Capítulo 22
El parte corregido
La respuesta que Irene había recibido mientras salían de Criminalística no procedía del propietario de la finca donde Rubén decía haber empezado a trabajar a las cinco y cuarto, sino del sistema con el que Andaraje gestionaba sus partes de servicio.
Noelia llevaba desde el domingo revisando exportaciones y copias facilitadas por la empresa, pero aquella mañana había pedido algo más concreto: el historial de modificaciones del registro que utilizaron para sostener la coartada de Rubén durante los primeros días.
Cuando Mara regresó a la UOPJ con Andrés, la videollamada ya estaba abierta y Noelia compartía una pantalla desde Madrid.
Irene ocupaba la cabecera de la mesa y Óscar había colocado a su lado la carpeta del siguiente servicio.
En el monitor aparecían varias líneas de datos poco atractivas a primera vista, con fechas, usuarios y campos modificados.
—El documento que vimos el sábado es correcto como documento actual —explicó Noelia—, pero no refleja cómo estaba el registro cuando se creó la orden de trabajo. El sistema conserva un historial de cambios y la empresa nos ha facilitado la exportación completa.
Mara dejó la carpeta de Criminalística sobre la mesa y acercó una silla.
El parte que habían manejado durante días situaba a Rubén en otra explotación desde las 05:15, apenas cuatro minutos después de la llamada con Pilar.
En aquel momento la hora había parecido suficientemente sólida para condicionar la investigación, sobre todo porque la imposibilidad de girar una furgoneta larga en B reforzaba la idea de que Rubén no habría tenido motivos para entrar en Los Cárdenos.
—¿Qué había en la versión inicial? —preguntó.
Noelia amplió una de las líneas.
—La orden se creó la tarde anterior con los datos del cliente, la tarea prevista y la franja de trabajo, pero el campo de inicio real estaba vacío. Las 05:15 no proceden de la planificación previa ni de ningún control automático de acceso.
Andrés frunció el ceño.
—¿Cuándo se añadieron?
—A las 07:46 del jueves.
Mara miró la hora antes de formular ninguna conclusión.
Que un trabajador completara un parte al terminar el servicio no tenía nada de extraño; muchas empresas funcionaban así, especialmente cuando las tareas se desarrollaban en fincas sin sistemas automáticos de entrada.
Lo importante no era que la hora se hubiera escrito después, sino si aquella hora describía realmente lo ocurrido.
—¿Quién la introdujo? —preguntó Irene.
—El usuario de Rubén. La empresa confirma que tenía permisos para modificar el parte porque era jefe de operaciones y responsable de ese servicio.
—¿Hay algún registro anterior con otra hora?
—No. El campo estaba vacío hasta las 07:46 y pasa directamente a 05:15.
Noelia cambió de pantalla y mostró otro dato.
El sistema también almacenaba la hora en que se cerraron determinadas observaciones del servicio y varias correcciones realizadas más tarde, pero ninguna aportaba una localización automática del vehículo.
El programa servía para organizar el trabajo, no para seguir a los conductores en tiempo real.
—Entonces el sábado tratamos las 05:15 como si fuera un dato generado durante el servicio —dijo Andrés—, y en realidad es una hora que Rubén escribió más de dos horas después.
—La tratamos como una declaración documentada que necesitaba corroboración —corrigió Irene—. Por eso seguimos comprobándola.
La precisión evitaba reescribir la investigación con la ventaja de lo que sabían ahora.
Desde el principio habían considerado necesario confirmar aquel horario, aunque durante unas horas la combinación entre el parte y la dificultad de maniobra hubiera parecido especialmente favorable a Rubén.
La diferencia era que ahora conocían el origen de la cifra.
Mara volvió a la pantalla.
—¿Sabemos si Andaraje exige introducir la hora exacta o permite aproximaciones?
—Permite correcciones manuales y no hay fichaje automático. He revisado otros partes del mismo mes y es frecuente que se completen después, incluso bastante más tarde. Algunas horas son redondas y otras no, así que no podemos interpretar 05:15 como una marca generada por el sistema.
—¿Puede haberla puesto de memoria y haber acertado?
—En teoría, sí.
La respuesta de Noelia era la que Mara esperaba. El historial demostraba que la hora no era independiente de Rubén, pero todavía no demostraba que fuera falsa. Para eso necesitaban el siguiente servicio.
Óscar abrió la carpeta.
—El propietario está localizable. Ya hemos hablado con él por teléfono para saber si podía recibirnos y dice que sí. Había dos personas trabajando esa mañana antes de que llegara Rubén.
—¿Les habéis contado por qué preguntamos? —dijo Irene.
—Solo que necesitamos reconstruir la hora real de llegada de un servicio del jueves. No les hemos dicho qué hora figura en el parte.
Irene miró a Mara y después a Andrés.
—Id con Óscar. Quiero que cada uno cuente primero qué recuerda, sin enseñarles las 05:15. Si coinciden, comprobamos en qué se apoyan.
La explotación estaba a poco más de veinte minutos de la UOPJ y bastante más lejos de Los Cárdenos por la red ordinaria de carreteras y caminos.
Mara había visto ya su localización en la cronología de Rubén, aunque hasta aquel momento la finca solo había funcionado como un punto de llegada: el lugar donde, según su versión, llevaba trabajando desde las cinco y cuarto.
Al llegar encontraron al propietario cerca de una nave abierta por uno de sus laterales.
Se llamaba Antonio Valera y cultivaba olivar en varias parcelas próximas.
No trabajaba exclusivamente con Andaraje, aunque contrataba algunos servicios cuando necesitaba maquinaria o personal que no tenía de forma permanente.
La tarea del jueves consistía en revisar una avería menor y coordinar un trabajo que debía realizarse durante la mañana.
Óscar hizo las presentaciones y explicó de nuevo el motivo de la visita.
Antonio no mostró especial interés por el homicidio hasta que apareció el nombre de Rubén; entonces su expresión cambió lo suficiente para que Mara entendiera que ya conocía la muerte de Pilar y probablemente había relacionado a ambos por la empresa.
—Yo ya dije por teléfono que Rubén llegó después de las seis —respondió—. No sé deciros el minuto.
—Eso es precisamente lo que queremos evitar —dijo Mara—. No necesitamos que recuerde un minuto si no lo miró. Cuéntenos qué hizo usted desde que llegó aquí.
Antonio señaló la nave. Aquella madrugada había empezado antes de lo previsto porque el calor obligaba a adelantar cuanto fuera posible algunas tareas.
Había quedado con uno de sus trabajadores poco antes de las seis y esperaba que Rubén apareciera algo antes para revisar el problema de una máquina que debían utilizar más tarde.
—¿A qué hora esperaba a Rubén? —preguntó Andrés.
—Habíamos hablado de empezar muy temprano. No recuerdo que cerráramos las cinco y cuarto. Puede que dijera cinco y media, o antes de las seis. Con estas horas, uno dice «a primera hora» y luego depende de cómo venga el día.
Aquello no ayudaba a fijar el momento, pero sí reducía el valor de la hora del parte como acuerdo previo con el cliente.
—¿Le llamó porque se retrasaba?
Antonio asintió.
—Sí. Estábamos esperando y quería saber cuánto le faltaba.
Sacó el teléfono sin que se lo pidieran y buscó el registro de aquella mañana. La llamada aparecía a las 05:51. Óscar anotó la referencia y le explicó que, si era necesario incorporarla formalmente, se haría por el procedimiento correspondiente.
—¿Qué le dijo Rubén? —preguntó Mara.
—Que iba de camino y que tardaría poco.
—¿Mencionó dónde estaba?
Antonio negó.
—No que yo recuerde. Tampoco le pregunté. Le dije que nosotros ya estábamos aquí y que viniera cuando pudiera.
La conversación había durado menos de un minuto.
Mara no intentó extraer de ella más de lo que ofrecía: a las 05:51, según el propietario, Rubén todavía no había llegado y reconocía que se encontraba en ruta.
Era incompatible con un inicio de servicio a las 05:15, aunque seguía dependiendo del recuerdo de Antonio sobre el contenido de la llamada.
El segundo trabajador estaba reparando una conducción a pocos metros de la nave.
Óscar habló con él por separado mientras Mara y Andrés permanecían con el propietario.
El hombre recordó la llegada de la furgoneta porque había terminado poco antes una llamada con su hermano y se encontraba guardando el móvil cuando oyó el vehículo entrar.
Cuando regresó con Óscar, mostró voluntariamente el registro.
—La llamada acaba a las seis y un minuto —dijo—. Rubén llegó justo después. No sé si pasó medio minuto o dos minutos, pero yo seguía con el teléfono en la mano.
Mara comprobó que no hubiera escuchado antes la hora propuesta por Antonio.
—¿Ha hablado con él de esto?
—Hoy no. El jueves sí nos quejamos de que había llegado tarde, pero no nos pusimos a mirar el reloj juntos.
—¿Recuerda si Rubén ya estaba aquí mientras hablaba con su hermano?
—No. Entró después.
—¿Lo vio llegar usted?
—Sí. Estaba fuera. Vi la furgoneta entrar por el camino.
La referencia externa permitía acotar mejor el momento sin obligar al testigo a escoger una cifra inventada.
La llamada terminaba a las 06:01 y la furgoneta llegaba inmediatamente después, dentro de un margen que situaba razonablemente la primera presencia confirmada de Rubén alrededor de las 06:02.
Antonio, cuando volvió a unirse a ellos, añadió que no había otra entrada que Rubén pudiera haber utilizado sin ser visto desde la zona donde trabajaban.
—Solo hay ese camino para llegar con la furgoneta. A pie podrías venir desde otras parcelas, pero él llegó conduciendo.
—¿Estaba solo? —preguntó Andrés.
—Sí.
—¿Y empezó a trabajar enseguida?
Antonio se tomó un momento antes de responder.