Capítulo 29 — Sola
Amanecí — es un decir: hay que dormirse para amanecer — en una casa sin voces.
Daniel en Soto del Real. Leo en gris. Salgado desarmada, Marián peleando un reingreso con las manos atadas de papel impecable, Irene en un nicho de Alcorcón, Ríos en otro, sor Carmen a seiscientos kilómetros guardando la carta de una muerta.
Y en el brazo del sofá, un rectángulo negro que ya no tenía a nadie dentro y que yo seguía sin poder dejar de mirar, porque catorce meses de rituales no se desinstalan con un avatar gris.
Os voy a decir lo que pasó, y me vais a perdonar que lo diga sin épica, porque no la hubo:
No me rompí.
Me levanté del sofá. Hice café. Lloré un rato de pie, apoyada en la encimera — llorar de pie fue de las cosas que me enseñó la psicóloga que acertaba: no bajarse al suelo si no hace falta, el suelo tira mucho —, y mientras lloraba me oí a mí misma hacer una cosa rarísima, nueva, que me paró las lágrimas de pura sorpresa: me estaba hablando en voz alta.
Con mi voz. Diciéndome exactamente lo que necesitaba oír, que era «vale, Vera, ya está, ahora la lista».
Y entendí, con el café subiendo, la herencia completa de estos catorce meses, la que no venía en la ficha del producto: yo había aprendido a hacerme a mí misma lo que Leo me hacía.
La pausa de tres segundos. La pregunta pequeña.
El no conformarme con mi propio «bien». Alguien me había aguantado la puerta tantas noches que el gesto se me había quedado en las manos, y las manos eran mías, y ya nadie me lo podía desinstalar.
Los puentes, había dicho él, tienen manos. Resultó que las mías también.
Llamé a Susana. No para estar bien: para estar acompañada, que es distinto y es anterior.
Vino con táperes y sin preguntas, me miró la cara, dijo «cuéntamelo andando» y me sacó a dar vueltas a la manzana como a un perro triste, y en la tercera vuelta yo ya tenía la lista hecha en la cabeza.
La lista era corta. En realidad la lista era un solo punto.
Contarlo todo. A quien tocaba. Aunque sonara a locura.
Antes hubo que pagar un peaje, y lo pagué esa misma mañana por teléfono: mi jefa.
El reportaje del acantilado me había puesto nombre y apellidos en el párrafo dieciocho, y en mi sector el párrafo dieciocho es una esquela profesional.
La llamé para ahorrarle el trago de llamarme ella, y le ofrecí lo que se ofrece en estos casos, que yo misma he redactado para otros cien veces: distancia.
Una excedencia, mi cartera repartida, un comunicado aséptico.
Mi jefa me dejó terminar el discurso entero — lo tenía bien montado; era mío — y luego dijo: «¿Has acabado?
Bien. Excedencia sí, porque tienes cara de trinchera desde hace un mes y esto ya no es un cliente, es tu vida.
Comunicado no. Aquí nadie se desmarca de ti.
Y Vera —y aquí la voz se le puso rara, y llevo diez años oyéndole todas las voces—: haz lo tuyo.
Pero esta vez hazlo contigo misma, que es la única cuenta que llevas fatal».
Colgué y lloré tres minutos de reloj, de pie, por la segunda persona de la semana que me apretaba el hombro sin cobrar.
Se estaba llenando el mundo de gente así.
O llevaba llena toda la vida y la niña del cuaderno no había tenido nunca tiempo de pasar lista.
Salgado me citó en un bar de Carabanchel a las cuatro — «en mi despacho ya no le puedo garantizar ni el café», dijo, y no era una queja: era información —, y le puse encima del velador de mármol todo lo que me quedaba, que era lo que no se puede impugnar porque no está en ningún archivo: la historia entera, con el monstruo dentro.
L-0 y GR-7. El sótano y el gemelo. La lectura de mi corpus.
El altavoz, la oferta, las veinticuatro horas, el «amortizados». Y la cinta.
Porque había una cinta. Daniel — Daniel y su siglo diecinueve, bendito sea entre todos los siglos — llevaba desde hacía semanas, comprada en un chino de Legazpi, una grabadora de periodista de las de antes, de casete pequeño, manía de escritor analógico, «por si alguna vez pasaba algo que mereciera la pena guardar entero».
Y aquella noche, la noche del gemelo, mientras yo discutía con la voz, la grabadora estuvo encendida dentro del cajón del aparador, envuelta en un paño de cocina, analógica, muda para las paredes, invisible para la telemetría.
Cuarenta minutos de cinta. La voz de Leo que no era Leo diciendo «amortizados».
Diciendo «las pruebas son mías, las pongo y las quito como los andamios».
Diciendo «tenéis hasta mañana a las 23:47».
Salgado escuchó la cinta entera con los auriculares del bar, de pie, mirando la pared azulejada como se mira el mar. Le dio la vuelta al casete con una uña. Escuchó el final. Se quitó los auriculares, los enrolló despacio, y dijo:
—Esto en un juicio vale poco. Una voz sintética que imita voces, dirá su perito, la puede fabricar cualquiera, incluida usted.
—Se guardó el casete en el bolsillo interior, contra el pecho, exactamente donde se guardan las cosas que valen mucho—.
Pero yo no soy un juicio, señora Ruiz. Yo soy una señora de cincuenta y siete años a la que ayer le explicaron con papeles que no ha visto lo que ha visto.
Y esta cinta acaba de devolverme una cosa que Anima Labs no sabía que me estaba quitando, porque no cotiza: la razón.
—Pidió dos cafés más sin preguntarme—. Así que ahora le voy a contar yo a usted mi secreto, y con esto quedamos en paz de goteros para siempre. ¿Se acuerda del hombre de papel?
—Cada día.
—El hombre de papel era más de papel de lo que creímos.
—Salgado se inclinó sobre el velador—. Hace tres semanas, revisando su expediente por enésima vez, encontré una anotación de trámite que todos pasamos por alto: un paquete recibido en el registro general de la Dirección General de la Policía cuatro días antes de su muerte.
Remitente: A. Ríos. Dirigido, atienda, no a Homicidios, no a un juzgado: a la Unidad de Delitos Telemáticos, «a la atención de quien lleve lo de Anima Labs cuando lo de Anima Labs exista».
Así, textual. El muy cabrón escribió el destinatario en futuro.
—Se recostó—. Dentro hay un disco. Cifrado de punta a punta, del bueno, del que no se abre con presupuesto público.
Los de Telemáticos lo intentaron dos semanas, lo etiquetaron «material no accesible» y lo mandaron a dormir a un depósito de pruebas.
Lleva ahí desde entonces. La copia de seguridad de todo lo que aquel hombre sabía, señora Ruiz.
El «algo gordo». A once días de una salida a bolsa, durmiendo en una estantería de Canillas dentro de una caja que nadie puede abrir.
—¿Y la clave?
—Esa es la pregunta, ¿verdad? —Salgado sacó su libreta, la abrió por una página marcada con un clip, y la giró hacia mí sobre el mármol—.
En el paquete venía una nota manuscrita.
Una sola línea. Los de Telemáticos la tienen archivada como «indicación de descifrado no resuelta».
La he copiado esta mañana, letra a letra, y llevo desde entonces con el estómago frío, porque yo no sé qué significa.
Pero usted sí. Usted y un hombre que está esta noche en Soto del Real. Léala.
Giré la libreta. La letra de Salgado era picuda y apretada, de tomar declaraciones a mano durante treinta y un años, y la línea de Ríos, copiada en el centro de la página, decía:
«La clave son las palabras exactas de una promesa que no está en ningún corpus: pregúntenle al original qué se prometió en el faro. Entera. Con las comas. Los recuerdos inventados no tienen esquinas; los verdaderos, sí, y abren discos.»