El nombre que quedó CAPÍTULO 36
54%

CAPÍTULO 36

LA REGLA ANTERIOR AL ARMA

Tessa oyó girar la cerradura de la suite veinte minutos después de que Gideon se marchara.

Llevó la mano a la pistola bajo el cárdigan.

Rowan entró.

Cerró la puerta y se quedó apoyado en ella, mirándola como si la distancia entre ambos hubiera sido mayor que dos pasillos.

Tessa vio en él la plataforma de mantenimiento.

No el lugar.

Lo que había ocurrido allí.

Tenía el rostro controlado con demasiado cuidado. Sus hombros acumulaban una tensión que sus heridas deberían haberle impedido sostener. Mantenía una mano cerca de la pistola bajo el jersey.

—Catherine me ha hablado de Clara —dijo.

Rowan se quedó inmóvil.

No existía ninguna preparación gradual.

Ni una forma suave de acercarse a verdades como aquella.

—¿Qué?

—Accedió al archivo de la sala blanca. Había un registro de traslado de la noche del incendio.

Él no se movió.

Tessa continuó.

—Una niña. Unos cinco años. Trasladada con la autorización de Celia.

—¿Destino?

—Borrado.

—¿Por quién?

—Arthur.

El nombre lo golpeó.

Rowan miró hacia el suelo.

Tessa esperó.

Él caminó hasta la ventana y se detuvo ante las cortinas cerradas.

—¿Vale lo sabe?

—No sabe que Catherine vio el registro.

—¿Silas?

—Es posible.

—Clara podría estar viva.

—Sí.

Rowan apoyó la mano en la cortina.

Tessa vio el temblor de sus dedos.

—Di algo.

La voz de Rowan salió áspera.

—Arthur lo sabía.

—No sabemos cuánto.

—Borró el destino.

—Sí.

—Lo protegió.

—O lo ocultó.

—Es la misma acción.

—No siempre.

Rowan se volvió.

La ira había entrado en su rostro, pero debajo había algo más joven y más herido.

—Si Celia se llevó a Clara, sabía que yo tenía una hermana.

—Sí.

—Me dejó con Arthur.

—Sí.

—Y se llevó a Clara.

—No sabemos por qué.

—Siempre hay un porqué.

—Eso no lo hace bondadoso.

Él apartó la mirada.

Tessa cruzó la habitación.

—¿Puedo tocarte?

Rowan asintió una vez.

Ella puso la mano sobre la suya, donde descansaba contra la cortina.

Tenía la piel fría.

—Lo siento —dijo.

—¿Por qué?

—Porque cada respuesta cambia la forma de tu infancia.

Rowan cerró los ojos.

Tessa apoyó la frente contra su hombro, con cuidado de no rozar la lesión.

Durante un rato ninguno habló.

Entonces Rowan dijo:

—Gideon te lo ha contado.

—Lo de la plataforma.

—Sí.

—Dijo que regresaste.

—Sí.

—¿Quieres contármelo?

—No.

La respuesta fue sincera.

Tessa esperó.

—¿Quieres que deje de preguntártelo para siempre?

Su respiración cambió.

—No.

—Entonces no esta noche.

Rowan giró la mano bajo la de ella hasta entrelazar sus dedos.

—Saqué el arma.

—Lo sé.

—No sabía si Gideon estaba delante de mí.

—Pero no le apuntaste.

—Podría haberlo hecho.

—Sí.

Él la miró.

El miedo le afiló el rostro.

—Deberías tenerme miedo.

—Lo tengo.

La confesión le hizo daño.

Tessa continuó antes de que pudiera retirarse.

—Tengo miedo de que Vale te haga creer que morir por mí es amor. Tengo miedo de que decidas que abandonarme es protegerme. Tengo miedo de que te vayas a un lugar de tu mente al que mi voz no pueda llegar.

Los dedos de Rowan se tensaron.

—No tengo miedo de que lo peor a lo que sobreviviste sea lo único que eres.

Él la miró fijamente.

Tessa le tocó el rostro.

—No puedes esconder una habitación y después decirme que contiene toda la casa.

Rowan cerró los ojos.

Se inclinó hacia su palma.

—Les hice daño —dijo.

—A los hombres de Siria.

—Sí.

—Para escapar.

—Al principio.

Tessa esperó.

La voz de Rowan descendió.

—Después porque quería que lo sintieran.

La verdad llegó sin defensa.

—Quería que tuvieran miedo. Quería que suplicaran. Quería mirar.

Su rostro había palidecido.

El corazón de Tessa se rompió por él sin justificar lo que describía.

—¿Lo quieres ahora?

—No.

—¿Echas de menos quererlo?

Rowan abrió los ojos.

—A veces.

La respuesta le costó más de lo que le habría costado negarlo.

Tessa no se apartó.

—Gracias por decírmelo.

—No deberías darme las gracias.

—Te las doy por entregarme la verdad antes de decidir lo que puedo soportar.

Rowan miró su boca.

Después apartó la vista.

—Tengo que reunirme con Imogen en la piscina.

—¿Por qué?

—Catherine lo organizó.

—¿Por la huida?

—Sí.

—¿Puedo ir?

—Dijo que la tapadera solo me necesita a mí.

La espalda de Tessa se tensó.

Rowan lo vio.

—Nada de secretos —dijo.

—Entonces cuéntamelo todo antes y después.

—Lo haré.

—¿Cuál es la tapadera?

—Hidroterapia.

Hubo una pausa.

Tessa alzó una ceja.

—¿Con traje de baño?

—Sí.

—¿Idea de Imogen?

—Sí.

—¿Te incomoda?

—Sí.

—Bien.

Una sonrisa tenue rozó su boca.

Tessa se acercó.

—Los celos no son solo tuyos.

—No.

—¿Te gusta?

—Sí.

La sonrisa se volvió real durante un breve instante.

Tessa tocó el dobladillo de su jersey.

—Antes de irte, enséñame cómo llevas la funda de hombro sin tirar de la herida.

Rowan frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Gideon me ha dado otra pistola.

—Por supuesto.

—Quiero opciones.

Rowan la estudió.

Después asintió.

—Siéntate.

Tessa se sentó en el borde de la cama.

Él se quitó la funda despacio. El movimiento tiró del hombro. Le enseñó por dónde cruzaba la correa la espalda, cómo quedaba el arma bajo el brazo y cómo impedir que la tela entrara en el guardamonte.

Tessa observó sus manos.

—¿Me enseñarás más?

—¿Sobre armas?

—Sobre todo lo que crees que no debería necesitar.

La expresión de Rowan se tensó.

—Es una lista larga.

—Empieza por la primera regla.

Rowan miró la pistola.

Después a ella.

—La primera regla no trata del arma.

—¿De qué trata?

—De saber si quieres utilizarla antes de que otra persona cree el momento.

Tessa pensó en Vale, plantado entre ella y el panel oculto de Catherine.

—No le disparé.

—Elegiste no hacerlo.

—Él creó el precio.

—Tú lo calculaste.

—¿Crees que fui débil?

—No.

—¿Crees que debería haber disparado?

—No.

—¿Qué habrías hecho tú?

El rostro de Rowan se volvió frío.

—Matarlo.

—¿Aunque muriera Gideon?

Su mandíbula se tensó.

—No lo sé.

Tessa asintió.

—Por eso tenía que decidir yo.

—Sí.

Lo dijo sin discutir.

La palabra se asentó entre ellos como un juramento que ninguno había aprendido a formular al nacer.

Tessa se levantó.

Se colocó la funda vacía bajo el cárdigan y desenfundó dos veces.

Rowan le ajustó la correa después de pedir permiso.

Al tercer intento, la pistola salió limpiamente.

—Mejor —dijo.

—Elogios de Hale y Mercer en un mismo día.

—No te vuelvas arrogante.

—Demasiado tarde.

Rowan le tocó la mejilla.

—¿Puedo besarte?

El pulso de Tessa cambió.

—Sí.

Su boca encontró la de ella.

Sin urgencia.

El beso contenía todo lo que aún no habían resuelto: Clara, Siria, Imogen esperando, Catherine escondida, Vale escuchando detrás de las paredes.

Tessa se apretó contra él.

La mano de Rowan se posó en su cintura.

Se detuvo antes de que el beso se profundizara más allá del tiempo del que disponían.

—Después —susurró.

—Pregúntamelo después.

—Lo haré.

Él se marchó hacia la piscina.

Tessa permaneció en la suite silenciosa con dos pistolas, un bastón y la certeza de que el amor podía decir la verdad sin convertirse en un arma.