El niño del naufragio CAPÍTULO 23 #2
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CAPÍTULO 23 #2

Levanté la vista hacia la cima. Allí arriba, justo en el lado que daba al mar, había una abertura redonda igual a una tronera, o un ojo oscuro mirando al horizonte.

No tuve mucho tiempo para verlo. Eloy se acercó a mí y me interrumpió.

—Sube al bote —dijo—. Rápido. No tenemos mucho tiempo antes de que puedan salir.

Entendí que hablaba de las criaturas que nos habían arrastrado hasta allí. Le quise preguntar a Eloy qué eran esas cosas, pero ni siquiera llegué a abrir la boca cuando una cabeza se asomó entre las rocas un poco más atrás.

Era Salinas.

Nos esperaba al pie de la roca, subido en el bote del barco. Me miró y sonrió, y luego nos hizo una señal con la cabeza para que nos acercáramos.

Corrimos los últimos metros y de un salto subimos a bordo.

Salinas apoyó el remo contra la roca y nos sacó de allí. Luego remamos los tres hacia el barco .

CAPÍTULO 24

El señor Benavent no se inmutó cuando lo saludé desde el bote, ni tampoco cuando subí a bordo. Se quedó de pie, apoyado en la borda, mirando el pilar, luego el mar, y así sucesivamente.

Aunque su cuerpo estuviera allí presente con nosotros, su forma de actuar estaba muy lejos de estarlo en toda su complejidad.

Lo miré a los ojos. Sabía que él ignoraba la situación en la que nos encontrábamos, y que no tenía ni idea de a qué clase de cosa me había enfrentado allí abajo.

Un enorme dolor me taladró el pecho, seguido de una súbita decepción. Me resultó imposible respirar, y ante mis ojos aparecieron unas brillantes lucecitas.

Esperaba que dijera algo o mostrara un poco de alegría al verme; sin embargo, no hizo nada.

Me quedé a su lado en silencio, en la misma posición, y miré la roca.

Nadie pronunció una palabra durante un largo rato, o durante lo que nos pareció un largo rato. Había muchas cosas en las que pensar. Me sentía cansado y malhumorado, incapaz de calibrar lo que había visto en esa cueva. Tenía la penosa sensación de que era mucho más de lo que había vivido Benavent.

Sentí miedo al pensarlo.

Recordé de nuevo las palabras que había escrito Eloy en su cuaderno; aquellas que hablaban de una luz que atravesaba las paredes del camarote. La misma luz que vimos nosotros antes de que las criaturas nos rodearan.

De pronto tuve la sensación de que eso había sido el culpable de lo que estaba ocurriéndole al señor Benavent. Lo había dejado en el mismo estado que Eloy cuando lo encontramos, atrapado entre la realidad y la consciencia .

Al parecer, esa luz no había conseguido alcanzarme. Me encontraba bien, o al menos mejor que él. El enfado se me pasó al rato, al igual que el poco orgullo que me quedaba.

Le pregunté en voz baja por qué no hablaba. No respondió y, después de un momento, él desvió la mirada, impaciente y un poco turbada, sin oírme.

Lo agarré por el brazo y tiré de él hacia mí, hasta que nuestras caras casi se tocaron, pero no sirvió de nada. Lo único que conseguí fue una mueca de dolor espeso.

Me giré para decirle algo a Eloy, suponiendo que se encontraba detrás de mí —todo pasó demasiado rápido, o así es como lo sentí—. El pecho se me sacudió en una respiración convulsiva, jadeante, cuando no lo vi allí.

Pensé que había vuelto al estado de antes, o que lo habían hecho desaparecer, y que me había quedado solo con el señor Benavent, que era poco más que un cuerpo sin vida.

Me froté las manos nerviosamente, sin poder mover los ojos ni la cabeza para buscar a Eloy por la cubierta, temiendo que fueran ciertas mis peores sospechas.

Dejé de temblar cuando Salinas me gritó desde el aparejo que empezara a moverme. Recordé que no estaba solo en el barco.

Unos minutos después, Eloy me llamó para que lo ayudara a izar la vela.

El rostro del señor Benavent cambió cuando empecé a moverme. Me miró directamente a los ojos, mostrando una floja sonrisa inexpresiva, como si al fin me hubiera reconocido.

—Gracias al cielo, Joaquín —dijo, llamándome por un nombre que no era el mío—.

Has regresado sano y salvo. Pero… ¿Qué ha sido de nuestros hombres?

¿Dónde están todos? —preguntó, mirando a su alrededor, y tirando de su bigote, nervioso—.

¿Se los han llevado, o sigo soñando? No he vuelto a ser el mismo desde que miré esa cosa a los ojos.

No sé cómo sigo vivo. ¿Es real, o todo ha sido un sueño? ¿Qué ha pasado ?

Los ojos casi se le salían de las órbitas. Sonreía. Fue la única vez que le vi sonreír de verdad. Estaba convencido de que yo era aquel Joaquín del que me había hablado tantas veces.

Eloy me llamó por segunda vez.

—¿Quién es ese? —exclamó el señor Benavent, girándose rápidamente hacia nosotros, y echó a andar conmigo por la cubierta.

No llegué a responderle cuando Salinas gritó desde lo alto del velacho.

—¡Joder! ¡Mirad al agua! —exclamó Salinas, señalando hacia el mar—. ¡Esas criaturas nos rodean!

Miré por la borda. Era cierto. Había entre veinte y treinta de esas criaturas agrupadas rondando el barco y el otro extremo de la roca, a donde se dirigían. Las salpicaduras oscuras aparecían y desaparecían entre las olas.

No debíamos perder un segundo más en ponernos en marcha.

Ninguna de esas cosas se desvió de su rumbo —hacia la cueva, por la razón que fuera—.

Si nos hubiéramos entretenido un poco más, podrían haberse vuelto hacia nosotros para terminar con su propósito.

Nos hubieran alcanzado fácilmente sin viento a favor.

El barco empezó a ganar velocidad poco a poco, virando y empujándose de las corrientes que nos azotaban en dirección sur.

El señor Benavent se quedó mirando fijamente a Eloy cuando este le pidió que me ayudara también a izar la vela. Luego bajó a la cubierta principal y trepó por las jarcias con mucha facilidad.

Obedeció las órdenes de Eloy sin poner pegas, cayendo otra vez en el estado extraño de antes.

La mayor parte del tiempo basculaba entre la nada y unos cortos pero crueles momentos de lucidez, en los que gritaba y levantaba la cabeza por encima del delirio para volver a hundirse poco después.

Le hicimos hablar un par de veces, pero sus respuestas eran escuetas y dejaban mucho que desear. Nos dejó claro que no quería hablar con nadie .

Estaba perdido en algún lugar lejos de aquí, en un trance tranquilo, hasta el punto de parecer estar feliz.

Hablaba en voz baja con alguien que solo él podía ver.

Tenía en sus ojos la mirada de un hombre que ha encontrado lo que tanto estaba buscando, un hombre que se siente el más afortunado de todos, y está en el mejor momento de su vida.

En cambio, yo todavía me encontraba confundido y débil —no era nada raro teniendo en cuenta lo que había visto allí abajo—. Me habría tirado a la cama si no hubiera sido porque teníamos que salir de allí y éramos muy pocos a bordo. No tenía otra elección.

Algunos dicen que la mejor medicina para no pensar es ocupar la mente con otras distracciones. A mí me funcionó.

Estuvimos todo el día y toda la noche moviéndonos sin parar, con turnos de media hora para dormir o comer algo.

La comida siempre estaba servida sobre la mesa y cada uno comía cuando podía. En otro momento no hubiera podido aguantar aquel ritmo, pero esta vez solo cogí un poco de fiebre y cansancio .

CAPÍTULO 25

Siempre he soportado mejor hacer esfuerzos físicos que ponerme a pensar demasiado o escribir. Puede que haya sido la razón por la que esta novela tardó tanto en salir de mí. Pasaron muchos años hasta que me senté por primera vez a escribir.

Ahora, de viejo, me cuesta todavía más hacer las cosas.

Siento que todo lo que sale de mí lo hace lentamente y con mucha calma.

Ya veo el final de este relato, y también el final de mi camino, ese lugar al que tarde o temprano llegaremos todos en algún momento.

Si a partir de ahora se vuelve un poco más aburrida o no tiene mucho sentido, espero que el lector me perdone. Y dicho esto, continúo con lo mío.

El viento soplaba a favor, y el clima se mantuvo estable. Navegamos cinco o seis días intentando seguir la línea del noroeste, aunque tuvimos que virar algunas veces para mantenernos en esa dirección.

Solo Pascual y Salinas podían llevar el timón, y Salinas siempre estaba borracho. Eloy le hizo tirar el ron por la borda, pero el gordinflón siempre encontraba alguna botella escondida en alguna parte del barco.

Eloy había tomado el mando del barco —el señor Benavent no mostraba el menor interés en hacerlo—. No tenía mucha experiencia navegando y dudaba de que supiera hacia dónde nos dirigíamos, pero siempre se las arreglaba para mantenernos en el rumbo —con ayuda de Pascual—.

El aura sobrenatural que rodeaba a Eloy había desaparecido, y con ella también la felicidad que me provocaba cuando estaba cerca de él.

Pensé en preguntarle cosas muchas veces —nada interesante que deba escribir aquí—, pero nunca tuve la oportunidad de hablar con él. Siempre estaba ocupado atendiendo a que estuviera todo en orden dentro del barco, o escribiendo en un pequeño cuaderno que llevaba en el bolsillo de su chaqueta.

Se acercó a mí la segunda noche después de haber dejado la roca atrás. Yo estaba de guardia nocturna, y Pascual en el timón tranquilamente.

—Cuéntame todo lo que hicisteis antes de llegar a la Columna de Piedra —dijo, usando aquel nombre para referirse a la roca—. Y dime la verdad, ¿sabes por qué Benavent se ha embarcado en este viaje?

—Te puedo contar todo lo que hemos hecho sin ningún problema —respondí—, pero lo segundo… yo no soy nadie para ir contándolo por ahí. Si le preguntas tú mismo no creo que tenga ningún problema en responderte.

—Puede ser —respondió Eloy—. Cuando vuelva a estar más… presente en nuestro mundo. Porque me imagino que no siempre ha sido así.

—No —contesté—. ¿Crees que se recuperará?

—Eso espero —me dijo—. De hecho, creo que ya empieza a mejorar un poco. Esta mañana se ha acercado a mí para hablar. Me ha preguntado si yo sabía algo de un barco pirata… y si había un niño rehén allí.

—Sí —exclamé, sorprendido—. Ese niño era su hijo. ¿Estaba en tu barco?