El nombre que quedó EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Owen llegó a la clínica costera a las cuatro y dieciséis de la madrugada.

Había dormido una hora en una silla junto a la oficina de pruebas, despertado con el pájaro de madera de Arthur en sueños y recordado que Tessa le había pedido que comprobara si Nadia quería que le llevaran el desayuno desde la casa occidental.

No si Nadia quería someterse a pruebas.

No si era realmente Nadia.

El desayuno.

Una petición corriente.

El pasillo de la clínica olía a desinfectante y aire marino. El personal nocturno se movía en silencio detrás del cristal. Gideon seguía bajo vigilancia dos plantas más abajo. Silas dormía en el ala quirúrgica con una muñeca esposada a la cama únicamente en virtud de una orden judicial vigente.

La habitación de Nadia estaba al final del pasillo privado.

La silla del guardia estaba vacía.

Owen se detuvo.

No sonaba ninguna alarma.

La puerta estaba ligeramente abierta.

Tocó la radio de su hombro.

—¿Seguridad?

Estática.

Después, un susurro de acople.

La antigua frecuencia de Aster.

Owen no entró.

Llamó a Voss por una línea independiente.

No respondió al primer intento.

Dentro de la habitación, algo goteaba.

Despacio.

No era agua.

Owen miró por la estrecha abertura.

La cama estaba vacía.

Una correa de sujeción cruzaba el colchón, cortada limpiamente pese a que no se había autorizado ninguna sujeción. El equipo aún no podía saber si había sujetado a alguien o si la habían colocado allí después.

La sábana blanca estaba manchada de sangre.

No mucha.

La suficiente.

Un rastro cruzaba el suelo hacia el baño.

Owen permaneció fuera.

—¿Señora Rourke? —llamó.

Ninguna respuesta.

—¿Nadia?

Silencio.

La radio del guardia estaba debajo de la cama.

Aplastada.

Voss respondió.

—¿Owen?

—Posible secuestro. Clínica costera. Habitación de Nadia. Guardia desaparecido. Hay sangre.

—No entres.

—No lo he hecho.

—La verdad.

Owen miró la puerta abierta.

—Sí.

Se acercaron pasos desde la escalera lejana.

Seguridad de la clínica.

Agentes estatales.

Las luces del pasillo parpadearon.

Todas las pantallas del puesto de enfermería se apagaron.

Después apareció una línea.

LA MUJER DEL INCENDIO SObrEVIVIÓ.

Una segunda apareció debajo.

LA MUJER A LA QUE TESSA RESCATÓ NO ESCAPÓ DE ÉL.

El cuerpo de Owen se enfrió.

La puerta del baño de la habitación de Nadia se abrió mediante un actuador magnético oculto conectado a los controles comprometidos del edificio.

No salió nadie.

Solo vapor.

En el espejo, escrito sobre la condensación, había un nombre.

LEAH.

Owen no asignó el nombre a Iona Wren, Leah Frost ni a la mujer desaparecida sin pruebas.

Debajo descansaba la carcasa no autenticada de un sello de pájaro negro casi idéntico al diseño de Arthur Hale.

Owen solicitó una comprobación independiente inmediata del sello policial de pruebas del anillo original.

La confirmación llegó minutos después: el original seguía asegurado y no había sido retirado.

La carcasa de la réplica estaba abierta.

Dentro, un hilo rojo ocupaba el canal donde los sellos Hale autenticados llevaban filamento conductor azul.

Owen miró a los agentes estatales reunidos junto a él.

—¿Consientes en que entremos? —preguntó uno de forma automática.

—No.

El agente corrigió el registro.

—Entrada de emergencia por riesgo inmediato para la vida e investigación de un posible secuestro.

—No. No es mi habitación y mi consentimiento es irrelevante.

El agente corrigió el registro:

—Entrada de emergencia por riesgo inmediato para la vida e investigación de un posible secuestro.

El equipo avanzó.

No encontraron a nadie en el baño.

Ninguna salida oculta.

Ningún cadáver.

Solo la carcasa del sello no autenticado, sangre que debía someterse a comparación forense y un segundo mensaje grabado en el metal bajo el hilo rojo.

PREGÚNTALE A TESSA QUÉ MADRE LE ENSEÑÓ A NEGARSE.

Owen cerró los ojos.

La casa occidental dormía.

Tessa había pedido un mañana sin amenazas.

La mañana había llegado con una de todos modos.