba y exactamente quién pagaba.

Le hablé del ejército. No todo, pero lo suficiente.

La baja. La línea que había mantenido y que destruyó mi carrera.

Los hombres a los que me negué a traicionar y los mandos que me castigaron por negarme.

Cómo Angel me había encontrado en un bar de Missoula cuando iba camino de ninguna parte buena y me ofreció un propósito antes de ofrecerme un parche.

—¿Por qué eres tan callado? —preguntó.

—Costumbre. Aprendes a ser invisible cuando hacerte visible hace que la gente salga herida.

—Eso no es lo que pregunté. La costumbre es el cómo. Yo pregunté el porqué.

La miré. Estaba sentada cerca, con su rodilla contra la mía, los hombros relajados, la cautela desvanecida. Hacía la pregunta que nadie hacía porque nadie se acercaba lo suficiente para siquiera pensarla.

—Porque me da miedo lo que ocurre si no lo soy.

Me sostuvo la mirada. Luego se inclinó y me besó. Despacio. Su mano en mi mandíbula, como me había sujetado en el pasillo, firme, deliberada, un acto de posesión. Sin fuerza. Pura elección.

Le devolví el beso. Con cuidado. Medido. Esto no tenía nada que ver con el pasillo. La urgencia había desaparecido. En su lugar había algo más lento, más profundo, un deseo que no tenía prisa porque pretendía durar.

La recosté en mi cama. Le quité la chaqueta primero, luego la camisa, pasándosela por encima de la cabeza mientras ella alzaba los brazos para mí.

Su sujetador era oscuro contra su piel. Lo desabroché despacio, viendo cómo los tirantes se deslizaban por sus hombros, viendo cómo la tela caía.

Era hermosa. Lo había sabido en el pasillo, pero no había tenido tiempo de mirarla bien, no había tenido el lujo de verla sin que la urgencia lo nublara todo.

Ahora la miraba. La curva plena de sus pechos, la hendidura de su cintura, la suave redondez de su vientre donde crecía nuestro hijo.

Catorce años entre nosotros. Su piel tersa donde la mía estaba marcada.

Su cuerpo blando donde el mío era duro. El peso de su confianza, y el cuidado que exigía.

Deslicé el pulgar a lo largo de su clavícula. Hacia abajo, entre sus pechos. Por sus costillas, sintiendo cómo se expandían con cada respiración. Se estremeció, pero no de frío.

—Me estás mirando fijamente —dijo.

—Sí.

—Es intenso.

—Lo sé —incliné la cabeza y apoyé los labios en su garganta—. Dime que pare y paro.

—Ni se te ocurra.

Fui besándola hacia abajo. Despacio, con deliberación, tomándome mi tiempo con cada centímetro.

Su garganta, su clavícula, el hueco entre sus pechos.

Le tomé uno con la mano, el pulgar trazando círculos alrededor del pezón, y lo sentí endurecerse bajo mi tacto mientras besaba el otro, mi lengua recorriendo la curva, arrancándole un sonido grave, involuntario.

Me demoré allí. Aprendiendo qué presión la hacía jadear, qué ritmo hacía que sus caderas se movieran contra las sábanas.

Se arqueó hacia mi boca, con los dedos enredados en mi pelo, sujetándome contra ella.

Bajo su ombligo apoyé la boca contra su piel, con las manos enmarcando sus caderas, y me quedé allí. Respirando. Sintiendo su calor contra mis labios, la ligera firmeza bajo la piel, casi imperceptible. Lo que habíamos creado en un pasillo a oscuras siete semanas atrás.