El óxido y la sangre 5 #2
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Entonces Salinas salió de la trastienda. Sin prisas. Se deslizó entre las mesas con esa calma de reptil. Una sonrisa pegada a la cara. Ojos como dos piedras grises.

—Domingo —dijo. Voz dulzona que goteaba falsedad—. El local no es para estos menesteres. Tu niña está trabajando.

—¡Yo soy su tío! —chilló el hombre, girándose—. ¡Tengo derecho!

—Tus derechos terminan donde empiezan mis pérdidas —la voz de Salinas, calmada, pero con filo—. Estás asustando a la clientela. Lárgate.

—¡No me da la gana! ¡Esta es mi...! —no supo qué decir.

Salinas dio un paso al frente. No era un hombre grande, pero llevaba consigo el peso silencioso de quien controla el barrio .

—Tu sobrina me debe mucho. Y hasta que no me pague, su tiempo es mío. Su cuerpo es mío. Y su dinero... también es mío. ¿Entendido?

Las palabras cayeron como losas. «Su cuerpo es mío». Lorena sintió un escalofrío. No era una protección. Era una reclamación. Una marca de propiedad.

Su tío abrió la boca. Pero ya no le salía la voz. La rabia se desinfló. Reemplazada por el miedo antiguo que todos sentían ante Salinas. Tragó saliva. Retrocedió.

—Esto... esto no se va a quedar así —masculló. Señalándola con un dedo tembloroso—. Volveré.

Giró. Salió tambaleándose a la noche. Derrotado. La puerta se cerró. El aire en el bar pareció espesarse aún más.

Salinas se volvió hacia Lorena. Le pasó un brazo por los hombros. Ella se puso tensa como un alambre.

—Tranquila, princesa. Ya se ha ido el monstruo —susurró. Con un aliento a anís pegado a su mejilla—. Tienes que aprender a dejar atrás la basura de tu pasado. Yo soy tu familia ahora.

Ella asintió. Mecánicamente. Sin poder hablar.

«Él es el monstruo. Tú eres otro. Y yo en medio».

La humillación, un fuego lento en sus entrañas.

Odiaba a su tío. Por ser un borracho débil.

Por usarla. Pero en ese momento, odió aún más a Salinas.

Por su falsa protección. Por recordarle, delante de todos, que le pertenecía.

—Vuelve al trabajo —dijo Salinas. Palmadita en la espalda que pretendía ser amistosa. Se sintió como una quemadura—. Y sonríe, coño. La gente no viene aquí a ver caras largas.

Lorena agarró el trapo. Volvió a frotar la barra. Los clientes reanudaron sus conversaciones en voz baja. Pero sus miradas seguían volviendo hacia ella. Lástima. Morbo. Alivio por no ser ellos.

Se miró en el espejo empañado. Vio a una chica pálida.

Pelo grasiento. Ojos vacíos. Una chica atrapada entre el pasado, el tío abusador que la vendía por una botella cuando tenía ocasión, y el presente, el padrino que la empleaba por favores.

Y en medio, la ciudad seguía ahí fuera. Con su asesino suelto.

Y su miedo colectivo. Una broma de mal gusto comparada con la prisión privada de su vida.

«Uno me quiere por mi dinero. El otro, por mi cuerpo. Y el de ahí fuera, quizá, por mi vida». Cerró los ojos. «¿Alguien más quiere un trozo? Porque al paso que voy, pronto no va a quedar nada».

La resaca moral de la visita de su tío todavía le amargaba la boca cuando el rumor empezó a filtrarse. Primero como un susurro. Luego como un grito ahogado. Era Paco, el camionero, quien lo soltó mientras se ajustaba el cinturón.

—Oye, ¿y la Sonia? ¿Alguien la ha visto? Lleva sin aparecer un par de días.

Sonia. Una rubia deslucida de unos cuarenta. Cara de pocos amigos. Risa como una cadena arrastrándose. Cliente habitual. De las que venían solas. Tres ginebras seguidas. Se marchaba sin despedirse.

—¿La Sonia? —preguntó otro—. A lo mejor se fue de la ciudad. O encontró un cliente con más pasta.

—O a lo mejor no —terció una voz femenina—. Con lo que está pasando...

Silencio incómodo. Lorena, sirviendo una cerveza, sintió un pinchazo de inquietud. «La Sonia. La muy tonta. Siempre se iba con cualquiera que le pagara otra ronda» .

Entonces entró corriendo Miguel. El chico de los recados. Ojos como platos.

—¡La han visto! ¡O la están buscando! ¡Los maderos están en su pensión registrándolo todo!

El bar estalló. Preguntas. Exclamaciones. Lorena se quedó con la jarra suspendida en el aire. Corazón acelerado. «No. Joder. Otra no».

—¿Y qué dicen? —preguntó Salinas. Saliendo de detrás de la barra. Ceño fruncido.

—¡Que desapareció hace dos noches! Después de salir de aquí. Y que... —Miguel tragó saliva. Mirando a Lorena—. Y que la última persona que la vio con vida fuiste... tú, Lore. Que estabais hablando en la puerta.

El mundo se detuvo. La jarra resbaló. Estalló en mil pedazos en el suelo. Espuma y cristales. Lorena ni lo sintió. Todos los ojos clavados en ella. Acusadores. Sospechosos. Hambrientos.

«La otra noche. En la puerta. Sí». Lo recordó.

Sonia, borracha y sentimental, agarrada a su brazo.

«Lore, este sitio es una mierda. Tengo que salir de aquí.

Él me va a llevar lejos». Lorena, con prisa, le había soltado un «sí, sí, ya me contarás» y la había empujado suavemente hacia la noche. Hacia la oscuridad.

—Yo... solo hablé con ella un momento —balbuceó. Sudor frío empapándole la espalda—. Se fue sola.

—Eso dirás tú —murmuró alguien desde una mesa.

Salinas se le acercó. Su mirada ya no era la del protector. Era la de un empresario evaluando un riesgo.

—¿Y con quién iba, Lorena? ¿Iba con alguien?

—No. No iba con nadie. Estaba borracha. Se fue hacia el muelle .

«Hacia el muelle. Donde la marea arrastra toda la porquería. Donde apareció la primera».

—Joder, Lorena —suspiró Paco, sacudiendo la cabeza—. Con la que está cayendo... y tú, la última en verla.

Las palabras eran como cuchillas. La última en verla. No era solo una observación. Era una culpa. Una mancha que ya sentía extenderse sobre su piel. La miraron de otra manera. No como a la camarera. Sino como a un eslabón. Como a alguien que sabía algo. O que, quizá, había hecho algo.

—Tengo que irme —dijo de pronto, arrancándose el delantal con dedos torpes—. No me encuentro bien.

—Oh, no —la voz de Salinas, fría como el acero—. Tú te quedas aquí. Hasta que esto se aclare. Y cuando vengan los maderos, les cuentas exactamente lo que pasó. Todo. ¿Entendido?

Una orden. Una prisión. Lorena miró hacia la puerta. Hacia la libertad. Pero supo que, si huía, sería la confirmación para todos. Para Salinas. Para la policía. Para el barrio entero.

—No he hecho nada —susurró. Pero su voz se perdió en el murmullo.

—Eso ya lo veremos —dijo Salinas. Acercándose tanto que pudo oler su aliento a anís—. Pero hasta entonces, preciosa, no te mueves de mi vista.

Lorena se apoyó contra la barra. Las piernas le temblaban. Vasos sucios. Olor a alcohol. Miradas. Todo girando. «Sonia ha desaparecido. Y yo, sin quererlo, atrapada en el centro del huracán. Como sospechosa. Como la última persona que vio con vida a una mujer que probablemente ya está muerta».

Y fuera, en la noche, supo que el asesino respiraba tranquilo. Porque ahora, la ciudad tenía otra cabeza de turco en la que fijarse. Y esta vez, tenía nombre de mujer .

6

La desaparición de Sonia no fue un rumor más.

Fue el detonante. La gota que rebosó el vaso de la paciencia colectiva.

Al día siguiente, el barrio del Castillo amaneció con un tic nervioso.

No era la resaca habitual de los domingos, ese silencio pegajoso de quien ha bebido demasiado.

Esto era otra cosa. Un silencio eléctrico, cargado de miradas que se cruzaban en las esquinas y se apartaban de golpe.

Como ratas oliendo el gas antes de la explosión.

Lorena, desde la ventana de su pensión, lo veía todo.

Grupos de vecinos con caras largas y batas de andar por casa formando corrillos en la puerta de la panadería.

Señoras con los brazos cruzados, cuchicheando, y miradas apuntando como dedos acusadores hacia ningún sitio y hacia todos a la vez.

«Parecemos ganado. Ganado asustado que olfatea la sangre de uno de los suyos y se pone a mugir en vez de salir corriendo».

Encendió la radio de transistor, ese cacharro que solo captaba la emisora local. La voz del locutor, un tipo llamado Herminio con un ceceo que sonaba a falso, no paraba de machacar.

—...y la desaparición de Sonia Martínez, vecina del Barrio del Castillo, sigue sin aclararse. Fuentes cercanas a la investigación señalan que se barajan varias líneas...

—Calma —masculló Lorena, apagando la radio de un golpe seco—. Calma, dice el muy cabrón. Desde su estudio con doble acristalamiento y whisky en el cajón.

Salió a la calle. El aire, antes mar y fritura, hoy era miedo.

A linterna barata y sudor frío. Porque por la noche, los grupos habían empezado a patrullar.

Hombres con jerséis gruesos y palos, recorriendo las calles con sus haces de luz baratos barriendo las fachadas.

Como si el asesino fuera a estar colgado de una repisa, esperando a que lo encontraran. Pavada total.

—Oye, Lorena —la voz de la señora Elvira, su vecina, la detuvo. La mujer tenía una expresión de ciruela pasada—. ¿Es verdad que fuiste la última en ver a la pobre Sonia?

La pregunta era un dardo envenenado. Disimulado, pero envenenado al fin.

—Hablé con ella un momento. Nada más.

—Qué fuerte, hija, qué fuerte —susurró la mujer, acercándose—. Con lo que está pasando... y ahora Marc otra vez por medio.

Lorena se quedó helada.

—¿Marc?

—Sí, hija. Todo el mundo sabe que la Sonia a veces le compraba... cosas. Y después de que la policía lo detuviera... pues ya te digo. La gente habla.

«La gente habla. Claro. Porque es más fácil que pensar. Marc. Siempre Marc. El chivo expiatorio oficial del barrio. Ahora, no solo para los crímenes, sino también para la desaparición. Porque un tipo como él, un delincuente, es capaz de cualquier cosa, ¿no? Lógica asquerosa. Pero lógica al fin».

Más adelante, cerca del quiosco, un grupo de tres hombres con linternas aún apagadas discutía acaloradamente.

—Tiene que ser un forastero —decía uno, un tipo con una gorra de pescador—. Alguien que no es de aquí. Nadie de Peñablanca haría esto.