Capítulo 7
La trinidad de hierro
Bakio, País Vasco
El Nostos era ya una mancha borrosa, una silueta mecánica perdiéndose en el horizonte brumoso del mar Cantábrico, cuando procedí a descolgarme por la escala de gato.
El salto final fue seco, calculado. El agua marina nos recibió con un hachazo térmico de frío absoluto que barrió de golpe el último rastro residual del calor de Apaneca.
No fue un simple chapuzón; fue un auténtico bautismo de hierro que me devolvió de inmediato la conciencia exacta de mi propia piel.
A mi lado, Cuashpo emergió del oleaje con su pelaje completamente apelmazado por la sal y con la urgencia instintiva de posarse sobre mis hombros para buscar tracción.
A los remos de la chalupa de madera me esperaba Ur.
En mitad de la oscuridad total de la cala, su silueta parecía un bloque de granito negro recortado contra la espuma blanca.
Me agarró firmemente del brazo y me izó a bordo con una fuerza que me hizo crujir los huesos, como si su sistema motor quisiera comprobar de forma física que yo todavía era un ser de carne y no un mero fantasma retornado del otro lado del mundo.
—Aupa —gruñó Ur. Su aliento denso formaba una nube de vapor en el aire gélido de la noche—. Ya era hora de que aparecieras, astakilo. ¡Joder, justo para Santo Tomás!
Bogamos en dirección a la costa con una sincronización estricta, en un silencio sepulcral solo roto por el crujir de los toletes de madera.
Antes de que la quilla rascara la arena de los guijarros, señalé firmemente con el mentón la mole colosal de San Juan de Gaztelugatxe, que emergía del abismo marino como una fortaleza de sombras medievales.
—A la ermita —dije. Mi propia voz, endurecida por la acumulación de salitre, sonó extraña y metálica en mis conductos auditivos.
Ur asintió con un gesto rudo, virando el rumbo de la boga de inmediato.
Sabía perfectamente que allí arriba, entre los muros de piedra milenaria que habían resistido siglos de galernas destructoras, se custodiaba exactamente lo que yo necesitaba para convertirme en el punto final de los Tumal.
La Trinidad de Hierro nos aguardaba bajo el amparo de los santos de piedra y el rugido ensordecedor del mar.
Desembarcamos en la cala oscura. Mis botas se hundieron en los guijarros mojados con un crujido seco, similar al de unos dientes rompiéndose.
Iniciamos la subida de los peldaños de piedra, un ascenso vertical extenuante que me quemó los alvéolos de los pulmones y me obligó a ganarme a base de fatiga el aire helado del norte.
Al alcanzar la cima, el viento de la costa soplaba con saña, como si el propio Cantábrico quisiera arrancarme la piel a tiras para inspeccionar qué clase de verdugo traía debajo.
No hice sonar la campana de bronce; el tiempo de las llamadas civiles había terminado.
Me limité a apoyar la palma de mi mano herida sobre el bronce frío del badajo y percibí la vibración del metal penetrando directamente contra el hueso.
Era un pacto mudo, estructural, entre el hierro y mi sistema nervioso.
—He vuelto —susurré con un hilo de voz hacia la piedra milenaria.
No pedí suerte a los altares; la suerte es un recurso para los que dudan en la trinchera.
Pedí precisión. Miré fijamente hacia la línea del horizonte, donde la ría de Bilbao se divisaba como un amasijo espeso de humo industrial, hollín y luces de gas que herían la niebla del norte.
Allí estaba edificado el nido donde la Estirpe custodiaba bajo llave lo que es legítimamente mío.
Ahora yo era un proyectil balístico apuntado de forma directa al corazón del portal sesenta y tres de la torre.
—Vámonos —le dije a Ur—. Barri debe estar contando los minutos exactos en su reloj de bolsillo.
—Eman egurre —respondió Ur, escupiendo al suelo de piedra con un gesto hosco—. Que se preparen de una vez esos txakurrak.
Bajamos el peñón con el paso pesado, firme y rítmico de quienes acuden con paso marcial a un entierro ajeno. La Nochebuena estaba críticamente cerca y, en mi mente, el olor a pólvora fría ya inundaba cada uno de mis pensamientos.
Caminamos en el anonimato por los callejones oscuros de Bakio hasta detenernos ante una puerta de madera reforzada con herrajes que no figuraba en ningún mapa del registro municipal.
Al franquear la entrada, el calor denso del fogón y el olor penetrante a tabaco de contrabando nos golpeó el rostro como un muro físico.
En una mesa situada al fondo del local, oculto estratégicamente tras una columna de piedra labrada, nos aguardaba Barri.
El, no levantó las pupilas de su reloj de bolsillo de plata hasta que nuestras siluetas cubrieron por completo el plano extendido sobre la madera.
Tenía las yemas de los dedos manchadas de tinta negra y los ojos inyectados en la sangre del hombre que ha pasado meses midiendo milímetro a milímetro la distancia exacta entre la vida y la muerte.
Sobre la mesa, junto a una botella de aguardiente casero sin etiqueta formal, descansaba un fardo pesado envuelto en cuero grueso aceitado.
—¿El Atlántico te ha tratado bien, Jinete, o ha intentado quedarse con los escasos restos que quedan de vos? —preguntó Barri con esa voz característica suya, seca y rasposa como el papel de fumar.
—El mar me ha arrancado el calor de Apaneca, Barri. Nada más —respondí, sentándome en el banco con el peso corporal del hombre que carece de tiempo para cortesías sociales—. ¿Cómo está la situación en el portal sesenta y tres?
Barri cerró la tapa de su reloj con un chasquido metálico, seco y preciso que sonó exactamente igual al martillo de un revólver al amartillarse. Me miró fijamente a los ojos, evaluando el acero frío que ahora brillaba en mis pupilas de cazador.
—La torre está cerrada por fuera, pero los cimientos estructurales son de piedra, y la piedra siempre posee grietas ocultas para el hombre que sabe leerlas —dijo, dando un leve golpecito con el índice al fardo de cuero—.
Todo el despliegue está listo. Los planos de la estructura, los cuadrantes de relevos de los guardianes de la torre entrenados en la Isla de Añareta, las rutas de escape en la ría.
Todo está minuciosamente preparado, Jinete. Solo faltaba el proyectil de entrada.
Empujó el fardo pesado hacia mi posición. El cuero aceitado crujió con densidad.
—Solo faltabas vos para que la ría de Bilbao empiece a arder de verdad. En tres días es Nochebuena. Los Tumal estarán celebrando en su palacio su falsa pureza de sangre mientras nosotros les enseñamos con hechos de qué color es la nuestra por dentro.
Ur, que había permanecido vigilando el umbral de la puerta con la mirada del que ha sobrevivido a mil inviernos en el monte, se aproximó a nuestra mesa con un gesto rudo que rompió la atmósfera densa de la guerra.
Depositó sobre la madera gastada una botella de cristal verde y un plato de barro donde la chistorra aún humeaba con fuerza, desprendiendo ese aroma intenso a pimentón, grasa y hogar que operaba como un escudo contra la peste del vacío de la Estirpe.
—Bueno —intervino Ur con una voz ronca que emulaba el crujido de la madera de roble—, parece que este año no podrás ir al centro de Bilbao a celebrar la feria de Santo Tomás entre la multitud civil. Así que lo celebraremos aquí dentro, como hombres libres.
Llenó los vasos de vidrio con el chorro quebrado y espumoso del txakoli, dejando de inmediato que la acidez noble de la uva despertara nuestros sentidos y activara nuestro sistema nervioso.
—Bienvenido a Euskadi, hermano —me dijo mirándome con una seriedad férrea que equivalía, al mismo tiempo, a un abrazo de sangre—. Aquí los Tumal son solo una sombra insignificante más entre los montes, y nosotros somos los únicos dueños legítimos de la luz.
Nos quedamos guarecidos allí, resguardados en el fondo oscuro de la taberna clandestina, comiendo y bebiendo en un silencio sagrado al calor del fogón y de la chistorra que nos devolvía el alma al cuerpo.
Barri levantó su vaso de vidrio, dejando que la luz mortecina de la taberna arrancara destellos dorados al txakoli. Ur y yo imitamos la trayectoria del movimiento con precisión, formando un triángulo perfecto de cristal sobre la madera gastada de la mesa.
—Por los que remaron antes que nosotros —decretó Barri con una voz que vibraba con la resonancia de una campana antigua de iglesia—.
Por los que no olvidaron su propio nombre en el fango podrido del río Bravo, y por los que hoy, bajo el abrigo del roble, deciden firmemente que el vacío de la Estirpe no posee lugar en nuestra mesa.
Chocamos los tres vasos con un tañido seco y metálico, bebimos el último trago de un solo sorbo y salimos juntos de la taberna hacia la noche del norte.
Dejamos atrás la costa de Bakio. Allí, guarecidas en la penumbra del acantilado, aguardaban tres bestias de pelaje oscuro que Ur y Barri montaban con la naturalidad de un espectro.
Eran caballos macizos, de cuartos traseros potentes y patas fuertes, criados rigurosamente para resistir el relieve quebrado y hostil del norte.
—El asfalto tiene ojos, hermano —susurró Barri mientras me entregaba el cuero frío de las riendas—. Pero los senderos de la marisma solo pertenecen a quienes conocen su idioma de barro y raíces.
Montamos en un silencio absoluto. El contraste era violento: venía de cabalgar sobre la vibración constante de un motor Chevrolet bajo el acecho y la persecución en América; ahora me fundía con la bruma sobre una montura que parecía hecha de pura niebla y músculo.
Iniciamos la marcha hacia el interior, alejándonos del salitre costero para internarnos en las entrañas boscosas de Artziniega.
Cabalgamos por senderos de herradura, evitando las arterias principales donde los perros de los Tumal han plantado su vigilancia.