CAPÍTULO 24
Volví a ser yo —creo que no mucho después—. Recuerdo abrir los ojos un momento antes de caer en el sueño. Un sueño más real que cualquier cosa que hubiera hecho en mi vida pasada.
Me encontraba navegando con mis padres sobre un océano oscuro. Una tormenta estaba a punto de hacer que nos pusiéramos boca abajo y nos hundiéramos.
De la nada, un enorme barco surgió de entre las olas. Llamarlo barco no era lo correcto. Tanto en su cubierta como en los costados se asemejaba a un huevo gigante, sin mástiles, ni nada que recordara a un barco.
El color de aquel objeto era igual que el interior de una concha marina. Desde dentro irradiaba una luz dorada.
Lo habría seguido llamando barco tiempo después. La mente humana es una criatura que se aferra a las costumbres, y necesita poner etiquetas para no volverse loca.
Aun así, no dudaba de que fuese una criatura marina.
Mi cabeza era un sopor de gases oscuros envueltos en una capa de neblina. Tardó unos pocos minutos en aclararse.
Me fijé en la proa. Tenía una forma extraña y no estaba hecha de algún material que conociese, sino de algo blando que se movía como si estuviera vivo.
Entre las formas borrosas distinguí la figura de una mujer. No era humana, y no sabría responder en qué se diferenciaban. Algo en ella se escapaba de nuestro ser.
Sin embargo, era la mujer más hermosa que mis ojos habían visto jamás.
Nunca llegué a verla de cerca, y tal vez fuera mejor así. De repente, cayó una luz sobre ella, un resplandor de fuego que incendió la escena. De la masa oscura en la que se había convertido salieron una enorme cantidad de tentáculos que se enroscaban entre ellos y luego en el aire .
Después volvió la oscuridad. Esta vez era espesa y calurosa. Mi alma y todo lo que quedaba de ella se hundió en el abismo al que ya no pertenecía.
Luché contra ello y me retorcí con agonía por salir y coger algo de aire.
Finalmente, desperté solo para cambiar de una pesadilla y darme cuenta de la otra en la que me encontraba realmente.
—¿Qué estáis mirando? —pregunté antes de saber la verdad.
Cuando parpadeé, la ópera desapareció de mi vista. Lo que había allí no eran nuestros hombres vivos mirando.
No había nadie.
Un brazo suelto reposaba a dos metros del cuerpo.
Las tripas brillaban en un tono rojizo, esparcidas alrededor de la roca.
Algunos de ellos se relajaban contra la pared, abiertos en canal, mostrando lo vacíos que habían quedado.
Los habían destrozado con tal violencia que me entraron ganas de vomitar sobre ellos.
Me obligué a mí mismo a apartar la mirada antes de que la bilis me quemara la garganta.
No me di cuenta de en qué momento había decidido acercarme al borde y mirar hacia abajo.
Tenía miedo de encontrarme con aquellos ojos, pero prefería eso a tener que lidiar con la realidad que había dejado a mi espalda.
Una de las enormes extremidades con tentáculos de la criatura se asomaba desde la cavidad, enrollada en torno al cuerpo de uno de los hombres.
Observé en silencio.
Reconocí enseguida de quién se trataba.
Era Aranda.
No intentaba escapar ni pedir ayuda, y no hacía nada por evitar que esos tentáculos se introdujeran por sus orificios. La criatura lo giró y me mostró el rostro de Aranda. Su expresión era la misma que la del contramaestre partido por la mitad, una alegría que rozaba lo más demencial .
Mientras miraba cómo lo estrujaban y la sangre de sus órganos salía en pequeños fragmentos por la nariz, se me pasó por la cabeza que todavía estaba tumbado en la cama de la casa de mis abuelos.
Todo tenía que ser un mal sueño, y en cualquier momento despertaría, junto a mi abuela.
Nada de lo que había visto durante la travesía, y menos ahora, podía ser real.
Me giré a ver lo que quedaba de los hombres y saqué la poca bilis que mi estómago había retenido.
La penumbra recortaba cada una de las formas y posturas en las que habían quedado.
Eso solo podía significar que yo también estaba muerto y estaba haciendo el camino de la condena eterna, y estaba a punto de entrar en la cámara del infierno.
Por alguna razón, mi mente se volvió hacia Eloy. Al hacerlo, me percaté de que los rostros de los demás marineros tenían un cierto parecido con él.
Tan solo un momento después, algo se deslizó por la pared de la roca. Volví a pensar en Aranda y en cómo le sacaban el jugo de su cerebro mientras lo aplastaban.
Me giré rápidamente.
El corazón me dio un vuelco.
Caía un pequeño resplandor desde la penumbra de arriba. Algo o alguien se movía.
Cuando aquello que parecía moverse pasó por debajo de la luz, vi que era una cuerda lo que descendía por la pared.
—¡Vamos! ¡Recupérate, muchacho! ¡Sal de aquí! ¡Despierta! —Su voz sonó como una campana bajo el agua.
Mi cuerpo no reaccionó a los gritos, y por un momento, había dejado de respirar por mí mismo.
El hombre gritó aún más fuerte. Lo único que pude hacer fue levantar un poco la cabeza, pero volví a bajarla enseguida. Mi postura se volvió rígida, y me quedé mirando la escena que se desarrollaba a unos pocos metros más abajo.
La cosa se sacudía y se movía entre las partes esparcidas que habían quedado de Aranda.
—¡Desgraciado! —gritó la voz—. ¿No quieres salvarte? ¡Date prisa!
Traté de dar un paso adelante y calmar mis nervios pensando en cómo mi madre me abrazaba o me llevaba a la cama cuando era demasiado tarde.
Mi cuerpo temblaba tanto que no podía controlarlo. Lo ignoré para centrarme en él. Me giré hacia el contramaestre, hacia lo que mi mente quería ver de él. Borró la sangre que surgía de sus orificios abiertos y olvidó las vísceras que colgaban de sus costillas y parte de su brazo derecho.
Solo era un hombre cansado, un compañero con el que había compartido horas de travesía y ahora había renunciado a vivir.
—Vamos, arriba —le susurré—. Ya es hora de irnos.
No se movió.
Antes de que volviera la vista hacia arriba, un silbido llamó mi atención. Poco después se asomaron los tentáculos por la cornisa.
Me lancé hacia la cuerda sin pensarlo. El miedo me dio la fuerza suficiente para trepar del tirón. Si no hubiera sido así, no hubiera sido capaz de trepar por ella.
Cuando llegué arriba, alguien me agarró por el cuello del abrigo con ambas manos y me levantó hasta el borde de la abertura en la pared.
—¡Rápido, sígueme! —dijo la voz.
Miré hacia arriba. Allí estaba el hombre que menos esperaba ver.
Era Eloy.
—¡Puedes hablar! —fue lo único que llegué a decir—. Yo pensaba que…
Abrí los brazos para darle un abrazo y me apartó de un empujón .
—Sí, sí —me interrumpió rápidamente—. Ya tendremos tiempo para explicaciones. ¡Ahora sígueme!
—Pero el señor Benavent —dije, tragando saliva—. Tenemos que sacarlo de aquí abajo.
—Está en el barco —respondió, agarrándome por el brazo con fuerza. Me hizo daño—. ¡Vamos!
Llegamos a una galería excavada dentro de la roca. El aire de allí dentro era denso y pesado, alimentado por un olor a metal fundido. Un pasillo largo y estrecho se abría directamente desde la cueva.
—¡No te detengas! —gritó sin mirarme—. Si nos pillan, estamos muertos.
A unos veinte pasos del extremo más lejano, llegó una luz muy débil. Corrimos hacia ella.
En las paredes de roca caliza se dibujaban figuras del mismo rojo que se forma cuando la sangre se seca. A la puesta de la luz parpadeante parecían moverse. Eran las representaciones geométricas de círculos, estrellas cruzadas, y signos que no había visto en la vida.
El suelo estaba lleno de cadáveres en descomposición y esqueletos que aún mantenían sus ropas intactas. El olor nauseabundo a putrefacción me dio ganas de vomitar. Intenté detenerme para devolver, pero Eloy me empujó de nuevo, obligándome a seguir.
—¡No los mires, muchacho! —replicó Eloy, dándome otro fuerte tirón en el brazo—. ¡Corre!
Se produjo un sonido inarticulado y plañidero detrás de nosotros. No me volví para verlo. Cerrando los ojos, respiré profunda y lentamente para recuperar el control de mis piernas y llegar al otro extremo.
Salimos por un pequeño pozo cuadrado por el que entraba la luz del día. Fue la misma abertura por la que aquella criatura marina me había arrojado .
De un lado colgaba una cuerda, a no más de unos nueve o diez metros de profundidad. Eloy la agarró y trepó por ella. Hice lo mismo cuando él llegó arriba.
Cuando estaba a punto de llegar al borde, una mano pegajosa se cerró alrededor de mi tobillo. Pateé con rabia a ciegas en la oscuridad hasta que mi pie se hundió en algo blando y me soltó.
Me arrastré hasta la superficie con rapidez, clavándome las puntas de las rocas salientes en el pecho y raspándome las rodillas. El cáñamo de la cuerda me quemó las palmas de las manos, pero no sentí dolor. Necesitaba alejar las piernas de aquella oscuridad.
Nuestro barco estaba a solo veinte metros de la roca en la que nos encontrábamos. Las velas estaban recogidas, manteniéndose cerca de la dirección del viento.
El señor Benavent estaba apoyado en la regala. Y al timón, Pascual Roca —el viejo marinero de pelo gris—.
Las criaturas se quedaron en la oscuridad, profiriendo chillidos agudos y molestos, frustradas.
Me quedé unos segundos con los ojos cerrados, dejando que las ráfagas de aire fresco me dieran en la cara, bajo la luz de un fuerte sol, como si todo lo que había visto allí abajo solo hubiera pasado dentro de un sueño.
Respiré hondo, y miré de nuevo el barco para confirmar que seguía vivo. Verlo allí fue como estar de vuelta a casa después de haber estado mucho tiempo fuera, pero más aún lo fue ver al señor Benavent allí de pie.
Las manos empezaron a temblarme y tenía el estómago revuelto. Me giré hacia el pilar que se sostenía verticalmente sobre la roca, a un par de pasos de mí, preguntándome qué podía ser.
A simple vista no parecía ser algo que hubiera formado la naturaleza. Su forma cilíndrica tan pulida y su base en forma cuadrada contrastaban con el entorno erosionado que lo rodeaba .