6 #3
—¿Y cómo explicas lo de Marc, eh? —replicó otro—. ¿Por qué lo han soltado? ¡Si es el sospechoso perfecto! ¡Y la Lorena, que es la última que la vio, siempre anda con él !
Lorena apretó el paso, sintiendo sus palabras en la nuca como piedras.
Se sentía observada, marcada. No solo como la chica que conocía al sospechoso.
Sino como alguien que podía saber algo. O, en la lógica retorcida del pánico, como alguien que podía estar involucrada.
«Todo es un circo. Y yo soy la payasa que no sabe que ya está en la pista».
El barrio entero se había convertido en un panal de rumores y sospechas.
Las calles, normalmente llenas de vida —aunque fuera vida miserable— a las pocas horas de anochecer, estaban desiertas.
Las persianas de los bares se bajaban antes.
Las mujeres no salían ni a comprar el pan.
Y los hombres, los muy valientes, patrullaban con sus palos, cazando sombras y señalando a cualquiera que fuera un poco diferente.
O un poco conocido por la policía. «Forasteros y Marc.
Los malos de la película. Porque es más fácil mirar hacia fuera, o hacia abajo, que admitir que el monstruo podría estar aquí al lado.
Podría ser el carnicero. O el panadero. O el marido de la señora Elvira.
Pero no. Mejor señalar al raro. Al que ya huele a culpa».
Llegó a la esquina de su calle y se detuvo.
Al otro lado, un grupo de esos vecinos vigilantes la miraba fijamente.
No le sonrieron. No saludaron. Solo la observaron, con sus linternas colgando como armas inertes.
Esperando, quizá, a que hiciera un movimiento en falso.
A que confirmara sus sospechas. Lorena bajó la cabeza y giró hacia su portal.
El eco del grito de Sonia, un grito que nadie había oído, resonaba en cada esquina, en cada mirada, en cada silencio elocuente.
El barrio se había paralizado. No por el dolor, sino por el miedo.
Y en ese miedo, todos eran sospechosos. Y todos, a la vez, eran víctimas.
Atrapados en una jaula de su propia fabricación, mugiendo en la oscuridad, esperando que el lobo eligiera a quién devorar a continuación .
El olor a lejía y cerveza rancia le golpeó las narices a Marc nada más traspasar la puerta del Balandro Oxidado.
Era como meter la cabeza en un cubo de recuerdos miserables.
Le latía la cicatriz de la ceja, un tic nervioso que siempre le volvía cuando sentía el peso de las miradas clavándosele en la espalda.
Todos los parroquianos callaron cuando él entró.
No hizo falta decir nada. Su presencia era un anuncio. «Aquí llega el monstruo. Sirvan otro».
Se acercó a la barra. Lorena no estaba. Solo Salinas, limpiando un vaso con un trapo que había visto mejores días, con esa calma de escorpión que tanto le caracterizaba.
—Marc —dijo, sin levantar la vista—. Qué honor. Pensé que estarías... de viaje.
—Necesito ver a Lorena.
—¿Para qué? ¿Para arrastrarla más al fondo? —por fin alzó la mirada. Sus ojos eran dos pozos negros, sin fondo—. Ya tiene bastante la chica. Con su tío, con el trabajo... y ahora con lo de la Sonia.
Ahí estaba. La trampa. La palabra «Sonia» colgando en el aire entre ellos, envenenada.
—Yo no tengo nada que ver con eso.
—¡Claro que no! —Salinas soltó una risa falsa, cortante—.
Tú no tienes nada que ver con nada. Eres un jodido santo.
Pero los maderos no piensan igual. Y los vecinos tampoco.
Dejó el vaso y se apoyó en la barra, bajando la voz—.
Mira, chaval, voy a ser claro. Este es un negocio.
Un negocio de pacotilla, pero es el mío.
Y no conviene tener a la policía merodeando por aquí cada dos por tres. Asusta a la clientela .
Marc apretó los puños en los bolsillos de la cazadora. «Clientela. Su rebaño de borrachos y desesperados. Eso es lo que le importa. Un imperio de lágrimas y cerveza caliente».
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que desaparezca?
—¡Sería un gesto de buena voluntad! —extendió los brazos, como si estuviera dando un sermón—. Un acto de generosidad hacia el barrio. Hacia este establecimiento. Hacia... Lorena. Volvió a nombrarla. Como un chantajista experto. Sabía dónde apretar.
—Ella no tiene nada que ver.
—¡Todo tiene que ver con todo, joder! —Salinas golpeó la barra con la palma de la mano.
El sonido seco resonó en el local silencioso—.
Tú vienes aquí, te juntas con ella, la poli te sigue, la gente murmura, el negocio se resiente...
y ahora una clienta desaparece después de hablar con ella.
¡Es una puta reacción en cadena! Y tú eres la primera ficha del dominó.
Marc lo miró fijamente. Vio el miedo detrás de la rabia. No era miedo a un asesino. Era miedo a perder los ingresos. A que su pequeño imperio de miseria se viniera abajo porque la policía asustaba a los borrachos.
—Así que, por el bien de todos —continuó Salinas, recuperando la compostura y el tono dulzón—, sería mejor que te buscaras otro sitio para pasar el rato.
Otro barrio. Otra ciudad. Lejos de aquí.
—La amenaza no era sutil. Era un ultimátum.
«Lárgate o lo lamentarás»—. Y si no —añadió, como leyéndole el pensamiento—, no me quedará más remedio que prohibirte la entrada.
Por la paz mental de mis empleados. De mis clientes.
«Tus empleados. Tu puta. Eso querrás decir».
Marc sintió una oleada de asco, tan espesa que casi podía saborearla.
Salinas estaba dispuesto a sacrificarlo.
A él, a Lorena, a quien fuera, con tal de mantener su chiringuito a flote.
Era la ley del más fuerte, y aquí, el más fuerte era el que controlaba el alcohol y la desgracia ajena.
—¿Lo has entendido, muchacho? —preguntó Salinas, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Marc asintió, lentamente. No había nada que decir. Nada que negociar. En este mundo, todos eran prescindibles. Él era prescindible. Y Salinas solo cuidaba de su propio culo.
—No vuelvas por aquí —fueron las palabras de despedida, dichas en un susurro cargado de veneno—. Por tu propio bien.
Marc dio media vuelta y salió a la calle.
La puerta se cerró a sus espaldas como un portazo final.
No era solo la expulsión de un bar. Era el destierro.
La confirmación de que no pertenecía a ningún sitio.
Ni siquiera a este agujero asqueroso. Caminó, sintiendo el frío de la noche y el calor de la humillación.
Salinas no tenía pruebas, no tenía nada.
Solo tenía miedo. Y con ese miedo, estaba dispuesto a condenarlo.
A señalarlo con el dedo para que los demás no miraran hacia él.
Porque en el fondo, el verdadero monstruo no era el que mataba mujeres.
Era el que permitía que todo siguiera igual, el que se beneficiaba de la miseria y el miedo.
Y ese, Salinas lo sabía mejor que nadie.
Fue el silbido del viento lo primero que rompió la mañana.
Un silbido raro, cargado de algo más que sal y frío.
Luego, las sirenas. No una, ni dos. Un convoy de coches patrulla que atravesó el barrio como un cuchillo caliente, dirigiéndose hacia los solares de la parte alta, donde las promesas urbanísticas se pudrían junto a los escombros y la maleza .
Marc observaba desde la azotea de su trastero, un Ducado apagado entre los dedos.
«Ahí. Tiene que ser ahí». Una sensación viscosa le trepaba por el estómago.
No era sorpresa. Era confirmación. En esta ciudad podrida, los cuerpos siempre salían a flote.
Como la mierda en un váter atascado. «Alguien tenía que limpiar la cañería.
Y aquí estamos. La porquería somos nosotros».
Abajo, en la calle, los primeros rumores empezaron a circular como gases tóxicos. Vecinas asomadas a los balcones, hombres interrumpiendo su camino al trabajo. Lorena, camino del Balandro Oxidado, lo sintió en el ambiente antes de oír las palabras. Un cambio de presión. Como antes de una tormenta.
—¡La han encontrado! —gritó un chaval en bicicleta, pedaleando como un poseso—. ¡En el solar de la calle del Hornero! ¡Está muerta!
La palabra «muerta» resonó en el aire quieto.
No «la han encontrado». Ni «está herida».
Muerta. Lorena se detuvo, apoyando una mano en la pared fría.
«Sonia. La muy idiota. La que siempre decía que se iba a largar de aquí.
Pues vaya manera de conseguirlo. Te jodes, Sonia. Te jodes por soñar con salir».
A media mañana, los primeros detalles empezaron a filtrarse. Como pus de una herida abierta. No vino por la radio, no. Vino por los susurros en la cola del pan, en la puerta del estanco, en el murmullo de las vecinas que se agolpaban junto a la cinta policial lejana.
—Mi primo, el de la brigada, me ha dicho... —era la voz de la señora Elvira, temblorosa y al mismo tiempo excitada— que la tenía atada. Y que le había hecho... marcas. En la piel. Dibujos, dice.
—¿Dibujos? —preguntó otra, con la voz un octavo más alta .
—Sí, señora. Como las otras. Igualito. Rituales, ha dicho el poli. Que es el mismo. El de siempre.
«Rituales». La palabra se le clavó a Lorena en el cerebro.
No era un crimen pasional, no era un robo que salió mal.
Era algo frío. Premeditado. Alguien que seguía un guion.
Que coleccionaba muertes con el mismo esmero con que otros coleccionan cromos.
«Un coleccionista. Nosotras somos sus figuritas».
—¡Dios mío! —gritó una mujer desde un balcón—. ¡Es un endemoniado! ¡Un poseso!
La histeria empezó a fermentar, a expandirse como una mancha de aceite. Ya no era miedo. Era pánico puro y duro. Un virus que se transmitía por los ojos, por los oídos, por el simple hecho de respirar el mismo aire enrarecido.
—¡Tiene que ser de los cultos esos! —vociferó un hombre en la esquina, congregando a un pequeño grupo—. ¡De los satánicos! ¡He leído que en Madrid pasan estas cosas!