El niño tras la puerta MARTA
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MARTA

UNAS HORAS ANTES

—Aparta, Félix. Déjame paso.

Intenta abrirse paso, pero entre el gato y el campo de minas no logra hacer pie.

Tropieza. Enfadada consigo misma deja caer la carga.

Está cansada. Se gira a su alrededor y solo encuentra un montón de cajas todavía por desembalar.

Apenas un sofá de dos plazas, aún con el plástico que lo protege, confiere al salón la idea de un simulacro de casa.

Agobiada por el trabajo que le espera, se sienta en el suelo.

Casi distraídamente, abre la caja que ha dejado caer.

Hay una Biblia, un rosario, cruces, estampas de santos, una figura de la Virgen…

La cierra al instante, no quiere ver su contenido, asustada.

Se levanta con urgencia en busca de algo que la distraiga del dolor que esos objetos han removido en su cabeza.

Advierte que Félix husmea en una caja medio abierta.

Lo aparta con delicadeza y encuentra lo que quiere el aprendiz de tigre: una mantita raída y descolorida por el uso.

—Toma, egoísta.

Dentro hay más cosas del animal: su plato, juguetes, el cepillo…

y una fotografía que no tiene relación con nada.

La coge y la nostalgia la golpea con la guardia baja.

Es de un joven que roza la treintena y desafía al objetivo con una sonrisa noble, de las que inspiran confianza.

Marta la examina largo rato hasta que se da cuenta de que, a su vez, Félix la vigila, acechándola, como si esperase una reacción de ella que no parece llegar.

Quizás el gato solo desea algo más de ese cofre de los tesoros, pero Marta traduce esa mirada de otra manera.

—No me mires así. No me hace falta.

El rencor vence a la melancolía antes de estrujar la fotografía y tirarla al suelo.

—Estoy mejor sola.

En ese momento se escucha un trueno que resuena como la cólera de Dios en el espacio vacío de una casa hueca, sin armar. Una tormenta bíblica se acerca con la promesa de oscurecer el mundo. Ella enciende una luz para protegerse, apenas una triste bombilla que pende del techo, huérfana de lámpara.

Se acerca a la ventana y observa el paisaje de una arquitectura de esqueletos de hormigón y metal.

Su edificio se encuentra en una zona en obras.

Grúas, excavadoras y bloques en construcción lo rodean.

Es un nuevo barrio que crece en el extrarradio de una ciudad.

Tras la llegada de la noche no hay coches ni ninguna señal de vida.

Los obreros ya se han ido a sus casas. Todavía no hay ningún local abierto.

Una soledad inmensa que cabe en un salón de dieciséis metros cuadrados.

El edificio de Marta se alza con nueve plantas. Todas las luces están apagadas menos las de su piso. Parece la primera inquilina que toma posesión de su casa. Un nuevo rayo, seguido casi inmediatamente del trueno.

La tormenta llegará pronto.