El niño del naufragio CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

—No estoy del todo seguro —dijo Eloy—. No soy capaz de recordar todo —sonrió de lado, pensando en voz alta—.

Es raro, ¿verdad? Siempre miramos hacia atrás en el tiempo, pero hacia delante en el espacio —se quedó en silencio un momento, luego continuó—.

Las palabras del señor Benavent me hicieron pensar en algo, pero lo veo todo borroso.

Recuerdo haber estado rodeado de personas que hacían cosas horribles a un niño.

Y estoy seguro de que yo no formaba parte de ellos.

No pensarás eso de mí, ¿no? No haría daño ni a una mosca —dejó caer una risa poco alegre—.

Sería un poco absurdo acabar entre rejas sin saber ni siquiera de qué me quieren acusar —hizo otra pausa, y añadió—.

Bueno, hay que seguir siendo optimistas.

Tampoco estamos seguros de que fuera el niño del que hablas.

No supe qué decir durante unos largos segundos. El único sonido que se escuchaba fue el romper de las olas contra el casco.

—¿Recuerdas algo de tu infancia que tuviera vidrios de colores verde y canela? —le pregunté de pronto, mientras recordaba las palabras que escribió en el libro aquel día en el camarote.

Eloy se puso las manos a la cabeza.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es el recuerdo más bonito que tengo de cuando era pequeño. Estaba en el enorme jardín del señor Justino. Pero… ¿cómo sabes eso? Ah, vale, ya lo entiendo —dijo, riéndose—. Lo dije mientras dormía, ¿no? Me suele pasar.

—No… Lo escribiste en tu cuaderno —le dije.

—¿Escribirlo? —repitió, perdido—. No sé de qué me estás hablando… Da igual. Explícamelo luego. Ahora cuéntame lo del viaje. ¿Cómo llegasteis aquí? Necesito saberlo.

—Mmmm… vale, lo haré —dije—. Antes quiero que sepas que en realidad no formabas parte de ese grupo de piratas. Te embarcaste con ellos porque querías descubrir mundo y saber de otras culturas. Tu libro está lleno de apuntes y dibujos de lo que has ido viendo durante el camino.

—¡Mi libro de notas! —dijo, poniéndose de pie rápidamente—. ¿Dónde está? ¿Lo tienes por ahí?

—Está guardado en el camarote del señor Benavent —aclaré, rascándome la cabeza.

—Luego me lo traes, ¿vale? —cortó—. Ahora continúa.

Cuando terminé de contárselo todo, se quedó un momento en silencio, mirando más allá de lo que mis ojos podían ver. De pronto volvió a la realidad y se fijó en mi cara.

—Pareces cansado —dijo, señalando la puerta—. Anda… vete a descansar. Ya me ocupo yo del turno .

De lo que vino después de eso, solo podría rescatar dos conversaciones. La primera fue con Salinas y la otra con Pascual Roca. Les pregunté a los dos cómo habían conseguido escapar de la luz y de las criaturas.

Sin embargo, perdí el tiempo con Salinas.

Lo que salió de él ni siquiera fueron palabras.

Me respondió haciendo muecas con la boca.

Más tarde llegué a la conclusión de que no se encontraba en cubierta cuando apareció la luz ni subió después.

Estoy seguro de que se había quedado dormido y borracho en la proa mientras los demás rogábamos a Dios sobrevivir.

Pascual me dio una respuesta convincente.

—¿La luz? —Pascual negó con la cabeza—. Yo no vi ninguna luz rara.

Lo único que vi fue que el mar dejó de ser mar, y se convirtió en un paraíso lleno de vida frente a mis ojos.

Árboles que tocaban el cielo, con ramas llenas de hojas anchas y pesadas por las que se filtraba una luz verde y se proyectaban sombras frescas.

Todo se llenó de arbustos en los que habían florecido enormes flores de rojo carmesí.

Y entre ellos… aparecieron mujeres jóvenes, todas ellas desnudas y levantando los brazos para que me acercara a ellas.

Reconozco que estuve a punto de hacerlo, pero ya estoy muy viejo.

He dejado atrás el apetito por tocar la carne de una mujer y seducirlas.

De hecho, ya estaba trepando por la borda para lanzarme hacia ellas, como hicieron todos los demás.

Me eché para atrás cuando el brazo del Todopoderoso apareció ante mí y me ofreció su mano.

Era tan dura como una piedra. Luego volví a la normalidad.

Sentí mucho miedo, pero gracias a Dios estoy donde estoy.

Mi deseo desapareció de golpe, el paraíso dejó de estar y el mar volvió a ser mar.

Los árboles, las mujeres, las flores… todo desapareció en el aire.

Según recuerdo, esas fueron las mismas palabras que salieron por su boca.

Quedaron grabadas en mi mente de tal forma que aún me sorprende cuando lo pienso.

No las voy a reinterpretar aquí, ni añadir ningún comentario al respecto.

Que quien quiera se atreva a explicar algo así. Yo no voy a hacerlo, desde luego.

El buen tiempo nos dejó la mañana del séptimo día. Hasta entonces, el tiempo había sido tranquilo y constante.

Nos desviamos de nuestra ruta varias veces, hasta encontrarnos de frente contra la tormenta. Fue entonces cuando la suerte se despidió de nosotros.

Hasta ese momento, habíamos conseguido mantener el rumbo, con la esperanza de llegar sanos y salvos a la costa de la India para abastecernos.

Le rezamos a Dios para que apareciera otro barco en alta mar y nos ayudara.

Si el capitán fuera un hombre razonable, aceptaría parte del tesoro que había encontrado el señor Benavent a cambio de dejarnos algunos hombres para seguir a flote o llevarnos a un puerto seguro.

Pero, a estas alturas, nos conformábamos solo con algo de comer y un trago de agua.

Durante la tormenta, solo navegamos con la vela mayor rizada y una mesana. No nos atrevimos a desplegar más velas. Teníamos miedo de que el viento las arrancara.

A la mañana del día siguiente, nos dimos cuenta de que había un poco menos de medio metro de agua en la bodega. No habíamos cargado nada de peso.

La primera luz del día nos trajo una pequeña sorpresa.

Había un poco menos de medio metro de agua en la bodega.

El barco no estaba cargado de peso, y eso solo significaba que el agua había entrado por alguna parte.

Buscamos por todas partes, pero no encontramos la fuga —y tampoco sabíamos si hubiéramos podido arreglarla en el caso de haberla encontrado—.

Nos encadenamos a la bomba de achique toda la mañana. Aquello no era trabajo para un niño. Sentía cómo se me arrancaban los tendones en cada embestida, pero Benavent no podía hacerlo solo. Ambos nos empapamos de sudor .

Mientras tanto, Pascual se encargó del timón y Salinas de las otras tareas del barco.

El viento murió finalmente, y el sosiego que vino después no fue acompañado de alivio. El agua había aumentado un par de pies de altura, dejándonos al borde de un final que ya conocíamos.

La fuerza del señor Benavent y las bromas de Eloy fueron lo que nos salvó.

Caímos redondos encima de la cubierta, junto al mástil. Eloy nos recordó a todos que no existía desgracia en el mundo que no tuviera algo capaz de compensarla.

—Pensad que… —dijo, enviando la mirada hacia Salinas— por lo menos el miedo al agua nos ha quitado las ganas de beber ron.

—Así es… —dijo Pascual, mirando primero a Salinas y de vuelta a Eloy, mientras se acercaba a nosotros. El señor Benavent había cogido el timón, sin saber muy bien qué hacer con él—. Pero es Dios quien se encarga de vencer cualquier miedo.

Sus ojos brillaron con la fuerza de dos lámparas, y comenzó a recitar unos versículos.

—¿Qué diré del Señor? Él es el hombre que me refugia y me hace fuerte.

Mi Dios. En él confiaré. Lo prometo. Él es el que nos librará del lazo del cazador y de la peste.

Con sus plumas te guiará, y bajo sus alas te cubrirá.

La verdad será el escudo protector y tu defensa, y no tendrás miedo del terror de la oscuridad ni a la muerte que acecha.

Nos sorprendió ver al viejo hombre de pie, con el pelo lleno de canas y una barba larga en medio de aquel desierto de agua. Parecía un antiguo profeta de la Biblia. Cuando terminó de recitar, hubo un silencio profundo.

Nadie se movió. Salinas, que era el hombre más nervioso de la tripulación, tampoco lo hizo.

Eloy fue el primero en cortar el silencio .

——El viento se está volviendo a levantar —dijo—. Hay que desplegar todas las velas y correr el riesgo. Es la única forma de que deje de entrar agua en el casco. ¿Qué opinas, Pascual?

El viejo marinero asintió con la cabeza sin decir nada, y subió enseguida al mástil para desplegar la vela mayor. Salinas lo acompañó.

Antes de llegar arriba, gritaron.

—¡Una vela! ¡Vela a la vista! —se echaron a reír ambos.

Eloy se dejó caer al suelo, como un hombre herido, llorando y riendo a la vez.

—¡Por fin! —exclamó—. ¡Estamos salvados!

—¡Dios nos ha escuchado! —llegué a decir.

De pronto, nuestro barco se desvió bruscamente de su dirección. El golpe de las olas en el costado hizo que se escorara con fuerza.

Caí al suelo de espaldas, acabando entre las cajas vacías. Me levanté con ayuda de las barandillas cuando el barco comenzó a enderezarse de nuevo.

Eloy se arrastró hasta el timón, peleando por no caer al océano. Pascual y Salinas casi se dejaron caer desde arriba del mástil.

Mis ojos se movieron al ritmo del balanceo del barco, buscando al único hombre que mi entendimiento se negaba a aceptar como parte de la realidad. Mi mente se alejó de aquel bulto clavado en la cubierta, incapaz de concebir que fuera el señor Benavent quien había acabado allí.

Una astilla de madera fracturada le había entrado por la espalda y le asomaba media cuarta por el pecho, clavándolo contra las tablas de la cubierta.

Corrí hacia él, tragándome la poca bilis que me quedaba en el estómago, mientras Pascual y Salinas tiraban del timón hacia el otro lado.

Eloy se arrodilló junto a él y lo observó detenidamente, sobresaltado .

—¡Seguro que no es nada! —grité, agachándome junto a él.

Mis manos se apoyaron alrededor de la estaca y empezaron a frotar, limpiando la sangre de su ropa como si fuera una mancha de pintura, pensando que si lo hacía lo bastante fuerte se borraría—.

¡No es nada! Se va a poner bien —repetí.

Mis gritos se extinguieron poco a poco hasta hacerse un gemido corto e incomprensible—.

Solo se ha mareado al caer… solo ha sido un golpe tonto… ¿Verdad, Eloy?, ¿verdad?

Mis pulmones se agitaron en un jadeo espasmódico y vacilante. Abrí la boca y solté un fuerte grito. El sonido me asustó, y el siguiente grito fue aún más potente. Las lágrimas convirtieron todo en prismas. La voz de Eloy lo interrumpió.

—¡Deja de frotar, chico! —dijo Eloy, escupiéndome en la cara—. ¡Déjalo en paz! ¿No ves que no podemos hacer nada por él? ¡Lo estás matando más rápido! ¡Míralo! Se está muriendo. Se acabó. ¡Acéptalo!

De repente, los ojos cerrados del señor Benavent se abrieron como platos y brillaron. Se aco

Mientras continuaba hablando, los ojos cerrados del señor Benavent se abrieron como platos, y brillaron junto a las lágrimas que caían por sus mejillas.

—Ay, Joaquín… estás aquí… el muchacho se parece mucho a ti.

Ojalá pudieras verlo, igual que me ves a mí —dijo, mientras la sangre le rebosaba por la boca, tiñéndole los dientes de rojo—.

Tiene los mismos gustos que tú… Ojalá lo hubieras conocido en vida —añadió un momento después—. Hubierais sido muy buenos amigos.

No dijo nada más, y sus ojos se cerraron. Poco después se abrieron de nuevo, pero ya estaba muerto.

Eloy se había marchado, dejándome un momento a solas con el señor Benavent. Intenté levantarme de la cubierta, pero ya no me quedaban fuerzas, y el vaivén del barco me balanceaba de un lado a otro .

—¡Han cambiado de rumbo! —gritó Pascual, sin soltar el timón—. Ese barco ha puesto proa hacia nosotros. Se acabó, muchacho. Nos vamos a casa.

No comprendí lo que sucedía hasta que me miró. Sus ojos poseían un brillo reluciente pero opaco. Su rostro mostraba unas mejillas encendidas pero una frente cerúlea.

El hecho de que nos rescataran ahora no significaba nada para mí.

Empecé a mostrar síntomas de fiebre en cuanto nos subieron a bordo del otro barco, y caí en un sueño intranquilo.

Las siguientes semanas pasé gran parte del tiempo encamado y sin salir del camarote. Me perdí en medio de un laberinto de pensamientos incoherentes. En medio del delirio, me convencí a mí mismo de que no estaba en el barco, sino en la cocina de la granja del señor Benavent.

Estaba sentado junto al fuego, sujetando los retratos de su mujer y su hijo entre las manos y diciéndome algo en voz baja.

«Si Dios quiere que vuelva a mí, seréis como hermanos».

«Colorín colorado, se acabó el cuento, ¡y se comieron mi polla morena, que es más nutritiva que un plato de perdices!»