Ilustración
Le succiono los labios, saboreando el alcohol que debió de tomar antes de venir. La mantengo atrapada entre mi cuerpo y las estanterías mientras deslizo la mano por su cuerpo hasta encontrar la cremallera del vestido y bajarla lentamente.
Inclina la cabeza para dejarme besarla, y el perfume que lleva me enloquece aún más.
—Déjame llevarte a otro sitio... —le pido otra vez.
—¡No! —dice entre risas.
—Entonces date la vuelta... —Saco la cartera del bolsillo trasero y cojo el preservativo que guardo ahí.
Me lo pongo, ansioso por descubrir lo deliciosa que puede ser, mientras la observo subirse el vestido y dejar caer los tirantes del hombro, con la tela aún pegada al cuerpo.
No lleva ropa interior, como si supiera que tendríamos este pequeño encuentro, o quizá solo quería evitar marcar la tela de su precioso vestido.
Me aferro a sus caderas y guío mi erección hacia su entrada. Noto que apoya un pie en el primer estante para abrirse más. La penetro y siento sus paredes apretadas, casi como si estuviera intacta.
Embisto con más fuerza. Oigo su gemido entrecortado de placer y dejo escapar un gruñido más fuerte de lo que debería mientras la penetro con rabia por estar aquí, en las profundidades de una biblioteca. Quería tenerla en una cama, entre mis brazos.
Le aprieto la cintura, y ver las marcas de mis dedos en su piel blanca me provoca una sensación extraña que no reconozco.
—No pares... —suplica.
Acelero el ritmo a medida que su cuerpo da señales de acercarse al orgasmo. Le deslizo la mano por el cuello y aprieto ligeramente mientras la atraigo hacia mis labios. De algún modo, siento cómo se contrae a mi alrededor, lo que facilita nuestra fricción.
—Necesito correrme, mia cara —dice, y su cuerpo parece tenso.
Nuestros gemidos acaban siendo un poco más fuertes de lo que deberían, y deslizo la mano por su cuerpo hasta alcanzar el coño que me aprieta como si me estrangulara.
Le rodeo el clítoris con el dedo y masajeo hasta que alcanza el orgasmo.
Me encanta verla relajarse contra mi pecho y arquear ese generoso trasero aún más para hundirme en esa carne deliciosa.
Embisto dos veces más y le dejo un mordisco en el hombro, recreándome en el frenesí que siento al vaciarme dentro del preservativo.
Apoyo la frente en su espalda e intento controlar la respiración para poder salir de allí e ir a buscar a Giulia.
—Sé que ha sido genial, pero tengo que irme —dice mientras se endereza y se arregla el vestido.
No entiendo las prisas que tiene mientras se arregla el vestido y se coloca los mechones rubios que se le habían soltado de la trenza. Cuando da dos pasos para alejarse, miro el preservativo manchado de sangre.
Entonces caigo en la cuenta de lo que acaba de pasar.
He sido un maldito idiota que le ha quitado la virginidad a una mujer de la peor manera posible. Veo que está blanca como la cera y empieza a alejarse de mí, asustada.
—Oye, espera... —grito mientras me visto a toda prisa.
Me quito el preservativo y lo tiro a la papelera más cercana mientras intento encontrar a la mujer que ni siquiera me ha dicho su nombre. No tengo ni idea de si es estudiante o familiar de alguien de George Washington.
Cuando por fin salgo de la biblioteca, no la encuentro. No está en la entrada ni la reconozco entre la gente que se dirige al auditorio.
—¡Stupido! —me maldigo en mi idioma, irritado.
La única opción es ir a buscar a mi hija e intentar encontrar a esta chica más tarde. Tengo que arreglarlo; una mujer no debería perder la virginidad así.
Camino enfadado hacia donde se celebra la fiesta. Hay una recepcionista y me presento para averiguar dónde debo estar. Por un golpe de suerte, acabo encontrando a Giulia al otro lado del auditorio, esperando algo.
Me siento donde me indican y no le quito ojo a mi hija, esperando que sienta mi mirada y me busque.
Algunas promociones tienen ceremonias de graduación, mientras que la de mi hija empezará la residencia el próximo semestre. Según lo que dice el orador, su promoción ha sido aceptada en un excelente programa de residencia.
Empiezo a sentirme orgulloso, sabiendo que mi Antonella estaría tan orgullosa como yo de nuestra pequeña. La fiesta de graduación de los otros estudiantes no es muy larga, y cuando por fin consigo captar la atención de Giulia, sus ojos se iluminan como un letrero de neón. Sonrío al ver su felicidad.
Se despide de varios compañeros y viene hacia mí con los brazos abiertos. Le doy un beso en la frente y la miro con orgullo.
—No podría estar más orgulloso de ti, mi piccola —digo, rebosante de emoción.
—¡Pensaba que vendrías mañana! —dice con los ojos llorosos.
—¿Y perderme todo esto? Nunca...
La llevo a un lugar más tranquilo. Sé que van a tener una fiesta con un DJ brasileño que está muy de moda, y todos están deseando que empiece.
—¿No quieres quedarte? —Se agarra a mi brazo mientras volvemos adonde estaba hace un momento.
El grupo que va con ella al programa de residencia no es muy grande, solo cuatro estudiantes.
—Solo falta Alessa; ha dicho que iba a por las lentillas —explica Giulia con una sonrisa.
No tengo intención de quedarme mucho tiempo, sobre todo porque no me gusta el ruido ni estar rodeado de tanta gente. Creo que me estoy haciendo viejo, y prefiero con mucho una copa de vino con algo de queso y música tranquila para saborear el logro de una noche.
Me habría gustado hacer eso con la chica de la biblioteca, pero como se esfumó, me quedará el peso en la conciencia.
—Cariño, me voy ya, pero espero verte mañana para comer —digo, y le doy un beso en la mejilla.
Su mirada triste casi me convence, pero esta pequeña ya no puede engañarme. Puede que sea un padre ausente, pero a nuestra relación no le falta amor.
—Es una pena que no puedas quedarte más; quería presentarte a Alessa —dice, y pongo los ojos en blanco.
Como si fuera a acordarme de otra chica al día siguiente. Antes de que pueda despedirme, siento una presencia a mi lado.
—¿Presentarme a quién? Espero que sea un chico guapo. —Me quedo helado al reconocer la dulce voz a mi lado.