Ilustración
Las letras en mayúsculas captaron mi atención. Bien podría pedir que me liberaran de la Fundación George y hacer la residencia sobre el terreno.
Son solo seis meses; pasarán rápido.
No tuve valor para volver al apartamento de Giulia con su padre allí, así que, como no sabía qué iba a pasar, dejé una maleta con ropa en mi cuarto de la residencia para recogerla después, junto con tres maletas de mi amiga.
Vuelvo a la residencia para descansar y avisarle a Giulia de que estoy bien y de que me quedaré allí hasta que su padre se marche, ya que él había dicho que solo estaría una semana.
Al llegar al edificio de la residencia, uso una de las monedas que llevo en el bolsillo para llamar a mi queridísima mejor amiga.
—¿Alessa?
Su voz suena preocupada, y me maldigo por haberla inquietado.
—Sí, estoy aquí en la residencia. Dormiré aquí. No te preocupes. Mañana hablamos —digo, suspirando.
—Alessa, perdóname. No quería ponerte en un aprieto. Yo... yo...
Oigo la preocupación en su voz, y eso tampoco es lo que quería. Antes de que pudiera responder, oí la voz de él.
—Déjame hablar con ella.
—Mattia, no te preocupes. Me quedaré aquí. Lo que pasó fue genial, pero hasta aquí llegamos. —Ni siquiera le doy la oportunidad de decir nada; cuelgo el teléfono.
Giulia no dejará que venga a buscarme; me conoce bien y sabe que es mejor dejarme sola ahora mismo.
Como no tengo el móvil, voy a la sala de ordenadores para enviar mi solicitud y actualizar mi situación, a ver si hay algún destino disponible. Después de casi tres horas de búsqueda, por fin consigo la dirección para ir mañana a entregar mi currículum.
Hoy es domingo, pero mañana a primera hora estaré en el hospital para comunicarles que ya he enviado mi solicitud.
Como diría mi profesora de psicología aplicada:
«Ojos que no ven, corazón que no siente».