Capítulo 26 La noche sin interrupción #3
No en escenas ordenadas, sino en fragmentos que después ninguna podría contar sin perder algo: el agua compartida entre besos; una almohada que cayó al suelo; Noa riéndose de verdad cuando Maia intentó traducir una frase portuguesa y se arrepintió a mitad; Maia apartándole el pelo de la frente con una ternura que fingió no tener; Noa aprendiendo que el desorden también podía sostenerse si dejaba de corregirlo.
Más tarde, quedaron tendidas de lado, frente a frente, con la sábana enredada a la altura de la cintura. La comida seguía en la cocina, fría y olvidada. La ciudad había bajado el volumen.
Maia tocó una marca leve en el hombro de Noa.
—Creo que esto sí fue culpa mía.
Noa miró.
—¿Eso?
—No parece grave.
—Depende de si vas a presentar informe.
Maia sonrió.
—Hoy vine sin informe —imitó.
Noa entrecerró los ojos.
—Mi frase era buena.
—Era muy tú.
—Eso no sé si es elogio.
—Hoy sí.
Noa se quedó mirándola.
Maia reconoció esa expresión y, por una vez, no la esquivó. Dejó que Noa la mirara. Dejó que el silencio hiciera su trabajo sin llenarlo de advertencias.
—¿Qué? —preguntó al fin, más suave.
Noa levantó una mano y le tocó la mejilla.
—Me gusta estar aquí.
Maia sintió que la frase entraba con más fuerza que muchas caricias.
—Se nota.
—¿Sí?
—Estás respirando distinto.
Noa sonrió.
—Eso era mi línea.
—Te la robé.
—También robas comida.
—Y camisetas, si te descuidas.
Noa miró hacia el suelo, donde su camisa había quedado mezclada con la ropa de Maia.
—Puedes quedártela.
Maia la miró.
—No digas cosas así si después vas a entrar en pánico.
Noa tardó un segundo en responder.
—No estoy entrando en pánico.
Era verdad.
Eso hizo que ambas se quedaran quietas.
El móvil de Noa vibró en algún lugar de la habitación.
La realidad intentó entrar.
Noa cerró los ojos un segundo.
Maia no se movió para apartarse. No hizo comentario. No le recordó nada. No le pidió nada. Solo permaneció allí, frente a ella, con el cuerpo tibio y la respiración tranquila, como si la decisión no le perteneciera.
Noa buscó el móvil en el suelo, entre la ropa.
Era un mensaje.
Sofía: Llegué a casa muerta. No sé si sigues con lo del centro o ya saliste. Si llegas tarde, no me despiertes. Te quiero.
Noa leyó la frase.
La salida estaba allí.
Perfecta.
Podía vestirse, volver a casa, entrar en silencio, ducharse, meterse en la cama junto a Sofía y transformar la noche en otra visita clandestina terminada a tiempo. Podía seguir usando las horas como si no cambiaran nada mientras no tocaran el amanecer.
Miró a Maia.
Maia no preguntó.
Eso decidió algo.
Noa escribió:
Noa: Sigo con un problema del sistema. Voy a quedarme hasta tarde. Duerme. Yo también te quiero.
La mentira fue más grande que las anteriores porque abría toda la noche.
Noa lo supo.
La envió.
Luego dejó el móvil boca abajo sobre la mesilla.
Maia la miró.
—¿No te vas?
Noa volvió a la cama.
—No.
Maia sostuvo la mirada, seria de pronto, no por reproche sino por el peso exacto de la respuesta.
—¿Segura?
—Sí.
—No lo digas como quien desafía algo.
Noa se acomodó junto a ella.
—No estoy desafiando nada.
—¿Entonces?
Noa le pasó un brazo por la cintura y la atrajo despacio.
—Estoy cansada de irme antes de saber cómo es quedarme.
Maia no respondió.
No hizo falta.
Apartó la sábana y le hizo espacio.
Noa entró en ese espacio como quien acepta un lenguaje nuevo.
Maia se acomodó contra ella, una pierna sobre las suyas, la cabeza en el hueco de su hombro.
Durante unos minutos no se besaron. No se tocaron con intención de encender otra vez lo que ya seguía encendido debajo de la piel.
Solo se quedaron así, respirando juntas, dejando que la noche terminara de asentarse sobre ellas.
—No me despiertes a las tres con una crisis de conciencia —murmuró Maia.
Noa soltó una risa baja.
—Intentaré esperar hasta las cuatro.
Maia le dio un golpe suave en la cintura.
—Idiota.
—Sí.
—Duerme.
—Estoy intentando.
—No. Estás organizando mentalmente las consecuencias.
Noa cerró los ojos.
—Un poco.
Maia apoyó la boca en su hombro.
—Hoy no.
Noa respiró.
Una vez.
Otra.
Maia tenía razón: no desaparecía nada por dejar de pensarlo. Pero tampoco hacía falta invitarlo todo a la cama.
La habitación se volvió lenta. El calor del cuerpo de Maia, el peso de su pierna, la mano abierta sobre su abdomen, la respiración que le rozaba la clavícula.
Noa pensó, con una claridad que no se parecía al análisis, que nunca había tenido algo así: una calma nacida no del orden, sino del desorden aceptado.
Maia se durmió primero.
Noa la sintió irse de a poco: la mano aflojándose, la respiración encontrando ritmo, el peso del cuerpo volviéndose más confiado. Se quedó despierta un rato más, mirando la oscuridad del cuarto, escuchando la ciudad lejana y el pulso tranquilo de Maia contra ella.
Había creído que concretar algo iba a ordenar el deseo, darle un lugar, convertirlo en una experiencia delimitada por una noche, una puerta, una cama.
Fue al revés.
Ahora Maia no era una posibilidad.
Era una memoria del cuerpo.
Y algo más.
Algo que respiraba dormido junto a ella, descalzo, desordenado, peligrosamente real.
Noa besó muy despacio la frente de Maia.
No para despertarla.
No para prometerle nada.
Solo porque podía hacerlo sin que nadie las viera.
Después cerró los ojos.
Por primera vez, no volvió a casa antes del amanecer.