7
El zumbido de los tubos fluorescentes de la sala de despiece era el único sonido que rompía la quietud.
El ciervo colgaba boca abajo de una polea giratoria anclada en una viga de acero.
Lo habían izado por las patas traseras, atadas con ganchos metálicos por los tendones.
Las patas delanteras pendían laxas, la cabeza colgaba inerme, los ojos ya opacos, sin brillo.
Bajo el animal, la rejilla del suelo recibía los últimos hilos de sangre.
Volkov se acercó sin prisa. Se detuvo frente al vientre del ciervo y pasó una mano enguantada por el pelaje oscuro.
Luego, con un cuchillo largo de hoja curva hizo la primera incisión.
Empezó en el centro, justo bajo el esternón, y abrió en línea recta hasta la pelvis.
El corte fue firme, pero contenido, sin perforar los órganos.
La clave estaba en no dañar las vísceras, especialmente el estómago y los intestinos.
Separó los bordes con los dedos y extrajo con sumo cuidado el paquete visceral. Primero sacó el tubo digestivo, que dejó caer sobre el suelo. Luego los pulmones, el hígado, los riñones, todo dispuesto en orden sobre una bandeja metálica.
—La mayoría abre con demasiada fuerza —dijo, sin apartar la mirada del cuerpo—. O con miedo. Y entonces lo estropean todo.
Isabel Medina lo observaba desde un par de metros de distancia. No había retrocedido ni un paso. Llevaba un delantal idéntico al suyo, impecable todavía. El rostro impasible.
Volkov extrajo el corazón y lo sostuvo unos segundos en la palma.
Con el cuchillo pequeño, hizo un corte limpio.
Separó un fragmento del tamaño de una nuez y se lo llevó a la boca.
Masticó despacio, cerrando apenas los ojos.
Después tragó. Luego cortó otro pedazo y lo dejó sobre una lámina de acero pulido, como una ofrenda.
Isabel avanzó un paso. No preguntó. No titubeó.
Lo tomó entre dos dedos, lo sostuvo un segundo sobre la palma, y luego lo colocó en la lengua. No cerró los ojos al masticar y tragar.
Volkov limpió el cuchillo con una bayeta húmeda y volvió a pasarlo por la piedra. El ciervo seguía colgado, ya sin vísceras. Él se irguió, se quitó el guante derecho, lo dejó sobre la mesa y se giró levemente hacia ella. Habló como si retomara una conversación ya sabida.
—El consejo votará esta semana. No habrá oposición.
Tomó de nuevo el otro cuchillo de menor tamaño e hizo dos cortes a la altura de las pezuñas traseras. Con suavidad, trazó una línea descendente y abrió la piel con la ayuda de la otra mano. La carne magra color granate empezó a mostrarse bajo la piel del animal.
—Serás la nueva presidenta de la empresa, con poder para la toma de decisiones. Todo marcha según el plan previsto.
Isabel se acercó al animal.
—Pensaba que estaría lleno de sangre —mencionó con el labio fruncido y tocó la parte recién despellejada.
Volkov sonrió. Con la mano enguantada, siguió desprendiendo la piel, tirando de ella con un movimiento firme y constante. La parte trasera del ciervo quedó al descubierto, con músculos bien definidos y fibras tensas bajo una película translúcida.
—La sangre confunde —dijo al fin, sin mirarla—. Lo hace todo más dramático, más emocional. Pero esto —señaló el costado desnudo del animal— es solo técnica.
Dejó que la piel cayera con un sonido húmedo y se inclinó para cortar la articulación de la cadera. Un chasquido seco marcó el momento exacto en que el tendón cedió. Luego insertó el cuchillo entre los músculos, separando con delicadeza el cuarto trasero .
—Todo marcha según el plan previsto —repitió Volkov mientras colocaba el cuarto trasero sobre la mesa de acero. La pieza, aún tibia, soltó un leve vapor cuando tocó la superficie fría.
Isabel dio un paso más, observó el cuerpo ya despellejado en buena parte, y dejó que la mirada recorriera la línea de la columna vertebral.
—¿Puedo? —preguntó.
Volkov asintió con un leve movimiento de la cabeza y deslizó el cuchillo hacia ella por la mesa.
Isabel lo tomó con seguridad. Se colocó junto al ciervo, estudió un instante la anatomía del lomo y colocó los dedos sobre la parte alta de la espalda del animal, justo donde comenzaba el músculo más largo y uniforme.
—Aquí empieza el lomo, ¿no?
Volkov cruzó los brazos y la observó, sin intervenir.
—Justo ahí. Sigue el borde del espinazo. Desliza el filo con la base del cuchillo, no con la punta. Que corte el peso, no la fuerza.
Isabel obedeció. Inició el corte con cuidado, notando cómo la hoja encontraba resistencia en la fascia que separaba el músculo del hueso. A medida que avanzaba, se sorprendió de la limpieza del proceso, de la precisión que exigía. El músculo se iba soltando con elegancia.
—Es curioso —dijo, sin apartar la vista del corte—. Esperaba algo más complicado.
Isabel extrajo el primer tramo de lomo. Lo dejó sobre una bandeja. Sus dedos estaban manchados, pero su expresión no había cambiado.
—Recibí una llamada ayer —prosiguió —. Dos investigadores privados. Quieren verme. Dicen que solo tienen unas preguntas.
Volkov se quedó pensativo unos segundos.
—Recíbelos —dijo al fin, con la voz aún más baja de lo habitual—. Mira qué quieren. Quién los manda. Qué saben. Y rápido .
7
La idea de Nora de hacer un alto en el camino para reponer fuerzas se había ido al traste con la llamada del director de comunicación de la empresa Terra Nova.
La directora de expansión del grupo había accedido a recibirlos en la sede que albergaban en el mismo centro de Toledo.
Allí, entre muros centenarios, la empresa constructora había rehabilitado un convento del siglo XVI para convertirlo en su sede institucional, con claustros convertidos en despachos acristalados, escalinatas de mármol y bóvedas restauradas.
Les recibió un vigilante de traje oscuro, discreto pero atento, que tras identificarlos los acompañó hasta el interior.
El claustro central, ahora cubierto por una cúpula de cristal, dejaba entrar la luz del mediodía que se filtraba entre las columnas.
A cada lado, pasillos se abrían hacia salas de reuniones, oficinas y archivos digitalizados.
—La señora Medina los recibirá en la sala del refectorio. Les ruego que me acompañen.
El vigilante giró sobre sus talones y emprendió la marcha por uno de los corredores laterales.
Cada tramo de pared estaba ocupado por obras originales de autores fácilmente reconocibles.
Un grabado de Chillida junto al ascensor.
Un óleo menor pero auténtico de Tàpies. En una hornacina restaurada, un busto clásico montado sobre una peana de piedra, sin cartel.
Más adelante, un Rothko temprano, con marco sin cristal, como si la tela pudiera respirar mejor sin intermediarios.
Los suelos eran de mármol y los techos conservaban las molduras originales. El vigilante se detuvo ante una puerta doble de madera tallada, antigua pero reforzada con un sistema de apertura electrónico apenas visible. Pulsó un código. El mecanismo emitió un clic seco. Empujó una hoja con suavidad.
—Pueden pasar.
La puerta se abrió con un leve susurro. Un despacho rectangular, de proporciones contenidas, con techos altos abovedados en los que aún se adivinaban trazas de estuco original, restaurado sin alterar su sobriedad.
Las paredes, de un blanco cálido, estaban interrumpidas por paneles de roble mate que ocultaban estanterías empotradas.
Sobre una de ellas, en el centro exacto, un lienzo de Antonio López mostraba una vista hiperrealista de Toledo al atardecer.
Había una mesa de trabajo con una lámpara de brazo articulado, un portátil cerrado, y un tintero de cristal con pluma estilográfica.
Nada más. Sentada tras la mesa, sin necesidad de levantarse, Isabel Medina los esperaba.
Traje negro sin adornos, americana entallada, el cabello liso peinado tras las orejas.
Ni una joya, salvo un anillo fino en el índice derecho. La mirada firme, la espalda recta.
—Señorita Delgado. Señor Lobo —dijo, sin sonrisa, sin dureza.—. Gracias por venir. Les esperaba. Siéntense, por favor. Me han dicho que querían hablar conmigo. ¿Sobre Ignacio?
Isabel entrelazó los dedos sobre la superficie de la mesa. Nora asintió despacio, sin prisa, acomodándose en la butaca.
—Así es —respondió—. Solo intentamos entender qué ocurrió en los últimos días. Qué ambiente se respiraba a su alrededor. Si usted notó algo fuera de lo habitual.
—Ignacio llevaba años viviendo bajo presión. Eso, para él, era lo habitual —replicó—. Reuniones interminables, decisiones delicadas, conflictos con las licencias. Si me pregunta si estaba nervioso… siempre lo estaba. A su manera.
—Nos referimos a un cambio reciente—precisó Lobo .
La mujer negó con la cabeza.
—El Ignacio Ortigosa de toda la vida. Lamento que no pueda aportar más información. La pérdida es reciente y todavía cuesta encajarla.
—Somos conscientes —respondió Nora—. Pero es importante saber si usted considera que Ignacio se hubiera podido labrar enemistades, personas a las cuales les pudiera interesar que no siguiera con vida.
Isabel no respondió de inmediato. En su lugar, abrió lentamente un pequeño estuche de plata que descansaba en el cajón superior del escritorio. Extrajo un cigarro fino, largo, de capa clara. Lo sostuvo entre los dedos como si fuera una estilográfica y levantó la vista.
—¿Les molesta si fumo?
Lobo negó con un leve gesto de la cabeza. Nora se encogió apenas de hombros. Isabel lo encendió con un mechero soplete que sacó del mismo cajón. Una pequeña llama azul le iluminó el rostro un segundo. Dio la primera calada, exhaló despacio y luego sonrió, por primera vez desde que habían entrado.
—Si el consejo no cambia de parecer en el último momento, me nombrarán presidenta ejecutiva en la próxima reunión.
Una calada más. El humo se dispersó con lentitud, cargando el aire de tabaco y algo más denso.
—Imagino que para ustedes eso me convierte en candidata natural al crimen —remató.
Lobo no pestañeó.
—No creemos en las soluciones fáciles —dijo—. Pero lo cierto es que hay detalles que han levantado sospechas en la familia. El nivel de alcohol en la sangre era muy elevado y su hijo nos contó que su padre se moderaba con su consumo, como mucho una copa de vino en las comidas .
—¿Juan? —fue la primera vez que Isabel rio—. Juan Ortigosa es… cómo decirlo sin faltar. Un personaje. Uno de esos a los que cuesta tomarse en serio, aunque lo intentes. Y créame, Ignacio lo intentó.
Dejó que el humo se elevara lentamente antes de continuar
—Ha dado quebraderos de cabeza a su padre desde que tiene edad para hablar. No como hubiera querido. Y Juan lo sabía.
—Aun así —intervino Nora con voz pausada—, él asegura que su padre no bebía. No con ese grado de descontrol.
—Y seguramente lo cree —dijo Isabel, sin alterarse—. Pero él no ha estado en fiestas privadas con su padre. Créanme, a Ignacio le encantaba brindar con uno de esos whiskies de colección. MacCallan 30, si no me equivoco.
—¿Piensa usted posible que Ignacio se bebiera prácticamente una botella entera?
—En la gala, imposible —zanjó la mujer—.
No delante de desconocidos, Ignacio era un hombre astuto que sabía guardar las formas.
Ahora bien, desde que marchó del evento hasta el accidente, pasaron varias horas.
Yo no le acompañé aquella noche, pero bien pudo tener alguna visita en su ático del Retiro.
Y en ese caso, abrir una de sus botellas preferidas de las que guardaba en el mueble bar no me parece descabellado.
Isabel apartó suavemente el cigarro del rostro, como si el humo pudiera enturbiar la conversación.
—Dicho esto —añadió—, admito que hay algo que me intriga.
Nora ladeó apenas la cabeza.
—¿El qué?
—Que su hijo esté tan convencido de que no fue un accidente. Y no porque me parezca extraño que busque culpables, eso es humano. Lo que me sorprende es la determinación con la que lo dice. Casi como si supiera algo que no quiere contar .
—¿Lo ha hablado con él? —preguntó Lobo.
—Una conversación breve en el funeral. Tensa. Juan no me tiene estima. Me llamó la atención la forma en que me miró cuando le pregunté si necesitaba algo. Había algo en sus ojos, no sé cómo explicarlo.
Félix se paró a pensar. Solo se oía el leve crujir del cuero de las butacas cuando Lobo se recostó hacia atrás.
—¿Y usted qué cree, señora Medina? —preguntó Nora finalmente—. ¿Fue un accidente?
—No lo sé —dijo al fin—. Pero no se me ocurre que alguien tuviera interés en quitar la vida a Ignacio.
Y si lo que buscan es saber si puedo ayudar en algo más...
—añadió—, lo haré. Si hay algún dato que no haya salido a la luz que les pueda ofrecer y les parece útil volver a consultarme, no duden en hacerlo. Estoy a su disposición.
—Se lo agradecemos. No descartamos hacerle algunas preguntas en el futuro.
—Pues aquí estaré —dijo—. Si llegan a algo, háganmelo saber. Yo también quiero entender qué pasó. Porque si no fue un accidente, señor Lobo, señorita Delgado, entonces alguien ha sido muy meticuloso y tal vez haya más personas en peligro.