Capítulo 24
Marta Roldán
Cuando Mara llegó a Los Cárdenos con Irene y Andrés, la jornada había terminado para casi todos.
Quedaban dos vehículos junto a la construcción principal y un tractor detenido al fondo, pero el sector norte estaba vacío de cuadrillas.
El contraste con la madrugada del jueves era inevitable, aunque aquella vez la ausencia no tenía nada de extraño: eran casi las ocho de la tarde y el trabajo había ido retirándose a medida que el calor cedía y las tareas previstas quedaban cerradas.
Marta Roldán los esperaba bajo el porche lateral de la casa de la finca.
No llevaba ropa de campo, sino un pantalón ligero y una camisa que se había remangado hasta los codos.
Sobre una mesa había dejado una carpeta y una botella de agua.
No preguntó por qué querían hablar de nuevo con ella; después de una semana de comprobaciones, debía de haber entendido que la conversación pendiente ya no podía limitarse a la avería del riego.
—He hablado con mis hermanos —dijo nada más sentarse—. Con los dos.
Irene ocupó la silla de enfrente.
—Eso es asunto vuestro. Nosotros necesitamos aclarar qué ocurrió la noche del miércoles y por qué tu primera explicación no fue completa.
Marta miró hacia el olivar antes de volver a ellos.
—Porque sabía que, en cuanto empezarais a mirar cómo se tomó la decisión, iba a quedar como si hubiera hecho lo que me dio la gana.
—¿Lo hiciste? —preguntó Mara.
—En parte.
No intentó suavizarlo. Aquello ya era distinto de las primeras conversaciones, cuando había presentado el cambio como una consecuencia casi automática de una incidencia técnica: Eva detectaba un problema de presión, se revisaba la instalación y Pilar reorganizaba la cuadrilla.
La secuencia no era falsa, pero dejaba fuera precisamente la parte en la que Marta había intervenido.
Irene abrió la carpeta.
—Empieza por la llamada de Eva.
Marta apoyó los antebrazos en la mesa.
—Me llamó para decirme que había una presión que no le gustaba y que quería revisar el sector. No era una avería grave ni estaba todo parado. Era una de esas cosas que, si la dejas, luego puede acabar obligándote a desmontar medio sistema cuando peor te viene.
—¿Te dijo que hubiera que sacar a la cuadrilla? —preguntó Mara.
—No así. Me dijo que prefería comprobarlo antes de que empezaran determinados trabajos.
—Eso no es lo mismo.
—Ya lo sé.
Marta permaneció un momento mirando la carpeta que había llevado. Después la abrió y sacó una copia de varias facturas que Mara no necesitaba para entender la respuesta.
—Llevábamos semanas ajustando costes. No solo aquí.
Abonos, combustible, horas de maquinaria, gente que llega a las cinco y luego se queda esperando porque una bomba no responde o porque alguien cambia una tarea a última hora...
Todo suma. Cuando Eva me dijo que iba a revisar la presión, yo pensé en seis personas entrando a primera hora para que luego Pilar me cargara la jornada aunque no pudieran trabajar.
Andrés se inclinó ligeramente hacia delante.
—Por eso presionaste para adelantar la comprobación.
—Sí. Le pregunté a Eva si podía hacerlo antes. Me dijo que intentaría organizarse con el operador y yo insistí más de la cuenta.
Aquella parte coincidía con lo que Eva había terminado admitiendo.
El horario escrito de la revisión no reflejaba la modificación real que se había acordado de manera informal, y la técnica había minimizado esa circunstancia por miedo a que una decisión tomada fuera del procedimiento habitual terminara convirtiéndose en un problema interno.
—Después llamaste a Pilar —dijo Irene.
—Sí.
—A las ocho y cuarenta.
Marta asintió.
—Le dije que no metiera a la cuadrilla en el sector norte hasta que Eva terminara.
—En tu primera declaración lo presentaste como una indicación técnica.
—Porque había una revisión técnica.
—Pero la decisión de dejar el sector sin cuadrilla fue tuya.
Marta no respondió enseguida. Desde donde estaban podían verse las primeras hileras de olivos y, más allá, una parte del carril que llevaba hacia B.
La luz de última hora suavizaba las formas que durante el mediodía parecían más duras, aunque nada en aquel paisaje tenía ahora el carácter engañosamente inmóvil que Mara había percibido el primer día.
Después de tantos recorridos, la finca había dejado de ser una superficie continua y se había convertido en una sucesión de lugares con funciones distintas.
—Le pedí que no los mandara allí —admitió Marta—. Pilar podía haber decidido otra cosa, pero yo fui muy clara.
—¿Qué respondió?
—Que si no podía garantizarle que a las cinco estuviera todo revisado, movería a la gente. Estaba molesta porque el cambio llegaba tarde y porque ya había organizado la jornada.
—¿Discutisteis?
—No como para llamarlo una discusión seria. Me dijo que luego no quería reclamaciones por las horas perdidas ni por tener que recolocar trabajos. Yo le contesté que precisamente quería evitar pagar seis personas para que estuvieran paradas.
La conversación encajaba con la relación profesional que habían reconstruido entre ambas.
Marta presionaba por costes; Pilar aceptaba cambios reales, pero quería que quedara claro quién los había pedido y qué consecuencias tenían.
Ninguna necesitaba odiar a la otra para que las discusiones fueran frecuentes.
Mara preguntó:
—¿Por qué no dijiste esto el viernes?
—Porque entonces parecía que quien hubiera conseguido dejar vacío el sector tenía que ver con la muerte de Pilar.
—¿Y tú habías contribuido a vaciarlo?
—Sí.
La respuesta salió sin rodeos.
—Y además no había consultado el cambio con uno de mis hermanos. Ese fue el otro motivo.
Irene dejó el bolígrafo sobre la carpeta.
—Explícalo.
Marta miró las facturas que había sacado, como si hubiera esperado que los papeles hicieran más fácil una conversación que llevaba días evitando.
Los Cárdenos pertenecía a los tres hermanos, aunque la gestión cotidiana recaía sobre ella.
Aquello le permitía contratar trabajos ordinarios, resolver incidencias y tomar decisiones de explotación sin pedir autorización por cada reparación.
Los límites se volvían menos claros cuando una modificación afectaba a gastos discutidos previamente o a decisiones que uno de los copropietarios consideraba demasiado importantes para dejarlas en manos de una sola persona.
—Llevábamos meses discutiendo por lo que cuesta mantener todo esto —explicó—.
Uno de mis hermanos quiere recortar servicios y revisar cada factura.
El otro prefiere que yo gestione y le diga después cuánto ha costado.
Yo estoy en medio. Si cada vez que hay que cambiar una revisión tengo que organizar una reunión familiar, no se trabaja.
—Eso no explica por qué ocultaste el cambio —dijo Irene.
—Sí lo explica. Habíamos hablado de no seguir adelantando trabajos de mantenimiento sin dejarlo reflejado.
Y yo hice exactamente eso: pedí a Eva que cambiara la hora sobre la marcha y después presioné a Pilar para reorganizar una cuadrilla.
Si todo hubiera salido bien, el viernes nadie habría hablado de ello.
Mara entendió la lógica. No justificaba la omisión, pero le daba un motivo independiente del homicidio.
Marta no había ocultado un plan para dejar a Pilar sola; había ocultado una forma de gestionar la finca que podía provocar otra discusión familiar y problemas con la empresa que prestaba el servicio.
—¿Cuándo se enteraron tus hermanos? —preguntó.
—Uno, hace dos días. El otro, hoy.
—¿Porque se lo contaste?
—Porque ya no tenía sentido seguir fingiendo que la revisión se cambió sola.
Marta soltó una risa sin humor.
—Y sí, hemos discutido.
Irene no se interesó por el contenido de aquella discusión. La investigación necesitaba separar la gestión familiar de la muerte, no convertirse en mediadora entre propietarios.
—Vamos a la madrugada del jueves —dijo—. ¿Sabías que Pilar iba a entrar en Los Cárdenos?
Marta negó.
—Sabía que podía venir en algún momento. Era su trabajo. Pero no quedamos.
—¿Le dijiste que comprobara personalmente la revisión?
—No.
—¿Le pediste que estuviera aquí antes de que llegara la cuadrilla?
—Tampoco.
Mara observó su reacción sin intentar convertir la firmeza de la respuesta en una medida de verdad. Los testimonios de aquella semana habían demostrado varias veces que una persona podía mentir con convicción sobre lo que le perjudicaba y decir la verdad con el mismo tono sobre el resto.
—¿Sabías que llegaría a las cinco?
—No. Si lo hubiera sabido, lo habría dicho desde el principio porque entonces sí habría tenido importancia.
—El viernes tampoco nos dijiste toda la verdad sobre la revisión.
Marta aceptó el reproche.
—No.
Irene pasó a sus movimientos. No necesitaban reconstruirlos otra vez con ella, porque la UOPJ ya había contrastado las comunicaciones y los registros disponibles.
Marta no estaba en Los Cárdenos durante la franja en la que Pilar murió, y nada de lo obtenido durante los últimos días había abierto un hueco razonable para situarla allí sin contradecir esas comprobaciones.
—Tus movimientos de aquella mañana están suficientemente fijados para la investigación —dijo Irene—. Lo que queríamos aclarar hoy era por qué mentiste sobre la decisión que dejó el sector sin trabajadores.
Marta bajó la mirada hacia la mesa.
—Porque me asusté.
No añadió nada durante unos segundos, aunque cuando continuó lo hizo con un tono menos defensivo.
—Pilar estaba muerta en una finca que yo había insistido en vaciar unas horas antes. Uno de los primeros que me preguntó me dijo que necesitaban saber quién había decidido que no entrara la cuadrilla. No sé qué esperabais que pensara.
—Que contaras lo que ocurrió —respondió Irene.
—Ahora es fácil decirlo.
Mara intervino antes de que la conversación se convirtiera en una discusión sobre cómo debería haber reaccionado Marta después del hallazgo.